Publicado: 17/06/2018: 338

En un árbol se admira lo que se ve, lo que impresiona a la vista, pero son sus raíces, su enraizamiento en el suelo, su savia, su jugo lo que le da hermosura, esplendor y estabilidad a su vida vegetal. En la persona sucede que, siendo importante lo que de ella vemos, esto no deja de ser un accidente, pues es una estructura transitoria que cambia, se modifica y deteriora, pero es lo que no se ve, lo que constituye la esencia de su ser: pensamientos, deseos, afectividades, valores y creencias que son los que ofrecen significado y sentido de vida.

Se acepta que la drogodependencia es un error de cálculo en el camino de la felicidad, pero esta verdad se descubre después de un periodo de consumo cuando los iniciales y reconfortantes estados de conciencia han sido sustituidos por vivencias claramente frustrantes y traumáticas que han oscurecido y llenado de sombras su interior: ausente del presente y sin perspectivas de futuro, una rutina biológica hipoteca su existencia.

La dinámica de los abordajes y tratamientos en los enfermos de las drogas, se encuentra marcada por una intencionalidad en que abandonar el consumo es sólo una condición necesaria pero no suficiente porque la meta primera es recuperar al funcionalidad normal cerebral de esa persona para que pueda asumir una información científica de sus propios recursos y capacidades cerebrales, que son los instrumentos terapéuticos singulares y específicos que le garantizan, en su activación y desarrollo, una supervivencia en las mejores condiciones posibles; esta tarea es la que consolida una motivación argumentada que le estimule a entrar en sus espacios interiores, y tener la posibilidad de descubrir la hondura y profundidad de lugares sin fronteras.

Acompañar a estas personas en esta ruta de exploración de sí mismo es siempre una experiencia enriquecedora pues nos coloca en una posición en la que podemos contemplar su crecimiento interior en que por “necesidad de supervivencia” buscan, y muchos encuentran, la esperanza en el dolor, y siendo esta esperanza la que sostiene su vivir de cada día, es la que le ofrece las condiciones idóneas para que, una justificada añoranza de un futuro gratificante, organice razones documentadas que serán las que le orientarán y le señalizarán de manera permanente el camino hacia la plenitud de sus capacidades.

Es también tiempos en los que empieza a “entender” la utilidad de sus vidas y, de manera especial, recuperar la dignidad en su integridad, en un espectáculo que, por solidaridad neuronal, los profesionales somos contagiados y este contagio nos hace presente nuestros propios significados existenciales y nos obliga a un proceso de discernimiento que siempre es un movimiento de alivio y sanación de nuestras carencias.

En esta ruta de introspección, disfruta y goza de estados de conciencia, cualitativamente muy diferentes de los experimentados con la droga, pues son generados por elaboraciones fisiológicas y respetando el orden, jerarquía y armonía cerebral, representan situaciones de crecimiento, y conforman unos puertos seguros donde ponerse a salvo de las tormentas exteriores : “una trinchera donde termina la angustia, se renueva su espíritu y encuentra un manantial de luz y energías”; el escenario interior es cada vez más completo y es inevitable el encuentro con su auténtica realidad que le “informa” que es único, irrepetible, autónomo, con voluntad libre y, de una manera inefable, le abordan inquietudes que le señalan “metas” que le atraen y seducen porque superando los límites biológicos e incluso de la razón, le despierta a otras dimensiones en los que se conjugan trascendencias, eternidades e infinitudes.

La droga se presenta entonces como la oportunidad para que la persona, que tiene la capacidad de convertir el veneno en remedio, “trocar en vida lo que es muerte”, y resucitarla, llenar su vacío existencial, orientar su vida proyectando un futuro y descubrir que, teniendo un por qué para vivir, se aguanta cualquier cómo.

Al promover y alentar ilusiones y esperanzas a estos enfermos, por simple afinidad-empática, somos receptores privilegiados de esas transformaciones que fundamentan existencias, y es una de las razones que nos hacen estar agradecidos, animados y enganchados en esta labor: es un intercambio significativamente beneficioso.


José Rosado Ruiz

Médico acreditado en adicciones

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