«Centenario del nacimiento de Mons. Manuel González»

Publicado: 14/08/2012: 1079

Conferencia en Sevilla (1977)

 Introducción

El 26 de Febrero de 1877, hace exactamente cien años, nacía en esta ciudad Don Manuel González García.

Los cristianos de Sevilla, Huelva, Málaga y Palencia, junto a otros que le conocieron, han leído sus obras o han escuchado de él, no quere­mos dejar pasar esta fecha sin evocar al hombre en quien Dios manifestó la «fuerza de la sencillez». El hombre que, por su fidelidad a Jesucristo y a la Iglesia a la que tanto amó, supo conjugar en su vida las coordenadas de Dios y de la historia. Que eso es ser cristiano: aceptar y ser plenamente hombre en un momento determinado de la historia, y vivirla orientado hacia Dios que le da sentido y es su perfección total.

Para nosotros evocar a Dn. Manuel no es recordar simplemente unos hechos históricos que el tiempo erosiona de manera irremediable. ¡No! Hacemos presente a Don Manuel dentro del misterio perenne de Cristo Resucitado, en quien él creyó, esperó y amó.

Todo lo que podamos decir de Don Manuel, lo decimos con rela­ción a Cristo Jesús; porque sólo en El «modelo y fin del universo» (Col. 1,16) tiene razón de ser el hombre.

Hecho este preámbulo necesario, intentaré hablaros de Don Ma­nuel. No esperéis novedad en mis palabras. Todos conocéis su vida y muchos habéis leído sus escritos. Lo que sí os pido es una actitud cristianamente receptiva, a fin de que lo ya sabido, al recordarlo, produz­ca en nosotros nuevos y sinceros deseos de seguir a Jesús, como intentó hacerlo nuestro querido Obispo.

Rasgos de su vida

La niñez de Don Manuel transcurre con normalidad: estudia, jue­ga, sueña, tiene ilusiones que convierte en realidad -como la de ser seise de la Catedral de Sevilla- y otras que no llegan a realizarse -que le com­pren un borrico y una bolsa como la del cartero-.

Sin el conocimiento de sus padres, arregla la documentación para ingresar en el Seminario. Una noche, impacientes sus padres por su tar­danza, se presenta muy alegre con la papeleta de haber sido admitido.

A los doce años ingresa en el Seminario Menor. Amable, servicial, trabajador, sus compañeros aseguraban que jamás lo vieron triste.

El 21 de septiembre de 1901 es ordenado sacerdote. Le nombran Capellán del Asilo de las Hermanitas de los Pobres.

Sólo cuenta 28 años cuando es nombrado Arcipreste de Huelva. La misión que se le confía no es nada fácil. Los obreros de Huelva, mineros y pescadores en su mayoría, sufrían las duras condiciones de su trabajo. Sus hijos no pueden ir a la escuela porque todavía no la hay para ellos. Y la calle es el lugar donde consumen las horas entre desordenados juegos y peleas. Ni decir cabe que en un ambiente humanamente tan duro, se hace difícil no sólo cultivar la fe, sino aun predicarla entre padres e hijos.

Don Manuel no se para en lamentaciones. Primero se hace presen­te; esta presencia hace posible una cercanía mediante la que detecta su indigencia social-cristiana; desde la cercanía Don Manuel pasa a la ac­ción. No le importa romper moldes: juega, canta y pasa muchos ratos con los mineros, los pescadores y sus hijos. Es viviendo con ellos como descubre sus necesidades; y son las necesidades apremiantes las que estimulan la acción de Don Manuel.

No lleva un año en Huelva, cuando se plantea la necesidad de crear escuelas para todos los niños. En una iglesia, cerrada al culto, se instala la primera de ellas. Después seguirán otras y pequeños ensayos de granjas agrícolas, centros de aprendices y bandas de música para los niños y ju­ventud de Huelva.

En las horas que le quedan libres empieza a escribir. Su estilo es popular, llano, cordial. Salen repletos de gracia andaluza, de una intensa espiritualidad y con la preocupación de descubrir caminos nuevos por los que el Evangelio fuese conocido por los más alejados y pequeños.

