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Evangelio Gospel Evangelium Évangile Evangelie y en lengua de signos del Domingo de Ramos (5 de abril de 2020)

Publicado: 11/08/2019: 332287

El Evangelio del domingo en español, inglés, francés, neerlandés, alemán y lengua de signos española.

Ciclo A

Evangelio en lengua de signos española

Evangelio Mt 26,14-75.27,1-66

Uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes y les dijo: "¿Cuánto me darán si se lo entrego?". Y resolvieron darle treinta monedas de plata. 
Desde ese momento, Judas buscaba una ocasión favorable para entregarlo.
El primer día de los Acimos, los discípulos fueron a preguntar a Jesús: "¿Dónde quieres que te preparemos la comida pascual?".
El respondió: "Vayan a la ciudad, a la casa de tal persona, y díganle: 'El Maestro dice: Se acerca mi hora, voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos'".
Ellos hicieron como Jesús les había ordenado y prepararon la Pascua.
Al atardecer, estaba a la mesa con los Doce
y, mientras comían, Jesús les dijo: "Les aseguro que uno de ustedes me entregará".
Profundamente apenados, ellos empezaron a preguntarle uno por uno: "¿Seré yo, Señor?".
El respondió: "El que acaba de servirse de la misma fuente que yo, ese me va a entregar.
El Hijo del hombre se va, como está escrito de él, pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre será entregado: más le valdría no haber nacido!".
Judas, el que lo iba a entregar, le preguntó: "¿Seré yo, Maestro?". "Tú lo has dicho", le respondió Jesús.
Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: "Tomen y coman, esto es mi Cuerpo".
Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, diciendo: "Beban todos de ella,
porque esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos para la remisión de los pecados.
Les aseguro que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta el día en que beba con ustedes el vino nuevo en el Reino de mi Padre".
Después del canto de los Salmos, salieron hacia el monte de los Olivos.
Entonces Jesús les dijo: "Esta misma noche, ustedes se van a escandalizar a causa de mí. Porque dice la Escritura: Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas del rebaño.
Pero después que yo resucite, iré antes que ustedes a Galilea".
Pedro, tomando la palabra, le dijo: "Aunque todos se escandalicen por tu causa, yo no me escandalizaré jamás".
Jesús le respondió: "Te aseguro que esta misma noche, antes que cante el gallo, me habrás negado tres veces".
Pedro le dijo: "Aunque tenga que morir contigo, jamás te negaré". Y todos los discípulos dijeron lo mismo.
Cuando Jesús llegó con sus discípulos a una propiedad llamada Getsemaní, les dijo: "Quédense aquí, mientras yo voy allí a orar".
Y llevando con él a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a entristecerse y a angustiarse.
Entonces les dijo: "Mi alma siente una tristeza de muerte. Quédense aquí, velando conmigo".
Y adelantándose un poco, cayó con el rostro en tierra, orando así: "Padre mío, si es posible, que pase lejos de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya".
Después volvió junto a sus discípulos y los encontró durmiendo. Jesús dijo a Pedro: "¿Es posible que no hayan podido quedarse despiertos conmigo, ni siquiera una hora?
Estén prevenidos y oren para no caer en la tentación, porque el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil".
Se alejó por segunda vez y suplicó: "Padre mío, si no puede pasar este cáliz sin que yo lo beba, que se haga tu voluntad".
Al regresar los encontró otra vez durmiendo, porque sus ojos se cerraban de sueño.
Nuevamente se alejó de ellos y oró por tercera vez, repitiendo las mismas palabras.
Luego volvió junto a sus discípulos y les dijo: "Ahora pueden dormir y descansar: ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores.
¡Levántense! ¡Vamos! Ya se acerca el que me va a entregar".
Jesús estaba hablando todavía, cuando llegó Judas, uno de los Doce, acompañado de una multitud con espadas y palos, enviada por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo.
El traidor les había dado esta señal: "Es aquel a quien voy a besar. Deténganlo".
Inmediatamente se acercó a Jesús, diciéndole: "Salud, Maestro", y lo besó.
Jesús le dijo: "Amigo, ¡cumple tu cometido!". Entonces se abalanzaron sobre él y lo detuvieron.
Uno de los que estaban con Jesús sacó su espada e hirió al servidor del Sumo Sacerdote, cortándole la oreja.
Jesús le dijo: "Guarda tu espada, porque el que a hierro mata a hierro muere.
¿O piensas que no puedo recurrir a mi Padre? El pondría inmediatamente a mi disposición más de doce legiones de ángeles.
Pero entonces, ¿cómo se cumplirían las Escrituras, según las cuales debe suceder así?".
Y en ese momento dijo Jesús a la multitud: "¿Soy acaso un ladrón, para que salgan a arrestarme con espadas y palos? Todos los días me sentaba a enseñar en el Templo, y ustedes no me detuvieron".
Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que escribieron los profetas. Entonces todos los discípulos lo abandonaron y huyeron.
Los que habían arrestado a Jesús lo condujeron a la casa del Sumo Sacerdote Caifás, donde se habían reunido los escribas y los ancianos.
Pedro lo seguía de lejos hasta el palacio del Sumo Sacerdote; entró y se sentó con los servidores, para ver cómo terminaba todo.
Los sumos sacerdotes y todo el Sanedrín buscaban un falso testimonio contra Jesús para poder condenarlo a muerte;
pero no lo encontraron, a pesar de haberse presentado numerosos testigos falsos. Finalmente, se presentaron dos
que declararon: "Este hombre dijo: 'Yo puedo destruir el Templo de Dios y reconstruirlo en tres días'".
El Sumo Sacerdote, poniéndose de pie, dijo a Jesús: "¿No respondes nada? ¿Qué es lo que estos declaran contra ti?".
Pero Jesús callaba. El Sumo Sacerdote insistió: "Te conjuro por el Dios vivo a que me digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios".
Jesús le respondió: "Tú lo has dicho. Además, les aseguro que de ahora en adelante verán al Hijo del hombre sentarse a la derecha del Todopoderoso y venir sobre las nubes del cielo".
Entonces el Sumo Sacerdote rasgó sus vestiduras, diciendo: "Ha blasfemado, ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Ustedes acaban de oír la blasfemia.
¿Qué les parece?". Ellos respondieron: "Merece la muerte".
Luego lo escupieron en la cara y lo abofetearon. Otros lo golpeaban,
diciéndole: "Tú, que eres el Mesías, profetiza, dinos quién te golpeó".
Mientras tanto, Pedro estaba sentado afuera, en el patio. Una sirvienta se acercó y le dijo: "Tú también estabas con Jesús, el Galileo".
Pero él lo negó delante de todos, diciendo: "No sé lo que quieres decir".
Al retirarse hacia la puerta, lo vio otra sirvienta y dijo a los que estaban allí: "Este es uno de los que acompañaban a Jesús, el Nazareno".
Y nuevamente Pedro negó con juramento: "Yo no conozco a ese hombre".
Un poco más tarde, los que estaban allí se acercaron a Pedro y le dijeron: "Seguro que tú también eres uno de ellos; hasta tu acento te traiciona".
Entonces Pedro se puso a maldecir y a jurar que no conocía a ese hombre. En seguida cantó el gallo,
