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Para qué ha de servir el Congreso Eucarístico Internacional

Publicado: 28/06/2012: 4181

Federico Cortés, delegado diocesano para el Congreso Eucarístico Internacional celebrado en Dublín, profundiza en la centralidad de la Eucaristía.

Como bien sabéis, del 10 al 17 de junio se ha celebrado en Dublín el 50 Congreso Eucarístico Internacional, que ha coincidido con la solemnidad del Corpus Christi y con el 50 aniversario del Concilio Vaticano II. 

Su título está inspirado en el nº 7 de la Constitución Conciliar Lumen Gentium: «En la fracción del pan eucarístico compartimos realmente el Cuerpo del Señor, que nos eleva hasta la comunión con él y entre nosotros. "Puesto que el pan es uno, aunque muchos, somos un solo cuerpo todos los que participamos de un mismo pan (1Cor 10,17). Así todos somos miembros de su Cuerpo (cf. 1 Cor 12,27) y casa uno miembro del otro (Rom 12,5)".»

A NIVEL DE PARROQUIA

La celebración de este congreso nos puede dar pie a trabajar, a nivel de cada parroquia, algunos aspectos importantes respecto a la Eucaristía, tanto a nivel de reflexión como de celebración litúrgica. El documento de trabajo consta de dos partes:

1. La primera: una oportunidad de oro. Es una presentación del congreso a partir del concepto de eclesiología y espiritualidad de comunión.
2. La segunda: repasa las diferentes partes de la misa a partir del concepto de comunión.

Es posible identificar varias direcciones en las que el tema se puede desarrollar, y a través de los cuales podría contribuir a un renovado entendimiento de la centralidad de la Eucaristía en la vida y misión de la Iglesia. Estas posibilidades incluirían:

Comunión con Cristo: Dios es una comunión de vida y amor, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Constantemente estamos siendo atraídos hacia esta comunión de amor por la acción de Dios, en la invitación que se nos ofrece por el Hijo y que se mantiene ante nosotros por la acción del Espíritu Santo. El sacramento del bautismo, por el cual nos convertimos en miembros del Cuerpo de Cristo, «introduce a la Eucaristía» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1244) que completa nuestra iniciación y nos atrae a una comunión con Cristo. (cf. Lumen Gentium 7; Ad Gentes 39). 

Comunión entre nosotros: Somos atraídos a una comunión de vida en el sacramento del bautismo. Esta Comunión se nutre y fortalece en la eucaristía (cf. Lumen Gentium 7; Ecclesia de Eucharistia 24; Sacramentum Caritatis, 15 y 76; Plegaria Eucarística I para la Reconciliación). No estamos invitados a la mesa del Señor como simples individuos. Nos sentamos juntos a escuchar su palabra.

La Eucaristía y el sacerdote: La Eucaristía es el centro del misterio del sacerdote y es a través de la Eucaristía que ellos se están «comunicando con Cristo cabeza y conduciendo a otros a la misma comunicación» (Ad Gentes, 39). La actividad misionera de la Iglesia consiste en extensión de comunión por medio de la construcción, día a día, del Cuerpo de Cristo.

La Eucaristía y el matrimonio cristiano: El sacramento del matrimonio es el signo visible y eficaz del amor sacrificial de Cristo por la Iglesia. La participación en la Eucaristía enriquece al matrimonio cristiano y viceversa, la vivencia fiel del matrimonio cristiano enriquece la participación en la Eucaristía. El matrimonio es una comunión de vida que, como la Eucaristía, usa el lenguaje del cuerpo para manifestar el don total de sí, (cf. Familiaris Consortio, 11, 13). El matrimonio, al igual que otros sacramentos, se nos da para la construcción del Cuerpo de Cristo y se nutre de la Eucaristía.

