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Las cartas de san Juan, una guía para vivir como cristiano

Publicado: 11/09/2012: 15033

Las tres cartas de san Juan, que junto con el cuarto evangelio y el libro del Apocalipsis constituyen la llamada tradición joánica, son una magnífica síntesis, hecha desde una óptica muy especial, de lo que tiene que ser la vida cristiana. Su mensaje sigue siendo actual porque los cristianos quieren saber también hoy cuáles son los criterios válidos para descubrir dónde está el Espíritu de Dios, para conocer cuál es la verdadera dimensión de Cristo, para vivir así con total autenticidad una fe siempre en peligro.

Pero esta tradición poseedora de unas características muy singulares que la distinguen, y a veces casi la enfrentan con lo que en los primeros siglos suele llamarse la Iglesia apostólica o gran Iglesia, pasó probablemente por una grave crisis de identidad hasta el punto de llegar a dividirse en varios grupos o corrientes. Las tres cartas de san Juan pueden ser testigos privilegiados de este proceso de ruptura.

MARCO HISTÓRICO

El cuarto evangelio proponía ya una doctrina muy avanzada acerca de Jesús. Probablemente en un determinado momento y a causa del duro enfrentamiento con el judaísmo farisaico posterior a la asamblea de Yamnia, un importante grupo de cristianos joánicos se radicalizaba a la hora de interpretar el cuarto evangelio y llega a conclusiones inaceptables. Conclusiones que tienen que ver con la persona de Cristo, con la moral cristiana y con la doctrina sobre el Espíritu Santo. 

Para hacer frente a estas interpretaciones radicalizadas del cuarto evangelio, un cristiano insigne de la comunidad joánica habría escrito (algunos años después del cuarto evangelio y probablemente en un orden inverso al de su colocación en la Biblia) estas tres cartas que la tradición cristiana ha atribuido a san Juan. 

En las tres, los destinatarios son miembros de la comunidad joánica a quienes se pone en guardia contra aquellos que están tergiversando la verdadera doctrina. No es necesario ver en estos "adversarios de la tradición original" a herejes estrictamente gnósticos; pero sí pueden ser los precursores de un amplio movimiento heterodoxo que se desarrolló sobre todo en el siglo II. El autor de las cartas se refiere a ellos con palabras muy duras –los llama anticristos, mentirosos, falsos profetas, raza de Caín, hijos del diablo, mundanos, seductores- y los contrapone a los verdaderos creyentes que se distinguen por ser fieles a lo que oísteis desde el principio (1Jn 2, 24) y por guardar los mandamientos (1Jn 2, 3-6), sobre todo el del amor fraterno (1 Jn 2, 9-11).

CARACTERÍSTICAS LITERARIAS

La relación lingüística y conceptual con el cuarto evangelio es evidente. Esto quiere decir que pertenecen a la misma tradición, pero no que hayan sido escritas por el mismo autor. Lo más probable es que los autores sean distintos, aunque actualmente bastantes expertos piensan que el autor de las cartas podría ser el redactor final del cuarto evangelio. 

Las tres cartas, especialmente la primera, tienen un indudable carácter polémico. Están escritas en el marco de la controversia que sacudió las comunidades joánicas de los últimos decenios del siglo I, y esta circunstancia se refleja abiertamente en su fisonomía. El Antiguo Testamento no es citado de forma explícita, pero las citas por alusión son relativamente abundantes. De manera especial está presente a través del tema central de la primera carta, que es el de la comunión-alianza y del conocimiento de Dios (véase 1 Jn 2, 3-13; 3, 9; 5, 20-21 y Jr 31, 31-34). 

En lo que se refiere al vocabulario, tal vez lo más significativo sea la afinidad con el judaísmo palestinense y en particular con la literatura de Qumrán. Palabras o expresiones como practicar (o caminar) en la verdad, la iniquidad, el espíritu de verdad, o bien las antítesis Dios-mundo, luz-tinieblas, verdad-mentira, son habituales en los escritos de Qumrán. Es también significativa la presencia de temas bautismales: recuerdo de la palabra escuchada, reconocimiento de los pecados, invitaciones a creer en Jesús. Todos estos temas, sean judíos o cristianos, son asumidos y actualizados por el autor para iluminar la situación presente de los destinatarios de las cartas.

PECULIARIDADES DE LA PRIMERA CARTA

La primera carta de san Juan es un documento excepcional del cristianismo primitivo. Nació de la confrontación surgida en el seno de la comunidad joánica y sin duda contribuyó eficazmente a que esta comunidad, al menos en su mayor parte, no se desgajara de la Iglesia apostólica. 

