BlogsDroga, vida y libertad

Dejar la droga, ¿por qué?

Di no a las drogas
Publicado: 17/05/2018: 234

En lo más hondo de nuestro ser tenemos grabado, de una manera indeleble, la intencionalidad existencial de evitar el dolor y buscar el placer, y clasificada en nuestro ADN como una prioridad, tiene selectivamente programado los recursos necesarios y suficientes.

En esa búsqueda de la felicidad, la droga ofrece rápidamente y sin el menor esfuerzo un estado de conciencia gratificante, hipotecando problemas, anulando ansiedades, relativizando miedos y temores y potenciado una sensación de euforia, poderío, contento y optimismo que se identifica con un cierto grado de felicidad. La droga descubre espacios interiores que ofrecen paz, tranquilidad, aislamiento gozoso, y es que de manera directa activa el sistema de recompensa cerebral (S.R.C.) que es el instrumento para disfrutar de esos estados. Cuando la persona lo experimenta, piensa que ha encontrado una oportunidad de disfrutar, y la intención de repetir es una opción normal, especialmente si no aparecen efectos secundarios negativos, como sucede durante la primera etapa: no existe razón alguna para dejar de consumir aquello que nos proporciona un bien, y sin problemas… inmediatos.

La dinámica es bien conocida: los sucesivos consumos, crean una necesidad psicológica, que en poco tiempo marca una ruta neurológica que se graba en los circuitos cerebrales correspondientes y condiciona una realidad anatómica: la necesidad es ya neurológica y la dependencia centra el protagonismo de la enfermedad que alcanza su periodo de estado. Aparecen los problemas y las situaciones límites (sin ellas nadie abandona algo que le hace feliz) obligan a la persona a replantearse su vida...”es difícil seguir así”.

El enfermo se nos presenta con el S.R.C. deteriorado, los mecanismos de acción cerebrales contaminados y el contenido de la conciencia claramente organizado según las motivaciones de la droga. Esto se traduce en una alteración de la secuencia lógica de sus pensamientos, con un rumiar pesimista del pasado, ausente del presente y oscurecido su futuro: se le escapa el significado de su vida y la voluntad de vivir y la idea de extinción le hace experimentar que es un ser para la muerte: el problema no es la existencia sino una existencia limitada.

Lo importante no es tanto dejar el consumo como el poner a esa persona en condiciones mentales para que encuentre, con la orientación profesional, una alternativa válida a su vida. Pero ¿cuál? Porque él ha descubierto otros estados de conciencia que es lo único que añora y a los que tiene “querencia”, y esto es el gran factor de riesgo de las recaídas; nadie olvida lo que le ha hecho feliz. El objetivo principal y esencial es recuperar los recursos cerebrales que es la tarea y meta más importante, urgente y especifica.

Se tiene que contemplar que todo el proceso de esa “felicidad adulterada” se ha desarrollado en el escenario del cerebro con elementos propios; la droga no ha añadido absolutamente nada a nuestras potencialidades, sólo ha utilizado perversamente nuestros recursos. Claro que la gran noticia es que nos ha descubierto que en nuestro interior poseemos un sistema (SRC), certificado por las neurociencias, con los programas completos y suficientes para que podamos disfrutar de manera natural y fisiológica, respetando el orden, jerarquía y equilibrio cerebral, esos estados felices.

El esquema de un abordaje terapéutico razonable, necesario e imprescindible ante un cerebro herido, se centra en recuperar su funcionalidad normal cerebral para que pueda ejercer la misión de protagonizar el camino de la felicidad, en libertad y autonomía. Un tiempo suficiente de reposo, cuidados y protección de ese cerebro es prioridad absoluta, y en esa dirección deben dirigirse todos los mejores esfuerzos y recursos psicológicos, farmacológicos, dietéticos para alcanzar su normalización funcional. Un cerebro sano es garantía para descubrir, en una ruta de introspección y autoconocimiento, dimensiones interiores donde se encuentran, esperando ser activadas, las capacidades (“tenemos todos recursos que pedimos a los dioses”) que garantizan la armonía de todo el organismo y que conforman el escenario idóneo para conseguir la plenitud como ser humano, que es la meta existencial para la que estamos organizados y estructurados.


José Rosado Ruiz

Médico acreditado en adicciones

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