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Buscando respuestas

Publicado: 11/12/2018: 218

Los tratamientos para el cáncer son cada vez más efectivos, pero en algunas ocasiones, cuando finalizan los tratamientos de quimioterapia y se agotan los recursos terapéuticos, la patología no se resuelve: el enfermo regresa a su casa con el alta hospitalaria para un seguimiento domiciliario.

Esta situación genera una reacción emocional de desaliento, condiciona una progresiva disminución de la calidad de vida, elabora pensamientos de desesperanza e inutilidad, y con una sutil marginación del sistema sanitario que ya le ha informado: “se ha hecho todo lo posible y no se puede hacer más”. La persona se encuentra en este mundo como fuera de lugar, y le domina la idea de no "tener solución": convertimos a esa persona en un enfermo terminal al cuidado de su familia.

En esta situación de vulnerabilidad, cuando la sensibilidad sufre y la mente oscurecida por la sensación de impotencia y dependencia de los demás, se tiene que enfrentar de manera selectiva al problema de la limitación de su vida que ni comprende ni acepta: rechaza su desaparición como ser humano.

Pero es un tiempo singularmente enriquecedor y resolutivo, y así sucede que cuando el enfermo, una vez superado su tiempo de duelo y aceptando su situación, pidiendo auxilio a la esperanza, desarrolla y fortalece una original resiliencia, que también es generada y fortalecida por una familia que significativamente contempla no la enfermedad sino a la persona, y le hace experimentar que es valorada, consultada y reconocida en un clima de cariño y ternura, y que, participando de forma activa y asumiendo responsabilidades, se siente necesaria y útil. En este ambiente de comprensión y afectividad nacen ilusiones que alimentan y fundamentan esperanzas, y es cuando el cerebro reptiliano encuentra las condiciones idóneas para hacerse presente. Es el cerebro que marca, con el profundo y poderoso instinto de conservación, una supervivencia celular grabadas en todas y cada una de las células del organismo y que, manteniendo una repugnancia a desaparecer, propician la activación todos los, hasta ahora, ilimitados recursos y capacidades cerebrales, para prolongar una vida en las mejores condiciones posibles. El cerebro racional es estimulado, y la razón, cualidad suprema y exclusiva del ser humano, asume su protagonismo y empieza su misión específica de buscar la verdad y ofrecer explicaciones y respuestas.

La razón inicia su camino interior de investigación, y de manera sorprendente se encuentra observando los contenidos de la conciencia e incluso su cuerpo en un escenario, y con los que se diferencia y no se identifica, pues es como un espectador, y es cuando la persona tiene consciencia de su identidad, de su yo como realidad única, independiente, irrepetible, con voluntad libre, suficiente y autónoma (ADN), lo que le señala un principio animador, un espíritu (“aliento”) vivificador, que sí se identifica con la realidad de su yo, y que es aceptado como verdad inconcusa por las neurociencias.

Seducida la razón por estas experiencias personales e íntimas, intensifica la introspección, con matices de autoscopia, que provoca una expansión de la consciencia y que le descubre territorios apenas hollados, desde el que le llegan arraigados deseos de trascendencia y permanencias más allá de los limites biológicos; al comprobar que son comunes al género humano y que no existe nada en el universo sin causa, sentido, significado y utilidad, discierne y argumenta que estos deseos se encuentran a la espera de ser  satisfechos.

En esta tarea, valora que esas orientaciones de trascendencia e inmortalidad se encuentran intrínsecamente unidas a una existencia que, siendo un proceso de perfeccionamiento, ofrece de manera progresiva respuestas válidas a todas las inquietudes e interrogantes. La cualidad y universalidad de estas inquietudes exigen su realización: es irracional tener grabadas unas orientaciones vanas.

Pero el fenómeno de la muerte ¿Qué significado y utilidad tiene?

La existencia, en su camino hacia su plenitud, tiene diferentes etapas, y en la terrenal, su principio animador, se encuentra localizado en el cuerpo físico, que es una estructura celular programada con un ciclo biológico y por tanto limitado. La muerte del cuerpo físico se presenta como una transición, pues finalizada su misión, deja de funcionar, y permite que el espíritu que lo sostenía y animaba, pierda su localización celular y se libere, apremiando y facilitando su propia perfección: cuando el espíritu llega a su madurez, se desprende del cuerpo, y tal como el gusano que ha tejido su propia crisálida, muere con ella para convertirse en mariposa: la muerte no es final sino principio.

Pero la razón también toma consciencia que algo le falta, pues todo este sistema existencial tiene un origen, y ante esta carencia, el espíritu, esencia del ser humano, que necesariamente lleva la impronta de su autor del que  es imagen y semejanza, cumple su misión e informa a la razón que, iluminada y sublimada, tiene la capacidad de experimentar de manera inefable la presencia en su interior, del que es su origen y meta.


José Rosado Ruiz

Médico acreditado en adicciones

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