BlogsDroga, vida y libertad

Los silencios de la droga (2)

Publicado: 08/08/2018: 130

Ahora se tiene que contemplar otro episodio importante: dejar el consumo, rehabilitarse e integrase social, familiar y laboralmente, no significa que ya se ha terminado. La droga ha utilizado, fuera de contexto, con una intensidad patológica y de manera violenta y desordenada, una serie de mecanismo neuronales y de neurotransmisores que ha afectado la base de nuestro mundo interior y que nos garantizaba nuestro equilibrio afectivo y emocional. La “restitutio ad integrum” es un objetivo a muy largo plazo y no fácil de conseguir: el cerebro no perdona y las secuelas neurológicas son difíciles de valorar y complicadas de borrar. Al enfermo no basta con sacarlo de la droga, hay que mantenerlo, y se está hablando de una persona joven que le quedan muchos años por delante. El factor edad obscurece el pronóstico, pues la tormenta bioquímica y eléctrica padecida en toda la masa encefálica acontece en una etapa en que la persona se encuentra en pleno desarrollo de todas sus capacidades y necesita de un perfecto equilibrio emocional, así que las alteraciones, aunque sean funcionales, están garantizadas.

Pero es que también se quedan heridas en zonas cerebrales que al curarse con queloides, siempre dejan una cierta vulnerabilidad, una hipersensibilidad, una debilidad y expuestas a cualquier agresión farmacológica, emocional etc. En resumen: la persona que ha padecido la enfermedad de la droga en toda su evolución, es susceptible de sufrir alteraciones estructurales y funcionales cerebrales, y aunque sólo afecte a zonas determinadas, la profunda interrelación que existe en todas ellas y que asegura la armonía de su funcionamiento y su autonomía, siempre será un factor que contaminará a la totalidad.

Las modernas técnicas de tomografías de emisión de positrones, resonancia magnética etc., nos demuestra “visualmente” el lugar, intensidad, calidad...de esas lesiones, y es la causa del “2º periodo de silencio”, que no nos debe coger desprevenido. Esas objetivas heridas cerebrales pueden ser que no den ninguna señal, es decir que sean “mudas”, bien porque se ha restablecido nuevas conexiones que compensan ese déficit, porque esa zona apenas se utiliza o simplemente porque no tienen entidad suficiente para ello. Pero también pueden dar signos que empobrecen la rutina cotidiana de esa persona y que incluso pueden desencadenar graves episodios de patología psiquiátrica: se hace necesario un seguimiento y una atención para “proteger esas neuronas”. Así las pequeñas ausencias, olvidos, obsesiones, inseguridades, alteraciones de actos volitivos, pequeños fallos en la elaboración de los pensamientos, despistes afectivos o emocionales no muy sobresalientes constituyen “chivatazos” que tenemos que interpretar, valorar y atender, especialmente si esta florida sintomatología se encuentra de una manera larvada y no alcanza un nivel de percepción clara. Este silencio, que puede ser muy prolongado y peligroso, es el que se tiene que conocer y en el que la familia aparece como el auténtico elemento terapéutico de referencia y que no puede olvidar su obligación, ya que es un ”terreno abonado” para diversas patologías.

Se tiene que insistir que no es en la droga donde debemos poner el foco de atención del problema, sino en la persona, que es la que consume como una búsqueda de respuesta a una situación existencial especial y que de alguna manera, crea una expectativa que responde a sus inquietudes y sombras, de la que los adultos no nos podemos considerar extrañados, ni en su génesis ni en su cronicidad: analizar nuestra propia escala de valores, objetivar las consecuencias derivadas y discernir las causa que provocan esas desorientaciones de nuestros hijos, es más que un deber y una obligación, ya que se puede ir convirtiendo en un problema de auténtica supervivencia o al menos de una digna convivencia.

En el periodo “silencioso” de los primeros años de vida, es cuando se nos presenta el escenario idóneo para sembrar en nuestros hijos los valores espirituales que conformarán sus motivaciones existenciales que no los “extinguirán ni los ríos caudalosos, ni lo apagarán las aguas tormentosas… y que harán brillar en su mirar la luz del sol”.


José Rosado Ruiz

Médico acreditado en adicciones

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