y Pedro recordó las palabras que Jesús había dicho: "Antes que cante el gallo, me negarás tres veces". Y saliendo, lloró amargamente.
Cuando amaneció, todos los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo deliberaron sobre la manera de hacer ejecutar a Jesús.
Después de haberlo atado, lo llevaron ante Pilato, el gobernador, y se lo entregaron.
Judas, el que lo entregó, viendo que Jesús había sido condenado, lleno de remordimiento, devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y a los ancianos,
diciendo: "He pecado, entregando sangre inocente". Ellos respondieron: "¿Qué nos importa? Es asunto tuyo".
Entonces él, arrojando las monedas en el Templo, salió y se ahorcó.
Los sumos sacerdotes, juntando el dinero, dijeron: "No está permitido ponerlo en el tesoro, porque es precio de sangre".
Después de deliberar, compraron con él un campo, llamado "del alfarero", para sepultar a los extranjeros.
Por esta razón se lo llama hasta el día de hoy "Campo de sangre".
Así se cumplió lo anunciado por el profeta Jeremías: Y ellos recogieron las treinta monedas de plata, cantidad en que fue tasado aquel a quien pusieron precio los israelitas.
Con el dinero se compró el "Campo del alfarero", como el Señor me lo había ordenado.
Jesús compareció ante el gobernador, y este le preguntó: "¿Tú eres el rey de los judíos?". El respondió: "Tú lo dices".
Al ser acusado por los sumos sacerdotes y los ancianos, no respondió nada.
Pilato le dijo: "¿No oyes todo lo que declaran contra ti?".
Jesús no respondió a ninguna de sus preguntas, y esto dejó muy admirado al gobernador.
En cada Fiesta, el gobernador acostumbraba a poner en libertad a un preso, a elección del pueblo.
Había entonces uno famoso, llamado Barrabás.
Pilato preguntó al pueblo que estaba reunido: "¿A quién quieren que ponga en libertad, a Barrabás o a Jesús, llamado el Mesías?".
El sabía bien que lo habían entregado por envidia.
Mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó decir: "No te mezcles en el asunto de ese justo, porque hoy, por su causa, tuve un sueño que me hizo sufrir mucho".
Mientras tanto, los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la multitud que pidiera la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús.
Tomando de nuevo la palabra, el gobernador les preguntó: "¿A cuál de los dos quieren que ponga en libertad?". Ellos respondieron: "A Barrabás".
Pilato continuó: "¿Y qué haré con Jesús, llamado el Mesías?". Todos respondieron: "¡Que sea crucificado!".
El insistió: "¿Qué mal ha hecho?". Pero ellos gritaban cada vez más fuerte: "¡Que sea crucificado!".
Al ver que no se llegaba a nada, sino que aumentaba el tumulto, Pilato hizo traer agua y se lavó las manos delante de la multitud, diciendo: "Yo soy inocente de esta sangre. Es asunto de ustedes".
Y todo el pueblo respondió: "Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos".
Entonces, Pilato puso en libertad a Barrabás; y a Jesús, después de haberlo hecho azotar, lo entregó para que fuera crucificado.
Los soldados del gobernador llevaron a Jesús al pretorio y reunieron a toda la guardia alrededor de él.
Entonces lo desvistieron y le pusieron un manto rojo.
Luego tejieron una corona de espinas y la colocaron sobre su cabeza, pusieron una caña en su mano derecha y, doblando la rodilla delante de él, se burlaban, diciendo: "Salud, rey de los judíos".
Y escupiéndolo, le quitaron la caña y con ella le golpeaban la cabeza.
Después de haberse burlado de él, le quitaron el manto, le pusieron de nuevo sus vestiduras y lo llevaron a crucificar.
Al salir, se encontraron con un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo obligaron a llevar la cruz.
Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota, que significa "lugar del Cráneo",
le dieron de beber vino con hiel. El lo probó, pero no quiso tomarlo.
Después de crucificarlo, los soldados sortearon sus vestiduras y se las repartieron;
y sentándose allí, se quedaron para custodiarlo.
Colocaron sobre su cabeza una inscripción con el motivo de su condena: "Este es Jesús, el rey de los judíos".
Al mismo tiempo, fueron crucificados con él dos ladrones, uno a su derecha y el otro a su izquierda.
Los que pasaban, lo insultaban y, moviendo la cabeza,
decían: "Tú, que destruyes el Templo y en tres días lo vuelves a edificar, ¡sálvate a ti mismo, si eres Hijo de Dios, y baja de la cruz!".
De la misma manera, los sumos sacerdotes, junto con los escribas y los ancianos, se burlaban, diciendo:
"¡Ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo! Es rey de Israel: que baje ahora de la cruz y creeremos en él.
Ha confiado en Dios; que él lo libre ahora si lo ama, ya que él dijo: "Yo soy Hijo de Dios".
También lo insultaban los ladrones crucificados con él.
Desde el mediodía hasta las tres de la tarde, las tinieblas cubrieron toda la región.
Hacia las tres de la tarde, Jesús exclamó en alta voz: "Elí, Elí, lemá sabactani", que significa: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?".
Algunos de los que se encontraban allí, al oírlo, dijeron: "Está llamando a Elías".
En seguida, uno de ellos corrió a tomar una esponja, la empapó en vinagre y, poniéndola en la punta de una caña, le dio de beber.
Pero los otros le decían: "Espera, veamos si Elías viene a salvarlo".
Entonces Jesús, clamando otra vez con voz potente, entregó su espíritu.
Inmediatamente, el velo del Templo se rasgó en dos, de arriba abajo, la tierra tembló, las rocas se partieron
y las tumbas se abrieron. Muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron
y, saliendo de las tumbas después que Jesús resucitó, entraron en la Ciudad santa y se aparecieron a mucha gente.
El centurión y los hombres que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y todo lo que pasaba, se llenaron de miedo y dijeron: "¡Verdaderamente, este era el Hijo de Dios!".
Había allí muchas mujeres que miraban de lejos: eran las mismas que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirlo.
Entre ellas estaban María Magdalena, María -la madre de Santiago y de José- y la madre de los hijos de Zebedeo.
Al atardecer, llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José, que también se había hecho discípulo de Jesús,
y fue a ver a Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús. Pilato ordenó que se lo entregaran.
Entonces José tomó el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia
y lo depositó en un sepulcro nuevo que se había hecho cavar en la roca. Después hizo rodar una gran piedra a la entrada del sepulcro, y se fue.
María Magdalena y la otra María estaban sentadas frente al sepulcro.
A la mañana siguiente, es decir, después del día de la Preparación, los sumos sacerdotes y los fariseos se reunieron y se presentaron ante Pilato,
diciéndole: "Señor, nosotros nos hemos acordado de que ese impostor, cuando aún vivía, dijo: 'A los tres días resucitaré'.
Ordena que el sepulcro sea custodiado hasta el tercer día, no sea que sus discípulos roben el cuerpo y luego digan al pueblo: '¡Ha resucitado!'. Este último engaño sería peor que el primero".
Pilato les respondió: "Ahí tienen la guardia, vayan y aseguren la vigilancia como lo crean conveniente".

