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Rafael Prado: «El Café Central ha sido un lugar con alma»

Publicado: 21/12/2021: 5516

Toma un sombra sin azúcar. «La leche sin lactosa le aporta un punto de dulzor que no hace necesario más», aclara. «Es, salvo en lo del azúcar, el mismo que tomaba de chico, el que me daban en casa». Rafael Prado es el dueño del Café Central, que abre por última vez este domingo 9 de enero después de una vida entera al servicio de la ciudad. Por él ha pasado también parte de la historia de la Iglesia de Málaga.

Mucha vida se cuece día a día en el Café Central. El murmullo omnipresente lo dota de una intimidad idónea para esas conversaciones que no caen en el olvido, en las que se deciden acuerdos, se comparten preocupaciones o se cuentan secretos. Rafael Prado es en la actualidad el único propietario de esta cafetería, y el que ha tenido el difícil reto de cerrarlo, después de que su padre y su tío lo levantaran. «¡Ya no queda nada de cuando éramos jóvenes!» le dice un viandante cuando nos acercamos al mosaico de calle Santa María para la foto. «Se está perdiendo todo». Y los ojos de Rafael parecen un poco más abatidos por las emociones que acarrea el cierre del que ha sido el hogar de su famlia desde 1954.

El Café Central no tiene más remedio que cerrar tal y como lo conocemos. «Mucha gente me dice que se siente desamparada con la noticia. "¿Dónde vamos a ir?", me preguntan. Y es que la identidad de este negocio era estar para todo y para todos. Es un lugar con alma», explica su dueño. En sus mesas hay escrita, y hablada, mucha historia de Málaga y también de su Iglesia. «La última vez que vino el Obispo me sentí mal porque no lo pude sentar. Estaba todo lleno y se tomó el café en la barra. Fue enormemente atento, pero me dio coraje porque este es lugar de tertulia, de trato, de ideas y de tomar café reposadamente...», cuenta Rafael. «Y curas, todos los del Obispado han pasado por aquí. También los que venían a hacerse una radiografía a Martí Torres. D. Francisco García Mota, por ejemplo, venía con los grupos de tertulia en los que participaba y los acogíamos en el salón de arriba. También con las maestras rurales. Eran momentos de mucho encanto. También los sucesivos párrocos de los Mártires, los de Marbella y otros como Alfonso Arjona, Ignacio Mantilla, Aguilera, Ferrary, Pallarés... Es que el Obispado está ahí al lado -explica-. Por eso, me preocupé de reflejarlo en el mosaico que tenemos en calle Santa María, que es mi nexo de unión principal con la Iglesia». Rafael nos cuenta cómo esa fachada brinda al caminante dos grandes obras en azulejo con texto suyo en el que se indica dónde están la Catedral y el Sagrario, a modo de guía para los visitantes, y también los cafés al estilo de Málaga (corto, mitad, nube...) que inventó su padre, y que están traducidos al latín por el P. Laureano Manrique. «Es un guiño a mi infancia en los Agustinos y, luego, en Los Olivos, donde él fue director -nos cuenta-. Nos hicimos grandes amigos, casó a mi hijo mayor y lo desafié a traducirlo, cosa que hizo maravillosamente».

Para este empresario malagueño, tomar café atiende, básicamente, varias necesidades fundamentales: «tomamos café porque necesitamos un tentempié, a media mañana o a media tarde; porque necesitamos hablar, conversar con alguien distendidamente, o por tener ese rato de tranquilidad con uno mismo, de meditación. No sería mala idea que en las iglesias nos ficharan para que diéramos cafés para ayudar a la gente a pararse. Sería interesantísimo -bromea-. Lo tengo que hablar con el Obispo: meditación con café. Esto hay que hablarlo» (ríe). Si hablamos de devociones, Rafael se inclina por el Nazareno del Paso y la Virgen de la Esperanza, sus primeros amores. «Soy hermano desde pequeño y es el trono que más he sacado. Pero tengo el corazón partido con los Estudiantes, donde he sido mayordomo de trono de la Virgen de Gracia y Esperanza». Se define más de las advocaciones esperancistas. «Me atrae mucho lo esperanzador. La esperanza es algo que siempre está por llegar pero nunca llega, y por tanto es lo que te hace moverte. Eso es muy de empresario», asegura.

Rememora todo esto en estas semanas previas al cierre, y conoce de nuevas, también, de boca de muchos clientes, "su" particular historia en torno al Central. «Casi todos tienen una vinculación familiar. "Mi padre me traía de pequeño", "yo venía con mi abuelo"... Esas frases me encantan. Disfruto escuchándolas, porque significa que aquí hemos dado café, chocolate, churros o sopa de picadillo a generaciones enteras, y eso es motivo de orgullo, más aún después de la pandemia, que yo creía que acababa con nosotros».

Ahora toca empezar para él una vida distinta. «Espero encontrar mi sitio, disfrutar de la música, que es mi pasión, cantar con mi "cuarentuna" y apoyar en el otro Central que ha abierto mi hijo en la Malagueta». Para Rafael, el horizonte seguirá siendo siempre la esperanza.

Ana María Medina

Periodista de la diócesis de Málaga

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