Es en Huelva donde Dios ha marcado ya los grandes rasgos que darán fisonomía a Don Manuel: la preocupación por los niños, la Euca­ristía y consecuentemente su celo pastoral por los sacerdotes.

En Málaga

El 16 de enero de 1916 es consagrado Obispo en la Catedral de Sevilla. El Papa lo ha nombrado Obispo Auxiliar de Mons. Muñoz Herrera, entonces Obispo de Málaga.

Ved los sentimientos de su nueva responsabilidad: «El tesoro de un obispo son los pobres y el cuidado de ellos su negocio preferente. Esperadnos todos los que sufrís de alguna manera. Queremos llevaros el consuelo, la esperanza y el servicio que nos ofrece Jesús. Para ello dejadme que sea ante todo el obispo del Sagrario. Jesús será la fuerza, el amor y la alegría que me impulse y acerque a todos vosotros».

Como había sido de sacerdote, continuó siendo de obispo: pobre, sencillo, amigo de todos, se detiene en la calle hablando con los obreros, los ancianos, los niños.

Como Obispo de la Diócesis malagueña centrará su atención pasto­ral sobre los niños, la formación de los sacerdotes y los que, teniendo fe, deben potenciarla.

El apostolado de Don Manuel quiere abarcar a todo el hombre. Había asimilado en la oración y en la vida el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios. Por eso, al visitar la Diócesis no puede menos que que­dar consternado ante la miseria humana de muchos pueblos. Escuchémos­le: «Una pena muy amarga para la que no encuentro consuelo se ha apo­derado de mí al recorrer los pueblos de esta provincia. La miseria en la que viven centenares de humildes campesinos es un baldón social que no puede mirar indiferente cualquier cristiano, ni puede contemplar nin­gún obispo sin que se sientan profundamente dolorido. Hemos de pro­porcionarles pan...»

Durante la Campaña de Melilla, en 1921, se hace presente en Áfri­ca y pide a todos que piensen que la paz es mejor que la guerra aunque sea justa. Invita a cada uno a que vea lo que tiene de culpa en esa guerra, que pida perdón y ayude a buscar la paz.

Si una de las grandes preocupaciones de nuestro Obispo fueron los sacerdotes, evidentemente debía preocuparse por la formación de aque­llos jóvenes que un día serían sus inmediatos colaboradores. Por eso, a la par que actualiza la materia y los métodos de estudio, se preocupa para que sus seminaristas puedan tener un gran hogar, de amplios ventanales, salas aireadas, con mucha agua y mucha luz. Además, quitó los castigos que hasta entonces se usaban en la disciplina del Seminario. Quería ver a sus seminaristas moverse en un ambiente de hogar, trato amistoso y fa­miliar entre profesores, superiores y alumnos.

La prueba

La dureza, ingratitud y desprecio se hicieron presentes muchas ve­ces en la vida apostólica de Don Manuel. Pero esto no era suficiente. El Señor quiso purificarlo y le sometió a lo que alguien ha llamado «su en­tierro en vida». ¡Cuántas veces recordaría las palabras de Jesús: «Si el grano de trigo cae en tierra y no muere, queda infecundo; en cambio, si muere, da fruto abundante»! (Jn 12,24).

El 11 de mayo de 1931 incendian el Palacio Episcopal de Málaga. Don Manuel ha de marchar a Gibraltar y más tarde a Ronda desde donde sigue sirviendo a la Diócesis. Más aún, se le ordena que resida en Madrid, más lejos todavía de Málaga. El evangélico silencio de nuestro Obispo y la falta de documentos a nuestro alcance, nos hacen desconocer los motivos de esta decisión. Sólo adivinamos la actitud de obediencia total en Don Manuel.

En 1935 es nombrado Obispo de Palencia. Desde aquella Ciudad vive el drama de la Guerra Civil española. «La guerra -decía Don Ma­nuel- está amasada con las transgresiones del amor».

Después de una no muy larga enfermedad muere el día 4 de enero de 1940.