Ellos fueron y aseguraron la vigilancia del sepulcro, sellando la piedra y dejando allí la guardia.

Gospel Mt 26,14-75.27,1-66

One of the Twelve, who was called Judas Iscariot, went to the chief priests and said, "What are you willing to give me if I hand him over to you?" They paid him thirty pieces of silver, and from that time on he looked for an opportunity to hand him over. On the first day of the Feast of Unleavened Bread, the disciples approached Jesus and said, "Where do you want us to prepare for you to eat the Passover?"
He said, "Go into the city to a certain man and tell him, 'The teacher says, "My appointed time draws near; in your house I shall celebrate the Passover with my disciples."'"
The disciples then did as Jesus had ordered, and prepared the Passover.
When it was evening, he reclined at table with the Twelve.
And while they were eating, he said, "Amen, I say to you, one of you will betray me."
Deeply distressed at this, they began to say to him one after another, "Surely it is not I, Lord?"
He said in reply, "He who has dipped his hand into the dish with me is the one who will betray me.
The Son of Man indeed goes, as it is written of him, but woe to that man by whom the Son of Man is betrayed. It would be better for that man if he had never been born."
Then Judas, his betrayer, said in reply, "Surely it is not I, Rabbi?" He answered, "You have said so."
While they were eating, Jesus took bread, said the blessing, broke it, and giving it to his disciples said, "Take and eat; this is my body."
Then he took a cup, gave thanks, and gave it to them, saying, "Drink from it, all of you,
for this is my blood of the covenant, which will be shed on behalf of many for the forgiveness of sins.
I tell you, from now on I shall not drink this fruit of the vine until the day when I drink it with you new in the kingdom of my Father."
Then, after singing a hymn, they went out to the Mount of Olives.
Then Jesus said to them, "This night all of you will have your faith in me shaken, for it is written: 'I will strike the shepherd, and the sheep of the flock will be dispersed';
but after I have been raised up, I shall go before you to Galilee."
Peter said to him in reply, "Though all may have their faith in you shaken, mine will never be."
Jesus said to him, "Amen, I say to you, this very night before the cock crows, you will deny me three times."
Peter said to him, "Even though I should have to die with you, I will not deny you." And all the disciples spoke likewise.
Then Jesus came with them to a place called Gethsemane, and he said to his disciples, "Sit here while I go over there and pray."
He took along Peter and the two sons of Zebedee, and began to feel sorrow and distress.
Then he said to them, "My soul is sorrowful even to death. Remain here and keep watch with me."
He advanced a little and fell prostrate in prayer, saying, "My Father, if it is possible, let this cup pass from me; yet, not as I will, but as you will."
When he returned to his disciples he found them asleep. He said to Peter, "So you could not keep watch with me for one hour?
Watch and pray that you may not undergo the test. The spirit is willing, but the flesh is weak."
Withdrawing a second time, he prayed again, "My Father, if it is not possible that this cup pass without my drinking it, your will be done!"
Then he returned once more and found them asleep, for they could not keep their eyes open.
He left them and withdrew again and prayed a third time, saying the same thing again.
Then he returned to his disciples and said to them, "Are you still sleeping and taking your rest? Behold, the hour is at hand when the Son of Man is to be handed over to sinners.
Get up, let us go. Look, my betrayer is at hand."
While he was still speaking, Judas, one of the Twelve, arrived, accompanied by a large crowd, with swords and clubs, who had come from the chief priests and the elders of the people.
His betrayer had arranged a sign with them, saying, "The man I shall kiss is the one; arrest him."
Immediately he went over to Jesus and said, "Hail, Rabbi!" and he kissed him.
Jesus answered him, "Friend, do what you have come for." Then stepping forward they laid hands on Jesus and arrested him.
And behold, one of those who accompanied Jesus put his hand to his sword, drew it, and struck the high priest's servant, cutting off his ear.
Then Jesus said to him, "Put your sword back into its sheath, for all who take the sword will perish by the sword.
Do you think that I cannot call upon my Father and he will not provide me at this moment with more than twelve legions of angels?
But then how would the scriptures be fulfilled which say that it must come to pass in this way?"
At that hour Jesus said to the crowds, "Have you come out as against a robber, with swords and clubs to seize me? Day after day I sat teaching in the temple area, yet you did not arrest me.
But all this has come to pass that the writings of the prophets may be fulfilled." Then all the disciples left him and fled.
Those who had arrested Jesus led him away to Caiaphas the high priest, where the scribes and the elders were assembled.
Peter was following him at a distance as far as the high priest's courtyard, and going inside he sat down with the servants to see the outcome.
The chief priests and the entire Sanhedrin kept trying to obtain false testimony against Jesus in order to put him to death,
but they found none, though many false witnesses came forward. Finally two came forward
who stated, "This man said, 'I can destroy the temple of God and within three days rebuild it.'"
The high priest rose and addressed him, "Have you no answer? What are these men testifying against you?"
But Jesus was silent. Then the high priest said to him, "I order you to tell us under oath before the living God whether you are the Messiah, the Son of God."
Jesus said to him in reply, "You have said so. But I tell you: From now on you will see 'the Son of Man seated at the right hand of the Power' and 'coming on the clouds of heaven.'"
Then the high priest tore his robes and said, "He has blasphemed! What further need have we of witnesses? You have now heard the blasphemy;
what is your opinion?" They said in reply, "He deserves to die!"
Then they spat in his face and struck him, while some slapped him,
saying, "Prophesy for us, Messiah: who is it that struck you?"
Now Peter was sitting outside in the courtyard. One of the maids came over to him and said, "You too were with Jesus the Galilean."
But he denied it in front of everyone, saying, "I do not know what you are talking about!"
As he went out to the gate, another girl saw him and said to those who were there, "This man was with Jesus the Nazorean."
Again he denied it with an oath, "I do not know the man!"
A little later the bystanders came over and said to Peter, "Surely you too are one of them; even your speech gives you away."
At that he began to curse and to swear, "I do not know the man." And immediately a cock crowed.
