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Catecismo terapéutico

Leyendo el catecismo
Publicado: 07/01/2018: 303

Nuestra realidad emocional es el escenario interior donde estamos la mayor parte del tiempo y nos señala una calidad de vida que se encuentra condicionada no tanto por lo que nos sucede sino por la interpretación  que hacemos de esos acontecimientos, y esta interpretación  es orientada por los valores, creencias o ideas que orientan la conducta.

La neuropsicología confirma que en este territorio emocional se concentran las etiologías de las enfermedades y  afirma la necesidad de contemplar, cuidar y sanear nuestros movimientos emocionales para conservar la salud, pues teniendo la capacidad de consolidar un escenario de paz, armonía y  equilibrio que, garantizando una integración interior, mantiene el correcto funcionamiento del organismo asegurando un estado de bienestar como factor decisivo para la felicidad.

Precisa con detalle cómo las emociones positivas, que son las que respetan y fortalecen esos estados de armonía, son elementos de salud  y las emociones negativas,  que lo alteran y lo desorganizan, desencadenan funcionamientos no fisiológicos que se valoran como factores precipitantes de la enfermedad; la pandemia de las alteraciones de la salud que padecemos tiene su etiología en esas emociones negativas que necesariamente se somatizan, es decir se manifiestan en el organismo : “las alteraciones desordenadas del ánimo es causa de graves y peligrosas patologías”.

En el listado de “emociones negativas” se colocan la ambición, ira, odio, gula, envidia, violencia, lujuria, avaricia, soberbia…  y la sociedad ha organizado respuestas a todos ellos, imponiendo una dictadura bioquímica: la solución es el consumo de fármacos que esclavizan a las personas y la hacen fácilmente manipulables.

Claro que lo anterior también se encuentra “explicado”  en el catecismo de la Iglesia  que indica los movimientos emocionales que son letales para la salud física, psíquica y espiritual y que representan barreras para la felicidad.

De una manera simple y directa, enuncia esas emociones que son “errores capitales”, pero indicando específicos abordajes terapéuticos (contra la soberbia, humildad, contra…)  asociados a orientaciones conductuales y cognitivos que ofrecen las obras de misericordia espirituales y corporales, y unas bienaventuranzas  que definen condiciones y argumentos para superar con eficacia los obstáculos y dificultades, pero que de una manera especial los aprovecha para convertirlos en la oportunidad para fortalecer su integración interior, conformando un tratado práctico y profundo de “piscología experimental” que superando los limites biológicos orientan hacia dimensiones en las que la felicidad deja de ser una añoranza.

Al menos así lo han evidenciado las personas que han trabajado para no cometer estos” errores” y que  han dejado la huella de una vida plena en que una felicidad íntima, sólida, no condicionada por nada ni por nadie, le han hecho dignos de admiración y cariño por los que le rodeaban, y muchas otras, seducidas y estimuladas por su ejemplo han seguido esa misma ruta.

Por supuesto que esta programación existencial no es exclusiva y lo puede experimentar toda persona como una simple técnica emocional y tener la oportunidad de valorar sus efectos;  se encuentra avalado por la ciencia médica y por la experiencia secular de todos los que la han puesto en práctica.

El catecismo ofrece una programa de vida para toda persona aunque para los niños, que se encuentran en “su noviciado existencial” representa el mejor tesoro terapéutico que podemos darle porque  sus orientaciones breves, sencillas, claras, directas y ausente de toda elaboración retórica, encuentran un cerebro limpio y con sus “razones seminales” iniciando su  desarrollo en el despertar de sus potencialidades, recursos y capacidades, y que al ser progresivamente argumentadas y aprehendidas, “crean un cableado neuronal específico para consolidar una armonía, equilibrio e integración”  que garantizan salud de cuerpo y mente, pero de manera singular crean un escenario idóneo para descubrir su dimensión espiritual y, en esos territorios sin espacios, tiempos o lugares, tomar conciencia de su filiación divina que le hará gozar de plenitudes inefables.

Nuestros hijos tienen el derecho de conocer estos recursos terapéuticos y nosotros la obligación de informar de ellos.


José Rosado Ruiz

Médico acreditado en adicciones

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