DiócesisEl blog de la Palabra

Santiago, compromiso en favor de los pobres

Publicado: 03/10/2012: 753

La carta de Santiago tardó algún tiempo en ser admitida en la lista definitiva de libros sagrados por toda la comunidad cristiana. Incluso, siglos más tarde, los primeros reformadores protestantes la hicieron objeto de cierto menosprecio. Ciertamente su densidad doctrinal es más bien modesta. Se diría que al autor le interesa más la conducta que la fe teórica de sus lectores-oyentes. Más que una carta parece una homilía o catequesis de tono moralizante. El autor utiliza a fondo el legado de las tradiciones proféticas y sapienciales del Antiguo Testamento, tratando de conservar dentro de la corriente cristiana algunos valores tradicionales que él consideraba peligrosamente amenazados, y de responder a la permanente tentación de separar los temas cotidianos de la vida del ámbito de la fe y de la religión.

MARCO HISTÓRICO

No es fácil localizar a los destinatarios de este escrito ni en el tiempo ni en el espacio. Pero todo hace pensar que se trata de comunidades en las que se está haciendo una interpretación abusiva de la enseñanza paulina (Sant 2, 14-26), y en las que los económicamente más poderosos están explotando, o al menos olvidando, a los más débiles y necesitados (Sant 1, 9-11; 2, 5-7; 5, 1-6). Esto nos sitúa al menos en los años sesenta, y tal vez más probablemente en la década de los ochenta. 

Con la comunidad o comunidades destinatarias del escrito está de algún modo relacionado el tema del autor que se presenta a sí mismo como Santiago, siervo de Dios y de Jesucristo (Sant 1, 1). Parece claro que no se trata de ninguno de los dos Santiagos que figuran en las listas de apóstoles (Mc 3, 18 par; Hch 1, 13). Puede, en cambio, tratarse del Santiago que aparece en el grupo de los "hermanos del Señor" y que más tarde está al frente de la comunidad cristiana de Jerusalén (Mc 6, 3; 15, 40; Gal 1, 19; 2, 12; Hch 12, 17; 15, 13; 21, 17-18). Pero también cabe pensar, y acaso con más probabilidades de acertar, en una especie de tradición de la enseñanza de Santiago, utilizada y puesta por escrito años más tarde por alguien que quiso colocar su obra a la sombra de un personaje célebre y plenamente autorizado.

PECULIARIDADES DE LA CARTA

La magnífica calidad que tiene el griego de este escrito y el hecho de que las citas del Antiguo Testamento están tomadas de la traducción griega de los LXX hace pensar en un contexto de cultura helenística. Sin embargo, no faltan reminiscencias semitas tanto en el vocabulario como en el estilo. En concreto debe subrayarse un cierto parentesco con el libro del Eclesiástico. Y a pesar de un aparente desorden, habitual por lo demás en el género exhortativo, no faltan recursos estilísticos tales como la aliteración y la rima, frases rítmicas, palabras gancho, etc. 

Hemos venido denominando carta a este escrito del Nuevo Testamento. Y en efecto, como carta se nos ha transmitido. Pero ni el comienzo demasiado escueto, ni el final sin ninguna referencia epistolar, favorecen tal consideración. El tono general del escrito, en el que predomina el género exhortativo, hace pensar más bien en una especia de homilía o catequesis de carácter moralizante.

MENSAJE DOCTRINAL

La carta de Santiago es ante todo un mensaje ético-moral basado en las tradiciones proféticas y sapienciales del Antiguo Testamento y en las enseñanzas de Jesús. Su autor es un cristiano enraizado en el Antiguo Testamento para quien el monoteísmo (Sant 2, 19), el tema sapiencial del dominio de la lengua (Sant 1, 19-20; 3, 2b-12) y el tema profético del compromiso en favor de los pobres (Sant 1, 9; 5, 1-6) son líneas claves que ahora confirma y profundiza la doctrina de Jesús. Al afirmar que no es suficiente oír (Sant 1, 22-25), ni es suficiente creer (Sant 2, 14-26) y que el auténtico sabio lo es en virtud de su buena conducta, el escrito aborda el problema de la relación entre la fe y las obras. Un problema tratado también por Pablo (Gal 2, 16; 3, 1-14; Rom 3, 21-5, 1), quien al decir que la auténtica fe es la que actúa por medio del amor (Gal 5, 6), ha señalado que las diferencias entre su concepción y la de Santiago son únicamente de perspectiva y no de fondo. 

La preocupación social de este escrito es evidente; y esto hasta el punto de que tal preocupación puede considerarse como la más profunda dimensión del mismo. De hecho, la sensibilidad actual, que valora mucho la coherencia entre la fe y la vida (no sólo es necesaria la ortodoxia, sino también la ortopraxis, recta práctica) acoge con agrado la línea argumental de Santiago.

Autor: Con autorización de