DiócesisEl blog de la Palabra

Introducción al Corpus Paulino

Publicado: 16/04/2013: 7004

Tras los Hechos de los Apóstoles, las ediciones de la Biblia incluyen un conjunto de trece cartas cuyo encabezamiento las relaciona de forma directa con el apóstol san Pablo. Este conjunto literario, que es con mucho el más amplio de los atribuidos por el Nuevo Testamento a un mismo autor, se ordena de acuerdo a un criterio doble: que sean más o menos extensos y que vayan a comunidades o a personas individuales; de la combinación de estos dos criterios resulta el siguiente orden: Romanos, 1 y 2 Corintios, Gálatas, Efesios, Filipenses, Colosenses, 1 y 2 Tesalonicenses, 1 y 2 Timoteo, Tito y Filemón.

Tradicionalmente se ha distinguido entre un primer grupo de cartas (Romanos, 1 y 2 Corintios, Gálatas y 1 y 2 Tesalonicenses), cartas de la cautividad (Filipenses, Efesios, Colosenses y Filemón) y cartas pastorales (1 y 2 Timoteo y Tito). Además de esta distinción, más modernamente se establece una diferencia entre cartas protopaulinas y deuteropaulinas. Las primeras habrían sido escritas indudablemente por el Apóstol, que por lo general recurría a un amanuense o secretario; este grupo lo formarían 1 Tesalonicenses, el escrito más antiguo de todo el Nuevo Testamento y de la literatura cristiana en general, 1 y 2 Corintios, Filipenses, Gálatas, Romanos y Filemón, que Pablo habría compuesto más o menos en este orden. Por lo que respecto a las cartas deuteropaulinas, las diferencias que presentan frente a las protopaulinas inclinan a pensar que fueron compuestas en fecha más tardía y con una intervención mayor del correspondiente amanuense o incluso de algún discípulo de Pablo. En este segundo grupo se incluyen Colosenses y Efesios, por un lado, y las cartas pastorales, por otro. Un caso especial lo constituye 2 Tesalonicenses, que, aunque vinculada estrechamente a 1 Tesalonicenses por estar dirigida a la misma comunidad, parece haber sido compuesta bastante más tarde. 

Ahora bien, más que la distribución y la cronología de los escritos paulinos, estos interesan sobre todo como testimonio de la vida y la personalidad del Apóstol, de su intensísima actividad misionera, de su teología y del gran influjo que ejerció en las primeras décadas del cristianismo; precisamente por ello constituyen el punto de referencia principal a la hora de reconstruir la vida y el pensamiento de Pablo, pudiendo recurrirse en ciertos casos a algunos datos que nos ofrecen sobre él los Hechos de los Apóstoles.

El género literario de las cartas

Para una lectura adecuada de las cartas con esta u otra finalidad, es conveniente tener en cuenta su pertenencia a un género literario muy concreto, el epistolar. Dicho de otro modo, conocer la estructura de las cartas en el mundo antiguo y determinar en qué medida y por qué razones sigue o no sigue Pablo dicha estructura en sus distintos escritos puede ayudar a comprender mejor algunas de sus afirmaciones. Como la mayoría de las cartas de la época, las del Apóstol constan de los siguientes elementos, todos los cuales llevan, como es lógico, el sello de la condición cristiana de quien las escribe y de sus interlocutores epistolares: en primer lugar, una introducción epistolar con presentación del remitente, referencia a los destinatarios, deseos de bienestar del primero a los segundos y acción de gracias o bendición; sigue en cuerpo del escrito, en el que se consideran las situaciones, temas o problemas que han motivado su composición; el conjunto se cierra con la conclusión epistolar, de la que forman parte intercambios de saludos y nueva expresión de buenos deseos para los destinatarios. Puesto que la copia material del escrito la realizaba un secretario o escribano (véase Rm 16, 22), en esta parte conclusiva, el Apóstol añade en ocasiones una especie de indicación o rúbrica de carácter personal, ordenada a dar autenticidad al escrito (véase 1 Cor 16, 21; Gál 6, 11; 2 Tes 3, 17). 

