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Rafael Lería sj: «La vocación recae sobre nosotros, pero es de la gente»

Publicado: 30/07/2013: 5484

Jesuita malagueño recién ordenado sacerdote

«La persona de Ignacio de Loyola es actual, y su espiritualidad no es sólo para los jesuitas, sino para cualquier hombre o mujer que quiera acoger el Reino de Dios en su vida». Así se expresa Rafael Lería Ortega (Málaga, 1970), el último jesuita ordenado de nuestra tierra.

Su vocación comenzó cuando, tras ser expulsado de otros centros, ingresó en el Colegio de San José (en el barrio de Carranque). Allí descubrió, gracias a jesuitas como el Padre Ibáñez, la semilla apasionante del Evangelio.

- ¿Cómo sintió la llamada al sacerdocio?

- Estudié derecho, trabajaba como abogado y tenía novia. Creía que la voluntad de Dios para mí era el matrimonio, porque me encantan los niños y quería tener muchos hijos, pero en el fondo había algo que no me satisfacía. Yo sentía que Dios me pedía algo más. Fui haciendo un discernimiento a través de los ejercicios de San Ignacio en la vida cotidiana, acompañado por el Padre Salvador Álvarez, un compañero que estuvo mucho tiempo en el Paraguay. Por poco que tú te tomes en serio los ejercicios espirituales, algo sí o sí tiene que cambiar en tu vida. Haciéndolos salió la oportunidad de irme a Bolivia como voluntario y no me lo pensé dos veces, dejé todo y dije que necesitaba un tiempo para pensar. En medio de los pueblos indios viví una experiencia muy fuerte y experimenté que Dios me pedía ponerme al servicio de los más necesitados. Allí hice dos años de noviciado en la compañía. Nada más el hecho de acompañar a la gente de allí (porque no es tanto lo que uno da como lo que recibe) me hizo ver la divinidad en la humanidad. Tras hacer mis votos me mandaron a México, otra experiencia preciosa que me permitió vivir la espiritualidad ignaciana en la realidad del indio migrante. Ya tenía clara mi vocación jesuita, pero seguía buscando mi “segunda vocación” dentro de la Compañía, aquella misión en la que realizarme. Después estuve en Brasil, un país de mucha gracia y mucho sufrimiento, pero de mucha vida también. Es impresionante ver al pueblo brasileño que, a pesar de estar crucificado, siempre tiene esperanza, solidaridad, lucha... Allí he conocido lo que la Compañía hace con el mundo indígena y veo que mi sitio y mi vida son los indígenas. Y para allá voy. Aunque me siento malagueño, universal pero malagueño.

- ¿Cómo fue su ordenación?

- Ha sido un regalo de Dios muy grande, un día de mucha gracia, de compartir el cariño de la gente. La vocación recae sobre nosotros, pero la vocación es de la gente y es para vosotros que sois el pueblo de Dios, que sois los que nos alentáis, los que rezáis por nosotros, los que nos tenéis presentes en lo sencillo, en lo cotidiano de vuestras vidas. Nosotros existimos cuando alguien se acuerda de nosotros, y estamos vivos cuando la gente nos tiene en su corazón, eso es lo que nos anima. La vida religiosa no es nada fácil, hay muchas tentaciones en el mundo de hoy y somos débiles, por eso es muy importante que la gente te acompañe, te cuide, te aconseje... Para mí ha sido un regalo impresionante, me hinché de llorar. Uno se siente como muy frágil, pero también llamado a trabajar con lo que es y tiene, y le dices: "Señor, esto es cosa tuya no cosa mía". Y entonces te lanzas. La primera Misa también fue un regalo, ya estaba más tranquilo, y la celebré aquí en la iglesia del Sagrado Corazón en Málaga. ¡Yo quería casarme en aquella Iglesia! Pero los planes del Señor cambiaron, he celebrado allí mi primera Misa y fui el hombre más feliz del mundo. Está claro que todo es gracia y él es el que nos escoge a nosotros. Uno cuando empieza a cuestionarse el tema del sacerdocio o de la vocación, yo que he tenido la oportunidad de rezarlo mucho en este tiempo que he estado por España ahora, al final decía, "Señor, si yo no te he elegido a ti". Yo muchas veces me peleo, pongo trabas, pongo impedimento, pongo fragilidad... y sin embargo te das cuenta de que Dios te da el ciento por uno del Evangelio. Es el don de la vocación. Dios nos da un fuego en el corazón para poder encender otros fuegos, como propone Francisco, estar con la gente que más lo necesita, en lo sencillo, en lo diario... acompañando, escuchando. Y es que al final sientes que los pobres, los marginados, los que tenemos a un lado de nuestra sociedad y no queremos son los que nos pueden enseñar que otro mundo es posible, que las estructuras que tenemos son injustas y que hay una brecha mayor entre pobres y ricos y eso no es de Dios. Tenemos que decirle a la Iglesia y a los jóvenes, que si de verdad creemos en Dios y en su Evangelio, que si los tenemos en el principio y fundamento de nuestras vidas, podemos hacer un mundo mejor, más sencillo, más fraternal. Es verdad que están disminuyendo las vocaciones, pero yo lo vivo con esperanza y soy de la idea de que sería mejor tener menos y buenos que muchos conventos llenos con gente que de verdad no da testimonio. Muchas veces nuestra fragilidad y nuestra debilidad no es testimonio del amor de Dios, que es de lo que se trata. Pero tenemos que vivirlo con esperanza de que esto es cosa de Dios, no cosa nuestra.

