DiócesisEl blog de la Palabra

Juan: presenta a Jesús como Mesías

Publicado: 22/05/2012: 3722

El sacerdote Emilio López Navas, profesor de Nuevo Testamento, nos desgrana esta semana algunas de las claves del Evangelio de San Juan. Durante los próximos días en la publicación Diócesis Málaga nos iremos acercando al resto de los Evangelios.

La expansión del Cristianismo por Asia Menor se debió, sin duda, al trabajo arduo de Pablo. Era una zona muy receptiva a toda clase de influencias, y en este caldo de cultivo recibieron también las tradiciones de origen joánico.

Estas tradiciones brotaron sin duda del grupo de discípulos que se formó en torno a Juan Zebedeo, y que emigraron al norte, hasta la zona de Asia debido a las persecuciones y sobre todo a la guerra judía (año 70 d. C.). Fruto de estas tradiciones son los así llamados escritos joánicos (el Evangelio, las tres cartas y el libro del Apocalipsis), dentro de los cuales, descuella el Evangelio de Juan. Materialmente, sabemos con certeza que el Evangelio está escrito en griego (no se trata de una traducción), en un griego sencillo, con una unidad de estilo abrumadora. Esto nos lleva a pensar que, aunque se puedan apreciar algunas revisiones o intervenciones de un redactor final, la obra es producto de un solo autor.

JUAN EL DE ZEBEDEO

Aventurarse a decir quién es, y sí pensar que se trate de Juan el de Zebedeo, teniendo entre manos una obra tan madura y tan teológica, es otra cosa. Leyendo críticamente el mismo texto, podemos decir que quien lo escribió conocía bien la geografía y las costumbres de Palestina, que se escribió cuando ya se habían expulsado a los cristianos de la Sinagoga, y que supone una profundización tanto en la persona como en el mensaje de Jesús de una manera muy desarrollada.

DESTINATARIOS: CRISTIANOS HELENISTAS

Todos estos datos, y muchos más, apuntan a que Juan recoge una tradición de origen palestino, pero muy explicitada a la luz de los acontecimientos de finales del siglo I. Los destinatarios del evangelio son cristianos helenistas (es decir, de origen no-judío), aunque también habría judeo-cristianos; presenta entonces una tendencia universalista, como se refleja, por ejemplo, en el letrero de la cruz de Jesús, escrito en hebreo, latín y griego. A estos cristianos se dirige el Evangelio con una finalidad catequética, es decir, tratando de profundizar en la fe en Jesús como Mesías (cf. 20,30-31).

Como recursos literarios, sobresalen en esta obra la inclusión (empezar y terminar un texto con la misma palabra o expresión), la lógica circular, y una serie de características que invitan a profundizar: ¿cómo?, ¿dónde?, etc. Usa también con gran maestría, en las narraciones, la técnica del suspense, presentando largamente a los personajes y haciéndolos progresar a lo largo de la narrativa. Los discursos, también muy presentes, son largos y monotemáticos, muy diferentes a los que recogen los sinópticos.

Otra característica es que algunos diálogos se acaban convirtiéndose en monólogos, tomando entonces un carácter más universal. Pero quizá el recurso literario más joánico es el malentendido: se trata de la utilización de términos ambiguos que pueden ser entendidos de varias maneras, y que el oyente suele entender en un sentido material; eso dará ocasión a Jesús a explicar mejor su pensamiento y desarrollar su doctrina (cf. por ejemplo, el diálogo con Nicodemo).

Parecido a esto tenemos la ironía, cuando hace referencia a algo que el lector sabe pero no los personajes: un ejemplo descollante es la presentación de la crucifixión: todos los actores se burlan de un Jesús “rey”, que en realidad lo es, aunque a otro nivel.

La mayoría de los estudiosos del Evangelio están de acuerdo en estructurar la obra en dos grandes partes, precedidas por un prólogo que sirve de introducción teológica y que contiene, como en resumen, todos los grandes temas que después se desarrollarán durante los 21 capítulos. 

Entonces tendríamos: 1,1-18, prólogo; 1,19-12,50 Libro de los signos (se narran los primeros milagros de Jesús, en relación con las fiestas de los judíos como el sábado, la Pascua, los Tabernáculos o Hanukka); 13,1-20,31 Libro de la hora (aquí se narra la Última Cena, el discurso de despedida, la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús); capítulo 21, un apéndice en el que se cuentan otras apariciones del Resucitado. Entrar en una estructura más detallada nos llevaría mucho espacio, y además, tendríamos que explicar las grandes diferencias que cada autor presenta.

Pero si algo destaca en el Evangelio de Juan, a diferencia de los sinópticos, es su altura teológica; tanto que ha llevado a muchos a decir que este Evangelio es obra de un “teólogo” más que de un Evangelista. Vale la pena mirar un texto que resume bien la presentación cristológica del cuarto evangelio: “Estos signos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre.” (Jn 20, 31); el Evangelio es concebido como un itinerario de fe que parte de los “signos” hechos por Jesús para llevar a la comunión de vida con él, reconocido como el Cristo y el Hijo de Dios.

Éste es, para el cuarto Evangelio, ante todo el Revelador, el “narrador” de Dios: estamos ante un evangelio teológico, en cuanto intenta poner a los lectores en relación con Dios a través de Jesús, que lo hace accesible. Un Dios cuya pasión es salvar al mundo (3,17); un mundo que tiene que tomar una opción radical y fundamental por Dios en Jesús para escapar del juicio; y que para eso, cuenta con la fuerza del Espíritu que nos traerá una nueva forma de presencia de Dios en el Universo.

YO SOY

Para terminar, hay que prestar atención a una de las maneras que tiene Jesús de presentarse en esta obra: yo soy. Salvando algunos lugares en los que es ambiguo, el uso del nombre de Dios en boca de Jesús (cf. Ex 3,17), ya sea de manera absoluta, ya sea con predicado (yo soy la luz, yo soy el buen pastor…), indica de una manera clara que ese mismo Jesús que tenía sed y hambre, es el Hijo de Dios encarnado. No podemos olvidar lo indicado en el prólogo: El logos (la palabra, la comunicación, el interés por entrar en contacto con los hombres) se ha hecho carne (debilidad, cercanía, concreción) y acampó entre nosotros (Jn 1,14).

Autor: Emilio López Navas, sacerdote