Al llamarlo Dios lo encontró con la mano en el arado. Así lo habría encontrado en cualquier momento de su vida. Porque Don Manuel fue eso: un trabajador infatigable y alegre en la viña del Señor.

Su obra catequética

Pasemos ahora a estudiar brevemente la obra catequética de Don Manuel, para finalizar después con una síntesis de su obra social.

Don Manuel escribe mucho sobre catequesis. Sus escritos se basan principalmente en experiencias vividas y reflexionadas por él. Entre sus pequeños tratados de catequesis descubrimos grandes intuiciones que lo equiparan a pedagogos modernos.

Si tuviera que seleccionar por orden sus escritos, lo haría así: La gracia en la educación; Lo que puede un cura hoy; Partiendo el pan a los pequeñuelos; Sembrando granos de mostaza y Apostolados me­nudos.

En Don Manuel la catequesis constituye la primacía de su trabajo apostólico. Así nos lo dice de una manera directa y sencilla: “me siento más a gusto en medio de los chiquillos, que en un pontifical de los más solemnes; y si debo escoger entre algunos de mis trabajos siempre opto por el catecismo con los ojos cerrados y sin vacilaciones”.

En el Segundo Congreso Catequético de Granada dijo en su inter­vención: «Creemos que en nuestra Diócesis, sin que haya llegado al gra­do de cultura catequística que para ella deseamos y con todas ansias bus­camos, puede figurar honrosamente en esta asamblea con experimentos pedagógicos, originales catequistas, gráficos interesantes y datos de ob­servación pedagógica infantil de no escaso valor».

Su concepto de la catequesis no sólo no ha pasado, sino que con el tiempo ha adquirido valor. Para Don Manuel el catecismo no debe ser asimilado solamente de memoria, sino y sobre todo vivido; vivencia a partir de la gracia natural y sobrenatural, concretada en estos cuatro modos:

- orando y haciendo orar

-narrando y haciendo narrar

-representando y haciendo representar

- practicando por la piedad y la liturgia y haciendo practicar.

Para él lo importante es «que los niños no sólo sepan de Jesús, sino que sepan a Jesús», con lo cual evidencia haber captado lo que nunca deberíamos olvidar: que el Evangelio es vida.

Otro aspecto de la pastoral catequética de Don Manuel es el insistir, tanto en los catequizados como en el material de catequesis, insistir en la calidad más que en la cantidad. Por las palabras que voy a transcribir, veremos como entendió que la masa debía ser fermentada por la levadu­ra, sin dejarse alucinar por la extensión del campo a cultivar apostó­licamente: «Nos extasiamos ante nuestros templos rebosando gente, nues­tras interminables procesiones; nos hemos recreado demasiado en el tí­tulo de la católica España... en las gloriosas acciones de nuestra historia, en nuestros antepasados... Y mientras aplaudíamos nuestra fe tradicio­nal, no echábamos de ver que el pueblo cuya fe tanto aplaudíamos, esta­ba casi a la cuarta ración de alimento espiritual».

Lección, esta última, a tener muy en cuenta los que hemos sido llamados al apostolado, a fin de que no nos preocupe tanto el abarcar, como el profundizar. No olvidemos, como nos recuerdan los Salmos, que para Dios no cuenta tanto el número, sino la profundidad del cora­zón del hombre.

En la última parte de esta conferencia quiero fijarme en la acción social de nuestro Obispo, consecuencia de su preocupación por el hom­bre entero.

La acción social de don Manuel

Don Manuel se vio inserto en el contexto histórico que le tocó vivir.

Por aquel entonces la Iglesia en España intentó volcarse a las masas a través de lo que se llamó «Acción Social».

El origen de esta preocupación provenía de la amarga constatación que, en un momento dado, hace la Iglesia: las masas -sobre todo, las masas trabajadoras- no solamente no estaban con la Iglesia sino que la malde­cían y aun perseguían.

Es lógico que ante este fenómeno los Obispos se propusieran la tarea de reconquistar el campo perdido. Pues bien, la «Acción Social» era sencillamente eso.