- ¿Dónde está su futuro?

- Mi corazón y mi futuro están con los pobres. Me alegro mucho de estar aquí, de volver a encontrarme con mis hermanos, con mi padre, con mis amigos, pero ahora que ya he pasado aquí unos meses, y he visto que todo el mundo está bien, los he acompañado, me he reído, he disfrutado, he llorado, nos hemos pedido perdón, veo que mi sitio está allí, en medio de los pueblos indios de Latinoamérica. "Con los pobres, mi suerte quiero echar". La idea ahora es regresar a Bolivia unos meses, prepararme para una misión futura: formarme en ecología, en la espiritualidad ignaciana inserta en el mundo indígena y en temas de diálogo interreligioso, intercultural, preparándome para una misión en Brasil, para irme con un equipo itinerante que hay en el Amazonas. Eso es lo que me gustaría.

- ¿Qué actualidad tiene la figura de San Ignacio?

- Si algo tiene Ignacio es eso, la actualidad. Es impresionante como en toda su obra, en toda su espiritualidad, tiene algo que decir no sólo a los jesuitas, sino a cualquier hombre o a cualquier mujer que quiera acoger el Reino de Dios en su vida. Continuamente él se fue cuestionando la realidad de su entorno, y aunque nació en el siglo XV, nos sirve a nosotros para ahora. Ignacio es un regalazo para el mundo, para la Iglesia y sobre todo para los más pobres. Nosotros como jesuitas tenemos que buscar la Mayor Gloria de Dios, pero allá en el campo donde estés trabajando, formando hombres y mujeres para los demás, que sepan amar y servir a los más necesitados y oprimidos. Eso es muy actual. Quizás es verdad que muchas veces nosotros no sabemos explotar la riqueza de los Ejercicios. Teniendo esta experiencia de Dios no te puedes quedar quieto, no puedes ser insensible, algo en tu vida tiene que cambiar ya, te lanzas y te arriesgas como para comerte el mundo. Si de verdad tienes lo mínimo de la espiritualidad ignaciana de "en todo amar y servir", el mundo se te queda pequeño. Y en el mundo en que vivimos, de mucha mediocridad, de mucha pérdida y desorientación, y San Ignacio decía a los estudiantes de Coimbra que lo que era suficiente para los demás, en tema estudios, por ejemplo, para nosotros sería insuficiente. El que de verdad la espiritualidad ignaciana pueda rescatar lo mejor de cada hombre y mujer que se quiere poner al servicio de Dios es fantástico, porque estás dando lo que eres con entrega, con afán, con fuerza, con vida... y lo pones al servicio de los demás. ¡Eso es el cielo aquí en la tierra! Como el propio Ignacio decía: "Tenemos que hacer todo como si dependiese de nosotros, pero sabiendo que al final todo depende de Dios". Al final, siervo inútiles somos y no hemos hecho más que lo que teníamos que hacer.
 

Autor: Ana María Medina