Then Peter remembered the word that Jesus had spoken: "Before the cock crows you will deny me three times." He went out and began to weep bitterly.
When it was morning, all the chief priests and the elders of the people took counsel against Jesus to put him to death.
They bound him, led him away, and handed him over to Pilate, the governor.
Then Judas, his betrayer, seeing that Jesus had been condemned, deeply regretted what he had done. He returned the thirty pieces of silver to the chief priests and elders,
saying, "I have sinned in betraying innocent blood." They said, "What is that to us? Look to it yourself."
Flinging the money into the temple, he departed and went off and hanged himself.
The chief priests gathered up the money, but said, "It is not lawful to deposit this in the temple treasury, for it is the price of blood."
After consultation, they used it to buy the potter's field as a burial place for foreigners.
That is why that field even today is called the Field of Blood.
Then was fulfilled what had been said through Jeremiah the prophet, "And they took the thirty pieces of silver, the value of a man with a price on his head, a price set by some of the Israelites,
and they paid it out for the potter's field just as the Lord had commanded me."
Now Jesus stood before the governor, and he questioned him, "Are you the king of the Jews?" Jesus said, "You say so."
And when he was accused by the chief priests and elders, he made no answer.
Then Pilate said to him, "Do you not hear how many things they are testifying against you?"
But he did not answer him one word, so that the governor was greatly amazed.
Now on the occasion of the feast the governor was accustomed to release to the crowd one prisoner whom they wished.
And at that time they had a notorious prisoner called (Jesus) Barabbas.
So when they had assembled, Pilate said to them, "Which one do you want me to release to you, (Jesus) Barabbas, or Jesus called Messiah?"
For he knew that it was out of envy that they had handed him over.
While he was still seated on the bench, his wife sent him a message, "Have nothing to do with that righteous man. I suffered much in a dream today because of him."
The chief priests and the elders persuaded the crowds to ask for Barabbas but to destroy Jesus.
The governor said to them in reply, "Which of the two do you want me to release to you?" They answered, "Barabbas!"
Pilate said to them, "Then what shall I do with Jesus called Messiah?" They all said, "Let him be crucified!"
But he said, "Why? What evil has he done?" They only shouted the louder, "Let him be crucified!"
When Pilate saw that he was not succeeding at all, but that a riot was breaking out instead, he took water and washed his hands in the sight of the crowd, saying, "I am innocent of this man's blood. Look to it yourselves."
And the whole people said in reply, "His blood be upon us and upon our children."
Then he released Barabbas to them, but after he had Jesus scourged, he handed him over to be crucified.
Then the soldiers of the governor took Jesus inside the praetorium and gathered the whole cohort around him.
They stripped off his clothes and threw a scarlet military cloak about him.
Weaving a crown out of thorns, they placed it on his head, and a reed in his right hand. And kneeling before him, they mocked him, saying, "Hail, King of the Jews!"
They spat upon him and took the reed and kept striking him on the head.
And when they had mocked him, they stripped him of the cloak, dressed him in his own clothes, and led him off to crucify him.
As they were going out, they met a Cyrenian named Simon; this man they pressed into service to carry his cross.
And when they came to a place called Golgotha (which means Place of the Skull),
they gave Jesus wine to drink mixed with gall. But when he had tasted it, he refused to drink.
After they had crucified him, they divided his garments by casting lots;
then they sat down and kept watch over him there.
And they placed over his head the written charge against him: This is Jesus, the King of the Jews.
Two revolutionaries were crucified with him, one on his right and the other on his left.
Those passing by reviled him, shaking their heads
and saying, "You who would destroy the temple and rebuild it in three days, save yourself, if you are the Son of God, (and) come down from the cross!"
Likewise the chief priests with the scribes and elders mocked him and said,
He saved others; he cannot save himself. So he is the king of Israel! Let him come down from the cross now, and we will believe in him.
He trusted in God; let him deliver him now if he wants him. For he said, 'I am the Son of God.'"
The revolutionaries who were crucified with him also kept abusing him in the same way.
From noon onward, darkness came over the whole land until three in the afternoon.
And about three o'clock Jesus cried out in a loud voice, "Eli, Eli, lema sabachthani?" which means, "My God, my God, why have you forsaken me?"
Some of the bystanders who heard it said, "This one is calling for Elijah."
Immediately one of them ran to get a sponge; he soaked it in wine, and putting it on a reed, gave it to him to drink.
But the rest said, "Wait, let us see if Elijah comes to save him."
But Jesus cried out again in a loud voice, and gave up his spirit.
And behold, the veil of the sanctuary was torn in two from top to bottom. The earth quaked, rocks were split,
tombs were opened, and the bodies of many saints who had fallen asleep were raised.
And coming forth from their tombs after his resurrection, they entered the holy city and appeared to many.
The centurion and the men with him who were keeping watch over Jesus feared greatly when they saw the earthquake and all that was happening, and they said, "Truly, this was the Son of God!"
There were many women there, looking on from a distance, who had followed Jesus from Galilee, ministering to him.
Among them were Mary Magdalene and Mary the mother of James and Joseph, and the mother of the sons of Zebedee.
When it was evening, there came a rich man from Arimathea named Joseph, who was himself a disciple of Jesus.
He went to Pilate and asked for the body of Jesus; then Pilate ordered it to be handed over.
Taking the body, Joseph wrapped it (in) clean linen
and laid it in his new tomb that he had hewn in the rock. Then he rolled a huge stone across the entrance to the tomb and departed.
But Mary Magdalene and the other Mary remained sitting there, facing the tomb.
The next day, the one following the day of preparation, the chief priests and the Pharisees gathered before Pilate
and said, "Sir, we remember that this impostor while still alive said, 'After three days I will be raised up.'
Give orders, then, that the grave be secured until the third day, lest his disciples come and steal him and say to the people, 'He has been raised from the dead.' This last imposture would be worse than the first."
Pilate said to them, "The guard is yours; go secure it as best you can."
So they went and secured the tomb by fixing a seal to the stone and setting the guard.

