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Anemia espiritual en las drogas

Publicado: 28/03/2018: 312

El ser humano se encuentra estructurado por un cuerpo con el cerebro como órgano director, una mente que trabaja los contenidos del cerebro creando el mundo psíquico y un principio animador que, como entidad espiritual y en  relación intrínseca y necesaria con las anteriores, conforma, informa e integra a todo el conjunto garantizando su funcionamiento correcto en orden a una existencia en condiciones óptimas.

La rutina social ofrece referencias y valores que priorizan el poder, tener y placer que, compitiendo en un maratón de hedonismo en todas sus formas y que se presenta como factores de felicidad, olvida  por ignorancia o intereses espurios la naturaleza esencial del ser humano,  y deja que la estructura física con sus asociaciones emocionales, asuman el protagonismo e hipotecan la dimensión espiritual o al menos provocando una severa anemia espiritual, que mutila gravemente la integridad como persona: se altera su armonía, equilibrio y orden interior y se convierte en un cuerpo, en una entidad biológica limitada en el tiempo y la idea de extinción le hace experimentar que es un ser para la muerte: una desesperada desesperanza es la causa de su horror vacui.

En este contexto, el consumo de droga se justifica como una necesidad terapéutica, pues al activar el sistema de recompensa cerebral, desencadena estados de conciencia gratificantes que fortalecen “placeres y poderes”  pero, como efecto secundario y perverso, la persona entretenida en objetivos superficiales que al ser conseguidos multiplican las  sombras y cavernas de las que ha intentado salir, aumentan la gravedad de esa anemia que le conduce y le precipita a una vida sin sentido ni metas; zonas del cerebro se convierten en necrópolis neuronales que originan una situación límite en la que se borra la voluntad de vivir y la experiencia del vacío ocupa el contenido del cerebro y de las elaboraciones de su mente: el problema no es la existencia sino una existencia limitada.

En estas condiciones de profunda decepción psíquica y desierto interior, y por un estímulo visceral primario de supervivencia, solicita ayuda, y sin alternativas exteriores, es obligado recuperar la funcionalidad normal de su cerebro  porque es el único instrumento eficaz para, y  es “forzoso”,  iniciar un trabajo de  interiorización e introspección sistemático, orientado y dirigido; en esta dinámica es cuando llega a detectar y discernir  que es algo más que un cuerpo, “algo me falta”, y  esta carencia le estimula a persistir en la búsqueda “ en su propia casa y con sus propias capacidades”, y se sorprende al separarse claramente  no sólo del cuerpo sino también de las emociones  que las contempla en un escenario del que él es espectador, y entonces es cuando, tomando conciencia como realidad diferenciada, se descubre como único, irrepetible, suficiente autónomo y con voluntad libre; una luz nueva ilumina e inunda su totalidad y disipando oscuridades, se siente atraído, seducido y atrapado por esta ruta interior, que le hace renacer fundamentadas esperanzas y le fuerzan a una renovación de su mente,  despertando a otras dimensiones que estando en su hondón, se encontraban en espera de ser localizadas, activadas y desarrolladas. Al  contemplar estos territorios  sin espacios, ni tiempos ni horizontes ni limitaciones, que le ofrecen informaciones y noticias de trascendencias e inmortalidades, es cuando reconoce su verdadera y auténtica realidad con la que se identifica y que, superando  a  la razón e incluso de lo razonable, le ofrece las condiciones necesarias y suficientes para que, con la anemia etiológicamente solucionada aunque mantenga su permanente hambre de espiritualidad, esta dimensión espiritual pueda ser rescatada y recuperada… y ya se encuentran aseguradas las respuestas a todas sus interrogantes e inquietudes, y al sentido y significado profundo de su existencia .

Y es que esta dimensión espiritual que define a la persona, tiene la capacidad de garantizar una experiencia humana de lo divino que confirma  y demuestra su filiación divina: una inefable luz le hace contemplar sublimadas plenitudes.


José Rosado Ruiz

Médico acreditado en adicciones

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