Con 20 años de edad, decidió encerrarse entre los muros de un convento; pero dos tercios de su existencia los gastaría recorriendo miles de kilómetros. Siempre se consideró un monje, un hombre de oración; sin embargo fue consejero de papas, reyes y obispos. Se sumergió en la acción, aunque no abandonó el recogimiento. Porque Bernardo unió “la más intensa y profunda contemplación con la más directa y polémica intervención en la historia” (Diccionario de los Santos, Leonardi, C. et al., vol. I., p. 364).