Publicado: 17/01/2018: 779

En principio, un drogodependiente es una persona que ha descubierto que no está hueco. Buscando la felicidad, se ha encontrado con una sustancia que le han proporcionado experiencias interiores: estados de conciencia que él ha valorado como positivas y le han dejado grabado una querencia que consolida de automáticamente  una añoranza que no deja de hacerse presente y le hace rumiar y refugiarse en ella.  Aunque la droga es siempre un error de cálculo en el camino de la felicidad, es también un realidad  que se objetiva después de algún tiempo consumiendo. Mientras tanto, las sucesivas experiencias internas cumplen el propósito por el que se inició en el consumo: vivir situaciones gratificantes. Es evidente que su biografía se ha empezado a quebrar desde entonces, pero también lo es, que esto le ha servido para tomar conciencia de la existencia de un mundo interior, casi olvidado, que pertenece a lo más íntimo de su ser y que lo vive como su auténtica realidad y empieza a vislumbrar, que lo más importante de la persona, no es lo que se ve, sino lo que no es visible: las raíces de los árboles son las que le dan frondosidad, elegancia, belleza y salud.

Y es que la droga afecta a lo más esencial de la persona: ” la droga me ha robado el alma”. En poco tiempo, deteriora relaciones familiares, ilusiones, proyectos de futuro, pero sobre todo “hiere” la afectividad como manifestación visible del amor y es entonces cuando su perversidad, adquiere todo su protagonismo, pues adormece y dificulta los instrumentos cerebrales que hacen posible que las “ potentes raíces del amor, alimenten el árbol”. Es un “zombi” que apenas vuela emocionalmente. Su desierto interior, le hace vivir en una permanente sensación de vacío existencial que le coloca en una situación límite, y en un agónico movimiento visceral de supervivencia, pide auxilio a la esperanza, y  es cuando de una manera natural se encuentra más cerca de su alma que los sanos: “ven otras cosas en su hondón”.

En este caso, Marisa que es la protagonistas, “descubrió” a su madre, excepcional co-terapeuta, inmune al desaliento, animadora de los profesionales, perfiladora de detalles, aprovechando las recaídas como oportunidades terapéuticas y demostrando que “donde no llega la ciencia llega el corazón”, que se convirtió en la referencia de su vida. En esta dinámica experimentó que el amor no es una retórica sino la fuerza más poderosa que existe, y de una manera natural despertó y tuvo conciencia que es el verdadero tesoro del ser humano con la singularidad que se multiplica al dividirse : “donde no hay amor pon amor y encontrarás amor”. Madre e hija iniciaron una ruta en que dirigidas por el amor, las sombras fueron alumbradas y un “contento permanente” animaba su existencia: “ya no guardo ganado, ni tengo otro oficio, que ya sólo en amar es mi ejercicio” era una frase que le gustaba repetir y que había leído en un pequeño libro de poesías de un carmelita descalzo de Fontiveros, especialista en el Amor… en cuya presencia se encuentra.


José Rosado Ruiz

Médico acreditado en adicciones

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