Desde el punto de vista literario, la carta es un escrito desconcertante. Le faltan los rasgos característicos del género epistolar (no tiene saludos iniciales ni finales, no menciona ningún nombre concreto) y al leerla recibimos la impresión de tener en nuestras manos un escrito de carácter general, algo así como una "carta encíclica". Por otra parte el autor llama repetidamente a sus lectores hijos míos o queridos (1 Jn 2, 1.7.18.28; 3, 18; 4, 1.7.11; 5, 21), les recuerda a menudo la fe que comparten y los exhorta a permanecer fieles, pues se supone que un grave peligro amenaza a la comunidad (1 Jn 2, 18-27; 4, 1-4). Todo ello implica tener delante un sector muy determinado de lectores. 

A primera vista se echa en falta una estructura lógica y clara. El pensamiento se desarrolla siguiendo un movimiento de espiral en torno al tema central de nuestra comunión con Dios, enunciado en el prólogo (1 Jn 1, 3) y evocado también en la conclusión (1 Jn 5, 13). Con todo, además del prólogo (1 Jn 1, 1-4) y la conclusión (1 Jn 5, 13-21), podemos distinguir una primera parte que gira en torno a la afirmación Dios es luz y por tanto los cristianos deben caminar en la luz (1 Jn 1, 5-2, 27); una segunda parte centrada en la experiencia de ser hijos de Dios (1 Jn 2, 28-4, 6); y una tercera parte en la que se relacionan la fe y el amor como criterios fundamentales para discernir la autenticidad de la vida cristiana (1 Jn 4, 7-5, 12). 

En cuanto al contenido teológico, junto a los temas típicamente joánicos, hay también algunos comunes a todo el primitivo cristianismo: la esperanza de la parusía (1 Jn 3, 2) y del juicio (1 Jn 4, 17), la interpretación de la muerte de Jesús como muerte expiatoria (1 Jn 2, 2; 4, 10), la purificación del pecado a través de la sangre de Jesús (1 Jn 1, 7).

PECULIARIDADES DE LA SEGUNDA Y TERCERA CARTA

A diferencia de la primera carta, estos dos escritos, los más breves de todo el Nuevo Testamento, tienen características marcadamente epistolares. Tanto el remitente como los destinatarios se hallan mencionados explícitamente; los saludos son los habituales y el contenido responde a las preocupaciones y problemas de una comunidad concreta. Pero el trasfondo histórico de ambas parece el mismo que el de la primera, aunque en un momento ligeramente anterior. Temáticamente, la segunda carta está más emparentada con la primera que la tercera, pero la semejanza literaria entre las dos es palpable y ambas parecen estar dirigidas a miembros de la comunidad joánica que residen fuera del núcleo central de la misma. Ambas pretenden poner en guardia a dichos miembros contra los secesionistas radicalizados que han surgido en el seno de la comunidad joánica y que quieren erigirse en los únicos intérpretes válidos de dicha tradición (2 Jn 7, 11). 

Ambas tienen como autor al mismo personaje: "el presbítero", sin que se sepa quién pueda ser este personaje. Ciertamente no es Juan, el apóstol, pero sí alguien estrechamente vinculado al mundo joánico y bien conocido de aquellos a quienes van dirigidas las cartas. Ambas tienen un final parecido: el autor esperaba visitar muy pronto a los destinatarios y suplir de viva voz lo que nos les ha dicho por escrito.

CONTENIDO TEOLÓGICO

Nos centramos en la primera carta que es la más elaborada teológicamente y que recoge los elementos doctrinales de las otras dos. En realidad, constituye algo así como la síntesis teológica final de este singular personaje de la tradición joánica, e insiste en los siguientes aspectos: 

• Hay que mantenerse fieles a lo enseñado desde el principio, y no hay que dejarse seducir por el progresismo excesivo de una parte de la comunidad (1 Jn 1, 1-3; 2, 24-26). 

• No basta con creer. Hay que cumplir los mandamientos, sobre todo el gran mandamiento del amor, y hacer la voluntad del Padre (1 Jn 1, 5-2,17; 4,7-5,3). 

• Ya tenemos la vida eterna y poseemos el Espíritu, pero aún estamos a la espera de la consumación definitiva. Y en esta espera es posible el pecado, porque junto al Espíritu de la verdad, existe y actúa el espíritu de la mentira. Es preciso aprender a discernir entre los diversos espíritus (1 Jn 4,1). 

• No hay que distorsionar la realidad de Cristo. Junto a su dimensión divina (subrayada por la comunidad del cuarto evangelio), es preciso insistir también en su dimensión humana (1 Jn 1, 1-2; 4, 2-3; 5, 1), que llega hasta la muerte sacrificial por nuestros pecados (1 Jn 2, 1-2; 3, 16; 5,6).

Autor: Con autorización de “La Biblia” de La Casa de la B