BlogsDroga, vida y libertad

La mística de una drogodependiente

Publicado: 20/11/2018: 108

Al afirmar que no hay enfermedades sino enfermos, se manifiesta la manera singular que cada persona tiene de vivir su biografía y que la hace irrepetible y única. Pero es al asomarse a su interior cuando se vislumbran los particulares tesoros que todos llevamos dentro y que ofrecen el verdadero fundamento de la vida.

La droga, en ocasiones, actúa como despertadora y descubridora de esos recursos internos que, enmohecidos por su inactividad, apenas daban señales de vida, y entonces señala y abre el camino hacia otras dimensiones, dejando estrecha la existencia física e impulsando a la persona a suspirar y anhelar "otras cosas", a veces de una manera tan firme y potente, que las mejores proezas son realizadas con la mayor suavidad y facilidad.

Cuando Ana se decidió a pedir ayuda, su aspecto no se podía identificar con una mujer de 22 años; su edad "física" era muy superior, y su conversación demostraba una madurez aceleradamente prematura. No sabía lo que quería, ni por qué estaba allí. Sólo tenía claro que deseaba y necesitaba hablar, ¡simplemente comunicarse con alguien y ser escuchada! Se encontraba desconcertada, aburrida y cansada. Miraba hacia atrás sin emoción ni gratificación. Estaba plana. Con su padre, hombre de negocios, apenas había tenido trato, y su madre, de alta cuna, estaba en otros temas. Su primera infancia transcurrió tranquila; no recordaba grandes alegrías, ni tenía registrado episodios especialmente traumáticos. Su niñez fue de una apacible indiferencia. Entró en la adolescencia con una secular hambruna de afectividad, de cariño, así que cuando conoció a Ángel, un poco mayor que ella, y se sintió admirada, reconocida y agasajada; su vida se llenó de luz y gozó de unos años en que su corazón se hizo de carne y el amor abrazó su existencia, que se desbordó de alegría, de pensamiento, palabra y obra. Su vida encontró sentido y disfrutó, durante unos años, de un cielo que sólo el amor puede comprar.

No se acuerda cuándo, dónde y cómo se le quebró la vida. Recuerda que se fumó algún porro, porque Ángel lo hacía, y entonces no era la razón la que imponía su criterio. La secuencia de algo de alcohol y el consumo del "chiné" (heroína y cocaína inhalada) marcaron un periodo de desconcierto. A los pocos meses, la unión de amor se transformó en la de los intereses que sólo se unificaban para conseguir la próxima dosis. Aún transcurrió algún tiempo, hasta que el deterioro de su relación provocaba situaciones límites que empezaron a ser frecuentes. Ella intentó varias veces quitarse la vida. Un día, Ángel desapareció, sin discutir, hablar o despedirse y todo se volvió negro...y encontró a la droga como su "novio" más seguro. Ya era una enferma de la droga, aunque realmente, la enfermedad que tenía era de amor, y la heroína y cocaína era un sucedáneo barato, falsificado y falsificador, que le ayudaba a ir tirando. La soledad le clausuraba cualquier atisbo de esperanza y el desengaño la tenía esclavizada. Vivía cabalgando sobre sus lágrimas.

La volví a ver pasado algunos meses por un ingreso hospitalario, ¡no quería vivir! Después desapareció durante más de 2 años, hasta que me pidió una cita y la historia había cambiado. Todo comenzó cuando en una revista leyó lo de "quien no sabe de penas, en este valle de lágrimas, no sabe de cosas buenas, ni ha gustado de amores, pues pena son trajes de amadores" Con esta lectura se le calentó el corazón y buscó y encontró al autor; un tal Fray Juan de la Cruz, natural de Fontiveros (Avila). Ella no sabía que este fraile del siglo XVI, es uno de los grandes maestros del espíritu, psiquiatra del alma, que creó y patentó un método muy protocolizado, para conseguir la armonía y la integración interna, con las consecuencias de paz y felicidad. Su programa -Subida al Monte Carmelo fundamentalmente- sigue, después de 5 siglos, viviente y vigente, en espera de ser utilizado por toda persona que quiera desarrollarlo. Ana, había conseguido el librito de poesías completas (50 hojas) y fascinada por lo que leía, se las sabía de memoria.

¿La droga? Simplemente se olvidó del tema y refiriéndose a ella le "decía" que "matando, muerte en vida has trocado". Su miedo a vivir había desaparecido, y yo me enriquecía cuando ella repetía: “en el aprieto me diste anchura”. El tiempo lo ocupaba en escuchar la vida, vivir el silencio, mirar hacia dentro y sentir como las ascuas de amor se encendían en llamas; empezaban a surgir, desde su corazón, tímidas respuestas a algunas de sus más profundas interrogantes. Se encontraba identificado con el fraile y creía que sus poesías las había escrito para ella. Cuando venía a verme era para, con la pasión y fuerza de una experiencia, interpretarme las poesías, mezclándolas con un sentido de utilidad muy especial. Me decía que ella ya sabía dónde iba, y aunque estaba en la noche oscura, “tenía la luz y guía que en su corazón ardía”. Y su cara se iluminaba al recrearse en “¡Oh noche que juntaste amado con amada, amada en el amado transformada!”. También tengo mi casa sosegada, me estoy llenando de tranquilidad. Estoy herida de amor, “que sólo con amor se cura”, e intercalaba  “ ¡Oh llama de amor viva que tiernamente hieres de mi alma en el más profundo centro!, ¡oh regalada llaga!, ¡oh mano blanda!, ¡oh toque delicado que a vida eterna sabe, y toda deuda paga!”. Yo sé, continuaba, que lo tengo en mi interior y por eso lo estoy persiguiendo, sin temer a nadie, así que “buscando mis amores, iré por esos montes y riberas, ni cogeré las flores, ni temeré las fieras y pasaré fuertes y fronteras”. No era lo que me decía, sino ¡cómo! Aunque lo más se quedaba en el hondón de su ser.

Emocionada y con los ojos húmedos recitaba el "mi alma se ha empleado, y todo mi caudal en su servicio; ya no guardo ganado, ni ya tengo otro oficio, que ya sólo en amar es mi ejercicio". La última vez que disfruté de su enamoramiento, me recitó una estrofa que no se la quitaba de la cabeza, "tras de un amoroso lance, y no de esperanza falto, volé tan alto, tan alto, que le di a la caza alcance".

Tuve mi síndrome de abstinencia cuando supe la noticia de que se la habían encontrado en un derribo. Cuando Ana abandonó su deteriorado cuerpo -que apenas le servía para algo- y se trasladó a otro estado de existencia, seguramente el deseo más ferviente de los últimos tiempos se convirtió en realidad, y consiguió "dar a la caza alcance"...y es que algo sobrenatural subyace en toda existencia humana.


José Rosado Ruiz

Médico acreditado en adicciones

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