Precisamente porque son verdaderas cartas, las atribuidas a Pablo llevan el sello de las circunstancias, tanto de su autor como de sus destinatarios. Por otra parte, para lograr el objetivo que determinó su composición, el Apóstol recurre, a veces de manera muy notable (Gálatas, Romanos, 1 y 2 Corintios...), a medios y a modos corrientes en la retórica de la época. Ello explica las diferencias entre unas cartas y otras, no sólo por su temática y ordenación del conjunto, sino también por la imagen que nos ofrecen de su autor como persona e incluso como escritor: cercano, cariñoso, delicado e incluso tierno, unas veces; desaliñado, tajante, conciso, irónico, duro, otras. Por otra parte, el susodicho carácter circunstancial de las cartas explica que el contenido de cada una de ellas sea más bien limitado, no cubriendo ni todos los capítulos de la biografía de Pablo ni todos los apartados de la teología cristiana. También, porque en ellas se deja sentir fuertemente la vida de las comunidades, además de referirse a los muchos problemas y dificultades de estas últimas, las cartas nos ofrecen testimonios preciosos de la predicación, de la fe y de las celebraciones en las primeras décadas del cristianismo. Es común la opinión de que algunos pasajes de las cartas –las de Pablo, pero también de las otras epístolas del Nuevo Testamento– recogen resúmenes de esa predicación (1 Cor 15, 3ss), confesiones de fe (Rom 1, 3ss; 4, 15; 9, 9...), himnos (Flp 2, 6-11). Más todavía, el texto de 1 Cor 11, 23-26 transmite una tradición que concuerda casi a la letra con los textos evangélicos sobre la institución de la Eucaristía (véase especialmente Lc 22, 19s), certifica el hecho de su celebración habitual desde los comienzos y testimonia la consideración de la misma como memorial del sacrificio de Cristo en la cruz por la salvación del mundo, es decir, como presencia permanente de la eficacia salvadora de dicho sacrificio en el cuerpo entregado y la sangre derramada (véase además 1 Cor 10, 16).

La teología de san Pablo

Pese a tratarse de escritos tan vinculados a las circunstancias de las comunidades, no resulta difícil descubrir en las cartas paulinas una especie de denominador común, un centro, reiterado una y otra vez en sus elementos fundamentales y repensado y reformulado, también una y otra vez, en relación con las circunstancias comunitarias a las que quisieron responder estos escritos. Dicho centro es Jesucristo: Jesucristo en el misterio de su actuación salvadora y en el misterio de su ser, razón última de posibilidad del valor salvífico de aquella actuación. Pablo cree que Jesús es el Hijo de Dios enviado al mundo en la plenitud del tiempo, nacido de mujer (Gál 4,4), descendiente de Abrahán (Gál 3,16) y de David (Rom 1,3b) y, por ello mismo, el Cristo, el Mesías de Israel (Rom 9,5). Como los otros predicadores del Evangelio y todos los que han acogido con fe la predicación (1 Cor 15,3; 1 Tes 1,9); está convencido de que en Cristo, Dios ha ofrecido definitivamente la salvación al mundo, ha manifestado en él su justicia salvadora (Rom 3,21), ha dado su sí a las promesas (2 Cor 1,20). El Dios de Pablo es, sin duda ninguna, el Dios de los padres. Pero su revelación en Jesucristo ha manifestado de forma definitiva su misterio más íntimo: es uno y trino. Efectivamente, además del uso del apelativo «padre» para referirse a Dios y del título «Hijo de Dios» aplicado a Jesucristo, Pablo resalta el ser y la actuación del Espíritu Santo (véase principalmente Rom 8 y 1 Cor 12). De ahí las frecuentes expresiones trinitarias que jalonan sus cartas; de ellas cabe mencionar, a modo de ejemplo Rom 1, 1-4; 1 Cor 12, 4-6 y 2 Cor 13,13. Desde Cristo, centro de su fe y de su predicación, pensó Pablo y pensaron sus herederos todos los aspectos del ser y del vivir que ya habían sido pensados desde antiguo por la humanidad (...). 

La época en que Pablo escribe sus cartas pertenece a los momentos iniciales, a los que no se puede pedir una distinción neta de ministerios en la comunidad; por otra parte, las comunidades fundadas por Pablo permanecían muy vinculadas al Apóstol, que las dirigía cuando estaba en ellas y cuando estaba ausente (...). Un capítulo importante del pensamiento de Pablo lo constituye la necesidad de expresar en la existencia lo que se es por la fe y el Bautismo. Por ellos, y como queda indicado, el cristiano se une a Cristo, ha sido situado en el ámbito de acción de Cristo, vive en Cristo. Toda su vida queda así referida a él y determinada por él, con la fuerza de su Espíritu, hace posible el cumplimiento de la justa exigencia de la Ley por parte del creyente (Rom 8,4), su sometimiento a la ley de Dios (Rom 8,7). 

Toda la existencia cristiana se halla orientada al encuentro definitivo con el Señor, que supondrá la participación plena en el misterio de la muerte y resurrección de Cristo. En este sentido, la vida del creyente es vida en esperanza (Rom 5,1-11); y así afirma el Apóstol: «Hemos sido salvados en esperanza» (Rom 8,24). Más aún, en una especie de ecología teológica, que hunde sus raíces en la fe bíblica en la creación, Pablo llega a hablar de la esperanza de todos las criaturas, que anhelan compartir la gloriosa libertad de los hijos de Dios (Rom 8,18-25).

Autor: CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA