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Pecados capitales medicalizados

Publicado: 25/10/2018: 582

Actualmente, cada vez con más frecuencia, ante situaciones normales que pertenecen a la vida cotidiana y que engendra dolor y sufrimiento, como el duelo por un ser querido, oposiciones suspendidas, un divorcio o un conflicto laboral o social, se utilizan fármacos que ayuden superarlas. En esta dinámica, con la medicalización de los problemas, se generaliza un consumo de fármacos sin una correcta indicación terapéutica y, ausente de un seguimiento y control de dosis y tiempo, lo que es remedio se convierte en veneno.

Es importante valorar que un fármaco es una sustancia extraña al organismo que, siendo eficaz para una patología concreta, también presenta sus contraindicaciones, reacciones, efectos secundarios, incompatibilidades y problemas funcionales en su propio metabolismo, y que muchas veces, necesitan ser tratados con otros fármacos, los cuales también se encuentran sometidos a las mismas condiciones: la secuencia se repite. Pero el consumo simultáneo de varios fármacos, también puede provocar contaminación y alteración de sus mecanismos de acción y, alterando su normalidad funcional, propicia en el organismo zonas vulnerables e hipersensibles que marcan un caldo de cultivo idóneos para diferentes gérmenes, bacterias virus, que aprovechan la ocasión para su supervivencia, y originando sus propios efectos nocivos.

Toda la dinámica anterior, conduce a la conificación de la enfermedad y un consumo de fármacos por tiempo indefinido. “Yo no puedo vivir sin mis medicamentos”, estimula y crea una adicción en la que el botiquín personal es un tesoro existencial.

En la praxis médica, el estudio y valoración de los síntomas señala la enfermedad, pero el diagnóstico es esencial que sea etiológico, pues conociendo su origen, se puede hacer un tratamiento causal, que es el que puede resolver la patología en su origen ; si la causa es desconocida, como mal menor, que no deja de ser un mal,  sólo se puede hacer un tratamiento sintomático que siempre deja la posibilidad, cuando se presente condiciones favorables, de recidivas: en el primer caso se cierra el grifo y en el segundo, se recoge el agua, pero no se acierta a cerrar el grifo.

Pues bien, existe unanimidad en reconocer la presencia que tienen los pecados capitales en todas las patologías, y es la que ofrece la oportunidad de interpretar cada uno de esos pecados como alteraciones que sólo necesitan ser diagnosticadas como enfermedades (  trastornos de la personalidad, de control de impulso o de inclinación sexual, fobia sexual, bulimia nerviosa etcétera) para que se argumente y justifique la indicación obligada de un tratamiento farmacológico que, siendo sintomático, garantiza una cierta cronicidad y asegura un tiempo indefinido de consumo.

La industria farmacológica siempre tiene un fármaco eficaz para toda clase de problema.

Pero en la exposición de los pecados capitales, se detalla e indica, de manera clara y rotunda, “antídotos singulares” para cada uno de ellos, que los controla y soluciona directamente. Son “antídotos” de exclusiva responsabilidad de la persona que posee la capacidad de elaborar activar y desarrollar sus efectos terapéuticos, sin depender de nada ni de nadie, y de tanta eficacia que, hasta ahora, por carecer de argumentos, no han sido refutados, sino ignorados por intereses no sanitarios.

Estos “antídotos” marcan algunas singularidades pues, además de garantizar un tratamiento etiológico, poseen unas propiedades que enriquecen selectivamente a la persona. Así tenemos que la humildad, antídoto de la soberbia, genera fortaleza, independencia y sabiduría, y, de la misma manera, la largueza (avaricia) descubre la libertad alegre del desprendimiento; la castidad (lujuria) consigue la sublimación del amor; la paciencia (ira) ofrece serenidad y paz; la templanza (gula) asegura armonía y equilibrio; la caridad (envidia) activa la práctica de la gratificante misericordia, y la diligencia (pereza) implanta orden, y eficacia.

Esta estructura de sanación integral, común al género humano, mantiene una intrínseca relación con las orientaciones del sermón de la montaña que la perfecciona y completa, y que son valoradas por las ciencias médica y neuropsicológicas, como condiciones que propician una óptima existencia. Muchas personas, que confían en el autor del sermón, al decidir trabajar y practicar sus consejos, una original y poderosa resiliencia les domina y cautiva, y le hacen valorar e interpretan las dificultades, problemas y enfermedades como gratificantes oportunidades, pues comprueban que las promesas se cumplen. Al “vivir y sentir” la experiencia personal e íntima que le confirma la eficacia de esos consejos, la confianza inicial, que habían depositado en el autor, se transforma de manera inefable en una profunda fe que, consolidando una bienaventurada existencia con intensos sabores de trascendencia, se encuentra a la espera gozosa de llegar, cuando el ciclo biológico terrenal llegue a su límite, a la definitiva y plena Bienaventuranza.


José Rosado Ruiz

Médico acreditado en adicciones

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