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La Eucaristía, don de Dios para la Iglesia. Por Manuel Ángel Santiago

Publicado: 09/06/2012: 2557

La Eucaristía es canto de alabanza y gloria, un canto de alabanza que ha de ser existencial es decir, no quedarnos sólo con la expresión verbal, sino que glorifiquemos al Señor hoy y siempre con nuestras vidas.

Toda la vida litúrgica de la Iglesia gravita en torno al sacrificio eucarístico y los sacramentos (SC 6). Ciertamente la eucaristía es un don de Dios para la Iglesia, es alimento insustituible para el caminante. La fiesta del Corpus Christi es inseparable del Jueves Santo, en la cual celebramos solemnemente la institución de la eucaristía. Mientras que en la noche del Jueves Santo se revive el misterio de Cristo que se entrega a nosotros en el pan partido y en el vino derramado, hoy en el Corpus, este mismo misterio se presenta para la adoración y la meditación del pueblo de Dios, llevaremos el Santísimo Sacramento en procesión por las calles y plazas de nuestras ciudades, para manifestar nuestra fe en Cristo resucitado que camina en medio de nosotros y nos guía en nuestros pasos en la construcción del reino de la vida, de la civilización del amor. Como diría el Papa Benedicto: “lo que Jesús nos dio en la intimidad del Cenáculo, hoy lo manifestamos abiertamente, porque el amor de Cristo no es sólo para algunos, sino que está destinado a todos” (Benedicto XVI, homilía del Corpus 23-6-2011).

            La adoración al Santísimo Sacramento constituye una dimensión esencial en nuestra vida espiritual, el culto al Santísimo como indica el Papa “constituye el ambiente espiritual en el cual la comunidad puede celebrar bien y en verdad la eucaristía. Sólo si esta presidida, acompañada y seguida por esta conducta interior de fe y de adoración, la acción litúrgica puede expresar su pleno significado y valor. El encuentro con Jesús en la Santa Misa se realiza verdaderamente y plenamente cuando la comunidad es capaz de reconocer que Él, en el sacramento, habita su casa, nos espera, nos invita a su mesa y, luego, una vez que la asamblea se ha disuelto, permanece con nosotros, con su presencia discreta y silenciosa y nos acompaña con su intercesión” (Benedicto XVI homilía Corpus 7-6-2012).

            Todo parte, se podría decir, del corazón misericordioso de nuestro Salvador, en la última Cena, la noche que le traicionaban, instituyó el sacrificio eucarístico de su cuerpo y sangre, con el cual iba a perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el sacrificio de la cruz y confiar así a su Esposa, la Iglesia, el memorial de su muerte y resurrección: sacramento de piedad, signo de unidad, vinculo de caridad, banquete pascual, en el cual somos alimentados por el mismo Cristo que se nos da cómo pan vivo bajado del cielo y cáliz de salvación. Cuando participamos de la eucaristía nuestra alma se llena de gracia y bendición y se nos da como prenda de la gloria venidera (SC 47). En este sentido el Concilio Vaticano II, nos muestra una visión profundísima de la eucaristía, dirá que: “en la liturgia terrena pregustamos y tomamos parte en aquella liturgia celestial que se celebra en la santa ciudad de Jerusalén, hacia la cual nos dirigimos como peregrinos y donde Cristo está sentado a la diestra de Dios como ministro del santuario y del tabernáculo verdadero (Apoc 21,2; Col 3, 1; Heb 8,2); cantamos al Señor el himno de gloria con el ejército celestial; venerando la memoria de los santos, esperamos tener parte con ellos y gozar de su compañía; aguardamos al salvador, nuestro Señor Jesucristo, hasta que se manifieste El, nuestra vida, y nosotros nos manifestemos también gloriosos con El” (Fil 3, 20; Col 3, 4; SC 8).