Évangile Mt 26,14-75.27,1-66

En ce temps-là, l’un des Douze, nommé Judas Iscariote, se rendit chez les grands prêtres
et leur dit : « Que voulez-vous me donner, si je vous le livre ? » Ils lui remirent trente pièces d’argent.
Et depuis, Judas cherchait une occasion favorable pour le livrer.
Le premier jour de la fête des pains sans levain, les disciples s’approchèrent et dirent à Jésus : « Où veux-tu que nous te fassions les préparatifs pour manger la Pâque ? »
Il leur dit : « Allez à la ville, chez un tel, et dites-lui : “Le Maître te fait dire : Mon temps est proche ; c’est chez toi que je veux célébrer la Pâque avec mes disciples.” »
Les disciples firent ce que Jésus leur avait prescrit et ils préparèrent la Pâque.
Le soir venu, Jésus se trouvait à table avec les Douze.
Pendant le repas, il déclara : « Amen, je vous le dis : l’un de vous va me livrer. »
Profondément attristés, ils se mirent à lui demander, chacun son tour : « Serait-ce moi, Seigneur ? »
Prenant la parole, il dit : « Celui qui s’est servi au plat en même temps que moi, celui-là va me livrer.
Le Fils de l’homme s’en va, comme il est écrit à son sujet ; mais malheureux celui par qui le Fils de l’homme est livré ! Il vaudrait mieux pour lui qu’il ne soit pas né, cet homme-là ! »
Judas, celui qui le livrait, prit la parole : « Rabbi, serait-ce moi ? » Jésus lui répond : « C’est toi-même qui l’as dit ! »
Pendant le repas, Jésus, ayant pris du pain et prononcé la bénédiction, le rompit et, le donnant aux disciples, il dit : « Prenez, mangez : ceci est mon corps. »
Puis, ayant pris une coupe et ayant rendu grâce, il la leur donna, en disant : « Buvez-en tous,
car ceci est mon sang, le sang de l’Alliance, versé pour la multitude en rémission des péchés.
Je vous le dis : désormais je ne boirai plus de ce fruit de la vigne, jusqu’au jour où je le boirai, nouveau, avec vous dans le royaume de mon Père. »
Après avoir chanté les psaumes, ils partirent pour le mont des Oliviers.
Alors Jésus leur dit : « Cette nuit, je serai pour vous tous une occasion de chute ; car il est écrit : ‘Je frapperai le berger, et les brebis du troupeau seront dispersées.’
Mais, une fois ressuscité, je vous précéderai en Galilée. »
Prenant la parole, Pierre lui dit : « Si tous viennent à tomber à cause de toi, moi, je ne tomberai jamais. »
Jésus lui répondit : « Amen, je te le dis : cette nuit même, avant que le coq chante, tu m’auras renié trois fois. »
Pierre lui dit : « Même si je dois mourir avec toi, je ne te renierai pas. » Et tous les disciples dirent de même.
Alors Jésus parvient avec eux à un domaine appelé Gethsémani et leur dit : « Asseyez-vous ici, pendant que je vais là-bas pour prier. »
Il emmena Pierre, ainsi que Jacques et Jean, les deux fils de Zébédée, et il commença à ressentir tristesse et angoisse.
Il leur dit alors : « Mon âme est triste à en mourir. Restez ici et veillez avec moi. »
Allant un peu plus loin, il tomba face contre terre en priant, et il disait : « Mon Père, s’il est possible, que cette coupe passe loin de moi ! Cependant, non pas comme moi, je veux, mais comme toi, tu veux. »
Puis il revient vers ses disciples et les trouve endormis ; il dit à Pierre : « Ainsi, vous n’avez pas eu la force de veiller seulement une heure avec moi ?
Veillez et priez, pour ne pas entrer en tentation ; l’esprit est ardent, mais la chair est faible. »
De nouveau, il s’éloigna et pria, pour la deuxième fois ; il disait : « Mon Père, si cette coupe ne peut passer sans que je la boive, que ta volonté soit faite ! »
Revenu près des disciples, de nouveau il les trouva endormis, car leurs yeux étaient lourds de sommeil.
Les laissant, de nouveau il s’éloigna et pria pour la troisième fois, en répétant les mêmes paroles.
Alors il revient vers les disciples et leur dit : « Désormais, vous pouvez dormir et vous reposer. Voici qu’elle est proche, l’heure où le Fils de l’homme est livré aux mains des pécheurs.
Levez-vous ! Allons ! Voici qu’il est proche, celui qui me livre. »
Jésus parlait encore, lorsque Judas, l’un des Douze, arriva, et avec lui une grande foule armée d’épées et de bâtons, envoyée par les grands prêtres et les anciens du peuple.
Celui qui le livrait leur avait donné un signe : « Celui que j’embrasserai, c’est lui : arrêtez-le. »
Aussitôt, s’approchant de Jésus, il lui dit : « Salut, Rabbi ! » Et il l’embrassa.
Jésus lui dit : « Mon ami, ce que tu es venu faire, fais-le ! » Alors ils s’approchèrent, mirent la main sur Jésus et l’arrêtèrent.
L’un de ceux qui étaient avec Jésus, portant la main à son épée, la tira, frappa le serviteur du grand prêtre, et lui trancha l’oreille.
Alors Jésus lui dit : « Rentre ton épée, car tous ceux qui prennent l’épée périront par l’épée.
Crois-tu que je ne puisse pas faire appel à mon Père ? Il mettrait aussitôt à ma disposition plus de douze légions d’anges.
Mais alors, comment s’accompliraient les Écritures selon lesquelles il faut qu’il en soit ainsi ? »
À ce moment-là, Jésus dit aux foules : « Suis-je donc un bandit, pour que vous soyez venus vous saisir de moi, avec des épées et des bâtons ? Chaque jour, dans le Temple, j’étais assis en train d’enseigner, et vous ne m’avez pas arrêté. »
Mais tout cela est arrivé pour que s’accomplissent les écrits des prophètes. Alors tous les disciples l’abandonnèrent et s’enfuirent.
Ceux qui avaient arrêté Jésus l’amenèrent devant Caïphe, le grand prêtre, chez qui s’étaient réunis les scribes et les anciens.
Quant à Pierre, il le suivait à distance, jusqu’au palais du grand prêtre ; il entra dans la cour et s’assit avec les serviteurs pour voir comment cela finirait.
Les grands prêtres et tout le Conseil suprême cherchaient un faux témoignage contre Jésus pour le faire mettre à mort.
Ils n’en trouvèrent pas ; pourtant beaucoup de faux témoins s’étaient présentés. Finalement il s’en présenta deux,
qui déclarèrent : « Celui-là a dit : “Je peux détruire le Sanctuaire de Dieu et, en trois jours, le rebâtir.” »
Alors le grand prêtre se leva et lui dit : « Tu ne réponds rien ? Que dis-tu des témoignages qu’ils portent contre toi ? »
Mais Jésus gardait le silence. Le grand prêtre lui dit : « Je t’adjure, par le Dieu vivant, de nous dire si c’est toi qui es le Christ, le Fils de Dieu. »
Jésus lui répond : « C’est toi-même qui l’as dit ! En tout cas, je vous le déclare : désormais vous verrez le Fils de l’homme siéger à la droite du Tout-Puissant et venir sur les nuées du ciel. »
Alors le grand prêtre déchira ses vêtements, en disant : « Il a blasphémé ! Pourquoi nous faut-il encore des témoins ? Vous venez d’entendre le blasphème !
Quel est votre avis ? » Ils répondirent : « Il mérite la mort. »
Alors ils lui crachèrent au visage et le giflèrent ; d’autres le rouèrent de coups
en disant : « Fais-nous le prophète, ô Christ ! Qui t’a frappé ? »
Cependant Pierre était assis dehors dans la cour. Une jeune servante s’approcha de lui et lui dit : « Toi aussi, tu étais avec Jésus, le Galiléen ! »
Mais il le nia devant tout le monde et dit : « Je ne sais pas de quoi tu parles. »
Une autre servante le vit sortir en direction du portail et elle dit à ceux qui étaient là : « Celui-ci était avec Jésus, le Nazaréen. »
De nouveau, Pierre le nia en faisant ce serment : « Je ne connais pas cet homme. »
Peu après, ceux qui se tenaient là s’approchèrent et dirent à Pierre : « Sûrement, toi aussi, tu es l’un d’entre eux ! D’ailleurs, ta façon de parler te trahit. »
Alors, il se mit à protester violemment et à jurer : « Je ne connais pas cet homme. » Et aussitôt un coq chanta.
Alors Pierre se souvint de la parole que Jésus lui avait dite : « Avant que le coq chante, tu m’auras renié trois fois. » Il sortit et, dehors, pleura amèrement.
Le matin venu, tous les grands prêtres et les anciens du peuple tinrent conseil contre Jésus pour le faire mettre à mort.
Après l’avoir ligoté, ils l’emmenèrent et le livrèrent à Pilate, le gouverneur.
Alors, en voyant que Jésus était condamné, Judas, qui l’avait livré, fut pris de remords ; il rendit les trente pièces d’argent aux grands prêtres et aux anciens.
Il leur dit : « J’ai péché en livrant à la mort un innocent. » Ils répliquèrent : « Que nous importe ? Cela te regarde ! »
Jetant alors les pièces d’argent dans le Temple, il se retira et alla se pendre.
Les grands prêtres ramassèrent l’argent et dirent : « Il n’est pas permis de le verser dans le trésor, puisque c’est le prix du sang. »
Après avoir tenu conseil, ils achetèrent avec cette somme le champ du potier pour y enterrer les étrangers.
Voilà pourquoi ce champ est appelé jusqu’à ce jour le Champ-du-Sang.
Alors fut accomplie la parole prononcée par le prophète Jérémie : ‘Ils ramassèrent les trente pièces d’argent, le prix de celui qui fut mis à prix, le prix fixé par les fils d’Israël,
et ils les donnèrent pour le champ du potier, comme le Seigneur me l’avait ordonné.’
On fit comparaître Jésus devant Pilate, le gouverneur, qui l’interrogea : « Es-tu le roi des Juifs ? » Jésus déclara : « C’est toi-même qui le dis. »
Mais, tandis que les grands prêtres et les anciens l’accusaient, il ne répondit rien.
Alors Pilate lui dit : « Tu n’entends pas tous les témoignages portés contre toi ? »
Mais Jésus ne lui répondit plus un mot, si bien que le gouverneur fut très étonné.
Or, à chaque fête, celui-ci avait coutume de relâcher un prisonnier, celui que la foule demandait.
Il y avait alors un prisonnier bien connu, nommé Barabbas.
Les foules s’étant donc rassemblées, Pilate leur dit : « Qui voulez-vous que je vous relâche : Barabbas ? ou Jésus, appelé le Christ ? »
Il savait en effet que c’était par jalousie qu’on avait livré Jésus.
Tandis qu’il siégeait au tribunal, sa femme lui fit dire : « Ne te mêle pas de l’affaire de ce juste, car aujourd’hui j’ai beaucoup souffert en songe à cause de lui. »
Les grands prêtres et les anciens poussèrent les foules à réclamer Barabbas et à faire périr Jésus.
Le gouverneur reprit : « Lequel des deux voulez-vous que je vous relâche ? » Ils répondirent : « Barabbas ! »
Pilate leur dit : « Que ferai-je donc de Jésus appelé le Christ ? » Ils répondirent tous : « Qu’il soit crucifié ! »
Pilate demanda : « Quel mal a-t-il donc fait ? » Ils criaient encore plus fort : « Qu’il soit crucifié ! »
Pilate, voyant que ses efforts ne servaient à rien, sinon à augmenter le tumulte, prit de l’eau et se lava les mains devant la foule, en disant : « Je suis innocent du sang de cet homme : cela vous regarde ! »
Tout le peuple répondit : « Son sang, qu’il soit sur nous et sur nos enfants ! »
Alors, il leur relâcha Barabbas ; quant à Jésus, il le fit flageller, et il le livra pour qu’il soit crucifié.
Alors les soldats du gouverneur emmenèrent Jésus dans la salle du Prétoire et rassemblèrent autour de lui toute la garde.
Ils lui enlevèrent ses vêtements et le couvrirent d’un manteau rouge.
Puis, avec des épines, ils tressèrent une couronne, et la posèrent sur sa tête ; ils lui mirent un roseau dans la main droite et, pour se moquer de lui, ils s’agenouillaient devant lui en disant : « Salut, roi des Juifs ! »
Et, après avoir craché sur lui, ils prirent le roseau, et ils le frappaient à la tête.
Quand ils se furent bien moqués de lui, ils lui enlevèrent le manteau, lui remirent ses vêtements, et l’emmenèrent pour le crucifier.
En sortant, ils trouvèrent un nommé Simon, originaire de Cyrène, et ils le réquisitionnèrent pour porter la croix de Jésus.
Arrivés en un lieu dit Golgotha, c’est-à-dire : Lieu-du-Crâne (ou Calvaire),
ils donnèrent à boire à Jésus du vin mêlé de fiel ; il en goûta, mais ne voulut pas boire.
Après l’avoir crucifié, ils se partagèrent ses vêtements en tirant au sort ;
et ils restaient là, assis, à le garder.
Au-dessus de sa tête ils placèrent une inscription indiquant le motif de sa condamnation : « Celui-ci est Jésus, le roi des Juifs. »
Alors on crucifia avec lui deux bandits, l’un à droite et l’autre à gauche.
Les passants l’injuriaient en hochant la tête ;
ils disaient : « Toi qui détruis le Sanctuaire et le rebâtis en trois jours, sauve-toi toi-même, si tu es Fils de Dieu, et descends de la croix ! »
De même, les grands prêtres se moquaient de lui avec les scribes et les anciens, en disant :
« Il en a sauvé d’autres, et il ne peut pas se sauver lui-même ! Il est roi d’Israël : qu’il descende maintenant de la croix, et nous croirons en lui !
Il a mis sa confiance en Dieu. Que Dieu le délivre maintenant, s’il l’aime ! Car il a dit : “Je suis Fils de Dieu.” »
Les bandits crucifiés avec lui l’insultaient de la même manière.
À partir de la sixième heure (c’est-à-dire : midi), l’obscurité se fit sur toute la terre jusqu’à la neuvième heure.
Vers la neuvième heure, Jésus cria d’une voix forte : « Éli, Éli, lema sabactani ? », ce qui veut dire : « Mon Dieu, mon Dieu, pourquoi m’as-tu abandonné ? »
L’ayant entendu, quelques-uns de ceux qui étaient là disaient : « Le voilà qui appelle le prophète Élie ! »
Aussitôt l’un d’eux courut prendre une éponge qu’il trempa dans une boisson vinaigrée ; il la mit au bout d’un roseau, et il lui donnait à boire.
Les autres disaient : « Attends ! Nous verrons bien si Élie vient le sauver. »
Mais Jésus, poussant de nouveau un grand cri, rendit l’esprit.
Et voici que le rideau du Sanctuaire se déchira en deux, depuis le haut jusqu’en bas ; la terre trembla et les rochers se fendirent.
Les tombeaux s’ouvrirent ; les corps de nombreux saints qui étaient morts ressuscitèrent,
et, sortant des tombeaux après la résurrection de Jésus, ils entrèrent dans la Ville sainte, et se montrèrent à un grand nombre de gens.
À la vue du tremblement de terre et de ces événements, le centurion et ceux qui, avec lui, gardaient Jésus, furent saisis d’une grande crainte et dirent : « Vraiment, celui-ci était Fils de Dieu ! »
Il y avait là de nombreuses femmes qui observaient de loin. Elles avaient suivi Jésus depuis la Galilée pour le servir.
Parmi elles se trouvaient Marie Madeleine, Marie, mère de Jacques et de Joseph, et la mère des fils de Zébédée.
Comme il se faisait tard, arriva un homme riche, originaire d’Arimathie, qui s’appelait Joseph, et qui était devenu, lui aussi, disciple de Jésus.
Il alla trouver Pilate pour demander le corps de Jésus. Alors Pilate ordonna qu’on le lui remette.
Prenant le corps, Joseph l’enveloppa dans un linceul immaculé,
et le déposa dans le tombeau neuf qu’il s’était fait creuser dans le roc. Puis il roula une grande pierre à l’entrée du tombeau et s’en alla.
Or Marie Madeleine et l’autre Marie étaient là, assises en face du sépulcre.
Le lendemain, après le jour de la Préparation, les grands prêtres et les pharisiens s’assemblèrent chez Pilate,
en disant : « Seigneur, nous nous sommes rappelé que cet imposteur a dit, de son vivant : “Trois jours après, je ressusciterai.”
Alors, donne l’ordre que le sépulcre soit surveillé jusqu’au troisième jour, de peur que ses disciples ne viennent voler le corps et ne disent au peuple : “Il est ressuscité d’entre les morts.” Cette dernière imposture serait pire que la première. »
Pilate leur déclara : « Vous avez une garde. Allez, organisez la surveillance comme vous l’entendez ! »