La vida religiosa: Los religiosos están llamados a vivir en una «comunión de un mismo espíritu», «A ejemplo de la primitiva Iglesia, en la cual la multitud de los creyentes eran un corazón y un alma, ha de mantenerse la vida común en la oración y en la comunión del mismo espíritu, nutrida por la doctrina evangélica, por la sagrada Liturgia y principalmente por la Eucaristía». (Perfectae Caritatis, 15).

La Eucaristía y la reconciliación: El pecado personal «comporta también una herida para la comunión eclesial, en la que estamos insertados por el Bautismo». (Sacramentum Caritatis, 20). «Quienes se acercan al sacramento de la penitencia obtienen de la Misericordia de Dios el perdón de la ofensa hecha a Él, y al mismo tiempo se reconcilian con la Iglesia, a la que hirieron pecando, y que colabora a su conversión con la caridad, con el ejemplo y las oraciones». (Lumen Gentium,11). En las palabras de la absolución, se recuerda al penitente que Dios Padre de Misericordia ha reconciliado consigo al mundo «por la muerte y resurrección de su Hijo».

Solidaridad cristiana: La Eucaristía, entendida en términos de comunión, es signo efectivo de la solidaridad cristiana, la cual promueve la adecuada participación. La solidaridad ve al otro como prójimo «para hacerlo partícipe, como nosotros, del banquete de la vida al que todos los hombres son igualmente invitados por Dios». (Sollicitudo Rei Socialis, 39). Bajo esta dirección uno puede ver cómo la Eucaristía sostiene algunos principios claves de la doctrina social de la Iglesia, como la «destinación universal de los bienes», «el derecho a la participación», «la prioridad del trabajo sobre el capital» y el «amor preferencial por los pobres».

El mundo del sufrimiento: Misterio curativo de Cristo, es un misterio que permite a los hombres que han sido marginados por enfermedades, participar una vez más en la vida de la comunidad. Esto permanece como un reto para la Iglesia tanto en un nivel social como pastoral. «Aunque el mundo del sufrimiento exista en la dispersión, al mismo tiempo contiene en sí un singular desafío a la comunión y la solidaridad». (Salvifici Doloris, 8). Muchos católicos son incapaces de estar físicamente en la celebración eucarística, sea por enfermedad o vejez. Es importante, para ellos y para la comunidad como un todo, que no sean excluidos de la comunión.

Comunión y ecumenismo: No sería posible celebrar verdaderamente nuestra comunión con Cristo en la mesa del cuerpo del Señor, sin ser conscientes de nuestra responsabilidad de buscar la comunión completa con los que «recibieron el bautismo debidamente, quedan constituidos en alguna comunión, aunque no sea perfecta, con la Iglesia católica». (Unitatis Redintegratio, 3).

Los fieles difuntos: La Eucaristía es el signo efectivo de nuestra comunión con los fieles difuntos. (cf. Sacramentum Caritatis 32). Los fieles difuntos no son solo gente que ya murió y por quienes debemos hacer luto “como hacen los paganos” (1 Tes. 4,13). Son personas que, porque fueron nutridas con la Eucaristía, vivirán para siempre. (Jn. 6)

La comunión de los santos: La Eucaristía es «una prenda de la gloria venidera» (Sacrosanctum Concilium, 47) a través de la cual tenemos vida eterna y somos atraídos a la comunión con los santos, que comparten el banquete celestial. (cf. Sacramentum Caritatis, 31). La Eucaristía es el memorial de la muerte y resurrección de Cristo. Como tal no mira simplemente atrás a un hecho histórico, sino también adelante, hacia el fin último de nuestra humanidad. Si el culto de los santos ha decaído en tiempos modernos, se debe, en parte, a la pérdida de vista de ese fin último, al cual está dirigida toda vida humana.

Como dice el Arzobispo de Dublín: «esperemos que la reunión de la Iglesia Universal en Dublín ayude a entender la Eucaristía como la verdadera y personal comunión con Jesucristo y descubrir la fisonomía esencialmente eucarística de la comunidad cristiana».

Autor: Federico Cortés