            A veces me pregunto, ¿no vivimos demasiado superficialmente nuestro encuentro con el Señor en los sacramentos? ¿Nuestras parroquias no deberían propiciar un mayor ambiente de silencio? ¿No convertimos la eucaristía en unos teatros llenos de invenciones propias con la escusa siempre a la mano de querer pastoralmente acercar la eucaristía a los fieles? ¿No necesitaríamos recuperar el sentido mistérico de lo que celebramos y revitalizar una verdadera formación litúrgica – sacramental, que ayude a todos a vivir con mayor intensidad espiritual el encuentro con Cristo vivo y realmente presente entre nosotros?

            La eucaristía es el corazón y la cumbre de la vida de la Iglesia, no nos cansaremos de proclamar y anunciar que la Santa Misa, es el memorial de la Pascua de Cristo, es la obra de la salvación realizada por la vida, la muerte y la resurrección de Cristo, obra que se prolonga en la historia, con otras palabras: hoy Cristo esta aquí y nos inunda con su misericordia y salvación. La eucaristía es ante todo la obra de Cristo sumo y eterno sacerdote, en ella los signos sensibles “el pan y el vino”, realizan nuestra santificación (SC 7).

            Hemos de redescubrir en nosotros la importancia de la participación consciente en la Santa Misa como verdaderos encuentros con Jesucristo. De nuevo me pregunto en alta voz: ¿Se puede ser realmente cristiano sin participar de la eucaristía y de los sacramentos? ¿Se puede pertenecer a una Cofradía, incluso a un movimiento apostólico, a caritas, ser catequista y no vivir la eucaristía? ¿Cómo nos preparamos a la celebración los que habitualmente participamos de la eucaristía? ¿Rezamos con la palabra de Dios? ¿Llegamos con tiempo para recogernos interiormente? ¿Intentamos que nuestras respuestas y cantos en la eucaristía estén en consonancia con nuestro corazón creyente? ¿Intentamos llevar la eucaristía a la vida comprometiéndonos en la construcción del reino de Dios y por ello, luchamos por una coherencia entre la fe y la vida moral? Los gestos de la eucaristía han de expresar que soy iglesia y no soy dueño de la liturgia, a veces hay feligreses y también más de un sacerdote, que hacen lo que les parece con la excusa que le da mucha devoción o que tal grupo o persona le ha dicho o como decía antes con la malísima escusa pastoral de querer innovar para llegar a todos, envolvemos la eucaristía de superficialidad, de protagonismos desmedidos poniendo nuestros criterios por encima de la Iglesia y banalizando lo más sagrado. El Papa Benedicto el pasado jueves, en la celebración del Corpus en la Basílica de San Juan de Letrán denunciaba el reduccionismo de la sacralidad de la eucaristía y añadía: “me complace también subrayar que lo sagrado tiene una función educativa y que su desaparición empobrece inevitablemente, la cultura, en particular, la formación de las nuevas generaciones” (Benedicto XVI homilía Corpus 7-6-2012

            La eucaristía es, pues un sacrificio porque representa (hace presente) el sacrificio de la cruz. La eucaristía es a la vez sacrificio de la Iglesia, pues nos unimos a Cristo con nuestras vidas, nuestras alabanzas, nuestros sufrimientos, nuestros trabajos y nuestros sudores dándole un nuevo valor a los mismos. Es lo que se expresa al invitarnos el sacerdote cuando nos dice: “orad hermanos para que este sacrificio mío y vuestro sea agradable a Dios todopoderoso”. A esta ofrenda también se unen no sólo los miembros que estamos en peregrinación en esta vida, sino también los que están ya en la gloria del cielo. La iglesia ofrece el sacrificio eucarístico en comunión en primer lugar con María la Virgen y haciendo memoria de ella así como de todos los santos canonizados o anónimos. Por último el sacrificio de la Santa Misa es ofrecido por los fieles difuntos que han muerto en Cristo y todavía no están plenamente purificados, para que puedan entrar en la luz y la paz de Cristo. En este sentido se trata de un acto de comunión y de verdadera caridad (CEC 1362-1372).