Ils partirent donc et assurèrent la surveillance du sépulcre en mettant les scellés sur la pierre et en y plaçant la garde.
 
Evangelie Mt 26,14-75.27,1-66

In die tijd ging een van de twaalf, Judas Iskariot geheten, naar de hoge­priester
en zei: 'Wat wilt ge mij geven als ik Hem u in handen speel?' Zij betaalden hem dertig zilverlingen uit.
En van toen af zocht hij een gunstige gelegen­heid om Hem over te leveren.
Op de eerste dag van het ongedesemde brood kwamen de leerlin­gen Jezus vragen: 'Waar wilt Gij dat wij het paasmaal voor U gereed maken?'
Hij antwoordde: 'Gaat naar de stad en zegt aan die en die: De Meester laat weten: Mijn uur is nabij; bij u wil Ik met mijn leerlingen het paasmaal hou­den.'
De leerlingen deden zoals Jezus hun had opgedra­gen en maakten het paasmaal gereed.
Toen de avond gevallen was, lag Hij met de twaalf leerlingen aan.
Onder de maaltijd sprak Hij: 'Voor­waar, Ik zeg u: een van u zal Mij overleveren.'
Smartelijk getroffen begon de een na de ander Hem te vragen: 'Ik ben het toch niet, Heer?'
Hij antwoordde: 'Die met Mij zijn hand in de schotel steekt, zal Mij overleveren.
Wel gaat de Mensenzoon heen, zoals van Hem geschreven staat, maar wee de mens door wie de Mensenzoon wordt overgeleverd! Het zou beter voor hem zijn als hij niet geboren was, die mens!'
Judas, zijn verrader, nam ook het woord en zei: 'Ik ben het toch niet, Rabbi?' Hij antwoordde hem: 'Gij zegt het.'
Onder de maaltijd nam Jezus brood, sprak de zegen uit, brak het en gaf het aan zijn leerlingen met de woor­den: 'Neemt, eet; dit is mijn Lichaam.'
Daarna nam Hij de beker en na het spreken van het dankgebed reikte Hij hun die toe met de woor­den: 'Drinkt allen hieruit.
Want dit is mijn Bloed van het Ver­bond, dat voor velen vergoten wordt tot vergeving van zonden.
Maar Ik zeg u: van nu af zal Ik niet meer drinken van wat de wijnstok voortbrengt tot op de dag waarop Ik met u, nieuw, zal drinken in het Koninkrijk van mijn Vader.'
Nadat zij de lofzang gezongen hadden, gingen zij naar de Olijfberg.
Toen sprak Jezus tot hen: 'In deze nacht zult ge allen aanstoot aan Mij nemen. Want er staat ge­schreven: Ik zal de herder slaan en de schapen van de kudde zullen verstrooid worden.
Maar na mijn verrijze­nis zal ik u voorgaan naar Galilea.'
Toen zei Petrus: 'Al zouden allen aanstoot aan U nemen, ik nooit.'
Jezus zeide: 'Voorwaar, Ik zeg u: nog deze nacht voor het kraaien van de haan, zult gij Mij driemaal verloo­chenen.'
Petrus antwoorde hem: 'Al moest ik met U sterven, in geen geval zal ik U verlooche­nen.' In diezelfde geest spraken ook al de leerlingen.
Toen Jezus met hen aan een landgoed kwam dat Getsemane heette, sprak Hij tot zijn leerlingen: 'Blijft hier zitten, terwijl Ik ginds ga bidden.'
Pe­trus en de twee zonen van Zebedeus nam Hij echter met zich mee. Hij begon bedroefd en beangst te worden.
Toen sprak Hij tot hen: 'Ik ben bedroefd tot stervens toe. Blijft hier en waakt met Mij.'
Nadat Hij een weinig verder was gegaan, wierp Hij zich plat ter aarde en bad: 'Mijn Vader, als het mogelijk is, laat deze beker Mij voorbijgaan. Maar toch: niet zoals Ik wil, maar zoals Gij wilt.'
Toen ging hij naar zijn leerlingen en vond hen in slaap; en Hij sprak tot Petrus: 'Ging het dan uw krachten te boven een uur met Mij te waken?
Waakt en bidt, dat gij niet op de bekoring ingaat. De geest is wel gewillig, maar het vlees is zwak.'
Hij verwijderde zich voor de tweede keer en weer bad Hij: 'Vader, als het niet mogelijk is dat die beker voorbijgaat zonder dat Ik hem drink: dat dan uw wil geschiede.'
En terugge­komen vond Hij hen weer in slaap, want hun oogleden waren zwaar.
Hij liet hen met rust, ging weer heen en bad voor de derde maal, nogmaals met dezelfde woorden.
Daarna ging Hij naar zijn leerlingen en sprak tot hen: 'Slaapt dan maar door en rust uit! Nu is het uur gekomen, waarop de Mensenzoon wordt overgeleverd in de handen van zondaars.
Staat op, laten we gaan; mijn verrader is nabij.'
Hij was nog niet uitgesproken, of daar kwam Judas, een van de twaalf, vergezeld van een grote bende met zwaarden en knuppels, gestuurd door de hogepriesters en de oudsten van het volk.
Zijn verrader had een teken met hen afgesproken door te zeggen: 'Die ik zal kussen, Hij is het; grijpt Hem.'
Hij ging recht op Jezus af en zei: 'Gegroet Rabbi', en hij kuste Hem.
Jezus sprak tot hem: 'Vriend, zijt ge daarvoor hier?' Toen kwamen zij naar voren, grepen Jezus vast en maakten zich van Hem meester.