Ahora bien, en esta reconquista había implícitas dos posturas. La primera era sencillamente evangélica. La segunda tenía una implícita carga política, que ahora no queremos juzgar, y de la que a nadie intentamos acusar.

La postura evangélica se basaba en el anuncio de un mensaje de liberación que hacía casi dos mil años nos había dado Jesucristo a través de su Iglesia. Era una postura religiosa o -más claramente- profética. No pretendía resolver ningún problema técnico de la sociedad, sino ofrecer­le una respuesta a esa angustiosa postura del hombre, cuando se hace lo que llamamos «preguntas últimas».

La segunda postura partía del presupuesto de que la Iglesia forma parte del tejido social de una nación; y, ante el fracaso de su influencia en un esquema medieval, buscaba febrilmente otra fórmula.

La actitud pastoral de Don Manuel estaba claramente a favor de una postura profética. Así lo podemos adivinar cuando, ya en 1910, sien­do Arcipreste de Huelva, dijo en la Semana Social de Sevilla: «Dejando ahora su significado amplio, o sea la influencia que el Catolicismo ejerce en la sociedad a través de su doctrina, su moral, su jerarquía, sus sacra­mentos, su gracia y su historia, influencia esencial y constante, yo la limi­to aquí a su acepción corriente, esto es: a la influencia de la Iglesia sobre la parte más numerosa y desgraciada de la sociedad, es decir, el pueblo de los sencillos y de los pobres. En esta acepción puede definirse la Acción Social Católica como el conjunto de obras que los católicos han de reali­zar para ir al pueblo y traerlo a Cristo. Es un viaje «de ida y vuelta», que empieza, el de ida, en Cristo, y termina en el pueblo; y empieza en el pueblo, el de vuelta, y termina en Cristo».

Estas palabras de Don Manuel, nacidas de sus más profundas con­vicciones cristianas, fueron el criterio orientador de su acción social. Ja­más intentó dominar. Siempre quiso servir.

Cuando nos dice que debemos ir al pueblo para atraerlo a Cristo no se refiere ni mucho menos al aspecto que podríamos llamar espiritualis­ta. Por eso repitió incansablemente aquel binomio: «Pan y catecismo». Nuestro Obispo intuía que la proclamación del Evangelio no se podía hacer en una forma puramente platónica que tipificamos con la frase «salvar almas». Toda su vida apostólica fue entendida a favor del hombre total, de esa unidad que llamamos alma y cuerpo. De ahí que él fue y se sintió siempre un hombre del pueblo, comprometido con el pueblo has­ta en los detalles más inverosímiles.

Epílogo

Y aquí termino, queridos amigos.

Sin embargo, lamentaría el que nos quedáramos en un simple re­cuerdo de hechos pasados. La celebración del Centenario del nacimiento de Don Manuel quedaría frustrado si no llega a situarnos en el campo del compromiso. Un compromiso que a mi modo de ver, podría describirse así:

Estar muy cerca de Dios, para poder llegar al pueblo. Y estar muy cerca del pueblo, para poder llegar a Dios.

La intimidad con Jesucristo, alimentada por Don Manuel en sus horas de oración ante el Sagrario, potenciaron su capacidad de acerca­miento al pueblo. Y en el rostro de los niños sin escuela, sin pan y sin fe; en los rostros cansados de esperar de tantos que sufren las consecuencias de una sociedad pensada para unos pocos,... Don Manuel supo ver el rostro de Cristo. Para ello fue necesario ser como uno de ellos y compar­tir con ellos el riesgo de su suerte. En otras palabras: repitió, como debe hacer todo cristiano, el gesto encarnatorio del Hijo de Dios.

Cuando hablemos, decidamos y actuemos, hagámoslo siempre a favor de los más débiles, aunque sea renunciando a seguridades persona­les o comunitarias. A fin de cuentas, continúa siendo verdad que “quien busque su vida, la perderá; y quien la pierda por Mí (es decir, por los demás), la encontrará” ( 10, 39).

Sevilla, 26 de Febrero de 1977. 

Autor: Mons. Ramón Buxarrais