            Hemos indicado que la eucaristía es “culmen” de la vida cristiana, pero hemos también de subrayar que es “fuente” de donde dimana la vida fecunda  de la iglesia. Por ello, toda la fuerza evangelizadora de la iglesia radica en la presencia real viva y sustancial de Cristo en la Eucaristía, que nos empuja con la fuerza del Espíritu a llevar al mundo su evangelio y a la vez como proclamaba Pablo VI en la Evangelii Nuntiandi la evangelización no se agota con la predicación y la enseñanza de una doctrina sino que ha de ayudar al hombre a entrar en comunión de amor con su salvador, es entrar en una vida sobrenatural profunda y siempre nueva, esta vida sobrenatural encuentra su expresión sublime e inigualable en los sacramentos especialmente la eucaristía. La finalidad de toda tarea catequética y evangelizadora es por tanto la educación en la fe de tal manera que conduzca a cada cristiano a vivir y a no recibir de modo pasivo o apático los sacramentos como verdaderos sacramentos de la fe (EN 47).

            El verdadero efecto de la eucaristía es la trasformación del hombre en Dios. Esta es la razón por la que la eucaristía es alimento de vida eterna, Pan de vida. Dejémonos hermanos trasformar por ella, dejemos que brote constantemente en nosotros la fuente del agua viva y de la llama del amor vivo en nuestro ser. En la Sagrada Eucaristía nos hacemos uno con Dios como el alimento con el cuerpo (S. Francisco de Sales). Este santo sacramento es fuente de comunión del hombre con Dios y de los hombres entre sí. Como insiste el catecismo: no somos iglesia porque colaboremos a su sostenimiento en mayor o en menor medida o, porque nos llevemos bien unos con otros o porque casualmente hayamos caído en una comunidad donde nos sentimos a gusto, sino porque en la eucaristía recibimos el Cuerpo de Cristo y somos constantemente transformados en Él. En este sentido somos iglesia porque en la eucaristía nos convertimos en iglesia visible (Youcat 211).

             Hemos también de contemplar, que precisamente porque Cristo es fuente de vida que nos trasforma en él, nuestro yo debe estar abierto a los demás. La comunión eucarística me une a la persona que tengo a mi lado, y con la cual conocido o no, tengo que vivir construyendo el nosotros la Iglesia aportando lo mejor que hay en mí. El Papa recoge desde el sentido comunitario de la eucaristía también su dimensión social que hoy junto a Caritas quisiera yo también poner de relieve.  “Quien reconoce a Jesús en la Hostia santa, lo reconoce en el hermano que sufre, que tiene hambre y sed, que es extranjero, que está desnudo, enfermo o en la cárcel; y está atento a cada persona, se compromete, de forma concreta, a favor de todos aquellos que padecen necesidad. Del don de amor de Cristo proviene, por tanto, nuestra responsabilidad especial de cristianos en la construcción de una sociedad solidaria, justa y fraterna (Benedicto XVI, homilía Corpus 23-6-2011).

             De forma anónima y callada, los hombres y mujeres de Cáritas junto a otras muchísimas instituciones de la Iglesia están asumiendo una impagable labor de “contención” social ante una situación de precariedad creciente que afecta a millones de ciudadanos en España, pero también a cientos de millones de personas en numerosas regiones del mundo donde la dignidad humana está en situación de máximo riesgo a causa de la violencia, el subdesarrollo o los desastres naturales. Caritas es la iglesia, es el corazón de Cristo que late en nosotros. En el año 2011 caritas de la Diócesis de Málaga, es decir la totalidad de las caritas parroquiales, han atendido a 25.000 familias. Nos debe urgir el amor de Cristo, la caridad, pero bien entendida pues fomentar la mendicidad, la alcoholemia o la  drogadicción con nuestras limosnas a veces para acallar nuestras conciencias, no es la mejor forma de ejercer la caridad cristiana.

          Vivamos como verdaderos hombres eucarísticos, dejémonos transformar por el amor y llevemos este amor al mundo siendo como Cristo pan partido para todos.

Manuel Ángel Santiago Gutiérrez es párroco en Ntra. Sra. del Rosario en Fuengirola

Autor: Manuel Angel Santiago