Maar een van Jezus'‘‘‘ gezellen greep naar zijn zwaard, trok het en sloeg met een houw de knecht van de hogepriester het oor af.
Toen sprak Jezus tot hem: 'Steek uw zwaard weer op zijn plaats. Want allen die naar het zwaard grijpen, zullen door het zwaard omkomen.
Of meent ge soms dat Ik niet de hulp van mijn Vader kan inroepen, die Mij dan aanstonds meer dan twaalf legioenen engelen ter beschik­king zou stellen?
Maar hoe zouden dan de Schriften in vervulling gaan, die zeggen dat het zo gebeuren moet?'
Nu richtte Jezus zich tot de bende: 'Als tegen een rover zijt ge uitgetrok­ken met zwaarden en knuppels om Mij gevangen te nemen. Dagelijks zat Ik in de tempel te onderrichten, en toch hebt ge Mij niet gegrepen.
Maar dit alles is geschied, opdat de Schriften van de profeten in vervulling zouden gaan.' Toen lieten alle leerlingen Hem in de steek en namen de vlucht.
Nu zij Jezus in hun macht hadden, voerden zij Hem naar de hogepriester Kajafas, waar de schriftgeleerden en de oudsten bijeengekomen waren.
Petrus bleef Hem op een afstand volgen tot aan het paleis van de hogepries­ter; hij ging naar binnen en zette zich neer bij het dienstvolk om te zien hoe het af zou lopen.
De hoge­priester en het hele Sanhedrin zochten naar een schijnge­tui­genis tegen Jezus om hem ter dood te brengen.
Maar ze vonden er geen, ofschoon er vele valse getuigen optraden. Ten slotte echter kwamen er twee verklaren:
'Die man daar heeft beweerd: Ik kan de tempel van God afbreken en in drie dagen weer opbouwen.'
Toen stond de hogepriester op en sprak tot Hem: 'Geeft Ge geen ant­woord? Wat getuigen deze mensen tegen U?'
Maar Jezus bleef zwijgen. Toen sprak de hogepriester tot Hem: 'Ik bezweer U bij de levende God ons te zeggen of Gij de Christus zijt, de Zoon van God.'
Jezus gaf hem ten antwoord: 'Gij zegt het. Maar Ik zeg U: vanaf nu zult ge de Mensenzoon zien zitten aan de rechter­hand van de Macht en komen op de wolken des hemels.'
Toen scheurde de hogepriester zijn kleed en riep uit: 'Hij heeft God gelas­terd; waartoe hebben wij nog getuigen nodig? Gij hebt nu toch de godslastering gehoord!
Wat denkt gij daar­van?' Zij antwoordden: 'Hij verdient de doodstraf.'
Daarop spuwden zij Hem in het gezicht en sloegen Hem met de vuist; anderen sloegen Hem met een stok,
terwijl ze zeiden: 'Wees nu eens voor ons profeet, Messias: wie is het die U geslagen heeft?'
Intussen zat Petrus op de open binnenplaats. Hier trad een dienst­meisje op hem toe en zei: 'Jij was ook bij Jezus de Galileeër.'
Maar hij ontkende het waar allen bij waren en zei: 'Ik weet niet wat je bedoelt.'
Hierna ging hij naar het poortge­bouw, maar een ander dienstmeisje merkte hem op en zei tot de aanwezi­gen: 'Die daar was bij Jezus de Nazareeër!'
Hij ontkende opnieuw met een eed: 'Ik ken die mens niet.'
Even daarna kwamen de omstanders dichterbij en zeiden tot Petrus: 'Waarachtig, jij bent er ook een van! Het is duidelijk aan je spraak te horen.'
Toen begon hij te vloeken en te zweren: 'Ik ken die mens niet.' Onmiddel­lijk daarop kraaide een haan.
En Petrus herinnerde zich het woord van Jezus die gezegd had: 'Voor het kraaien van de haan, zult ge Mij driemaal verlooche­nen.' Hij ging naar buiten en begon bitter te wenen.
Bij het aanbreken van de morgen kwamen alle hoge­priesters en oudsten van het volk in vergadering bijeen en spraken over Jezus het doodvonnis uit.
Geboeid leidde men Hem weg en leverde Hem uit aan de landvoogd Pilatus.
Toen Judas, zijn verrader, zag dat Jezus veroordeeld was, kreeg hij wroe­ging en bracht de dertig zilverlingen terug bij de hoge­priesters en ouderlingen
met de woorden: 'Ik heb misdaan door onschuldig bloed te verra­den.' Maar zij antwoordden: 'Wat gaat dat ons aan? Dat is uw zaak.'
Toen gooide hij de zilverlingen in de tempel en liep weg. Hij ging heen en verhing zich.
De hoge­priesters raapten de geldstuk­ken op en zeiden: 'Wij mogen die niet bij de tempelschat doen, wat het is bloed­geld.'
En zij besloten er het land van de pottenbak­ker mee te kopen om daar de vreemdelingen te begraven.
Daarom kreeg dit stuk land de naam van Bloedakker en zo heet het nog.
Al­dus ging in vervulling wat de profeet Jeremia gezegd had: Zij namen de dertig zilverlin­gen, de prijs waarop Hij geschat is, geschat is door zonen van Israël,
en gaven die voor de akker van de pottenbakker, zoals de Heer mij opgedragen had.
Jez

Diócesis Málaga

@DiocesisMalaga