«La consagración religiosa monacal-contemplativa»

Publicado: 14/08/2012: 2739

Conferencia (1979)

Conferencia en el I Encuentro de Religiosas de Vida Monástica de la Provincia Eclesiástica de Tarragona

 El presente trabajo fue leído por Dn. Ramón Buxarrais en el Primer Encuentro de Religiosas de Vida Monástica de la Provincia Eclesiástica de Tarragona, celebrado en la Casa de Ejercicios de la Santa Cueva de Manresa, los días del 15 al 20 de Octubre de 1979.

Introducción

Desde el siglo XVI hasta ahora, difícilmente podremos hablar sobre la vida monástica-contemplativa sin referirnos a Santa Teresa de Jesús. Y, tal vez, la referencia a la Santa abulense sea hoy más necesaria, cuando tanto en la sociedad como en la Iglesia se producen profundos cambios. La razón de ser de esta referencia radica en el hecho de que Santa Teresa supo vivir y expresar «lo esencial». Y lo esencial no cambia. Es de ayer y de hoy; viejo y nuevo a la vez. Es siempre actual, según aquello que escri­be la misma Santa:

«...asirse bien a Dios, que no se muda» (Fundaciones, 62).

Esa mujer, maestra en escribir y hablar llanamente, nos dice tam­bién:

«...todas hemos de procurar ser predicadores de obras» (Camino de Perfección, 15).

Con ello quería decirnos que las obras expresan la realidad mucho mejor que las palabras o escritos.

De ahí que si es cierto que la Iglesia necesita de los teólogos para poder expresar la gran realidad de Dios, necesita aún más de los santos. Aquéllos escriben y hablan de Dios; éstos lo viven. Y la vida es siempre más expresiva y convincente que las palabras y los escritos. Claro está que lo mejor sería que los teólogos fueran santos y los santos teólogos, como lo fue la Doctora.

Dentro del contexto socio-cultural de nuestro mundo ebrio de pa­labras y letras, tengamos en cuenta que el hombre, en la búsqueda del camino de la verdad, exige más que nunca testimonios de vida.

En «Las Moradas» (cap. IV, 12) la Santa de Avila, en el intento de querer hacer comprender a sus monjas la necesidad de que la oración y la acción deben ir siempre juntas, escribe:

«Esto quiero yo que procuremos alcanzar; y no para gozar, sino

para tener fuerzas para servir, deseemos y nos ocupemos en la

oración».

La razón de su vida fue servir. Servir a Dios, haciendo su voluntad. Servir a sus monjas ayudándolas en el camino de la contemplación. Ser­vir también a los hombres, haciendo que encontraran la salvación de Jesucristo en la Iglesia, a la que tanto amaba y a la que consideraba tan necesaria que, en los últimos días de su vida, exclamaba:

«...en fin, Señor, soy hija de la Iglesia» (Proceso de Alba de Tormes).

Me ha parecido oportuno empezar mi pequeña aportación a estas Jornadas con unas pinceladas de la vida y escritos de Santa Teresa de Avila, con la intención de sintetizar con ellas el tema de estas páginas: «El signo como expresión del sentido de vuestra vida, hecha servicio a los hombres desde la Iglesia».

El signo

Empiezo formulando lo que debe ser la conclusión de esta primera parte:

LAS COMUNIDADES MONÁSTICAS, CONTEMPLATIVAS DEBEN SER SIGNO O EXPRESIÓN RELEVANTE DE DIOS, MANIFESTADO EN CRISTO PRESENTE, VIVIDO Y CELEBRA­DO EN LA IGLESIA.

Entendemos por signo toda realidad externa, perceptible a los sen­tidos, que por su naturaleza o de una manera convencional (acuerdo en­tre varias personas) evoca al entendimiento la idea de otra realidad que, además, no puede ser expresada de distinta manera, sino sólo a través del mismo signo.

Conviene tener en cuenta que entre el signo y lo que quiere signifi­carse hay una relación; pero la misma es inadecuada o imperfecta. En otras palabras: la realidad que se desea manifestar a través del signo, ja­más será ni objetivamente expuesta en su totalidad, ni, por tanto, cabal­mente comprendida. Siempre habrá aspectos de ella que permanecerán en la penumbra.

Recordemos, por ejemplo, que el beso de la madre expresa el amor que ella siente para con su hijo. El apretón de manos, la amistad. La pala­bra o el escrito, el pensamiento. Pero,... ¿lo dicen todo? Creo que no.

El hombre necesita siempre del signo. La razón es que, siendo él mismo una realidad inmanente y trascendente a la vez (realidad de aquí y de ahora, pero proyectada hacia el más allá), sólo podrá expresar lo que es y siente a través del signo, aceptando la pobreza o limitación de no poder nunca decirlo todo.

Me ha parecido necesario hacer esta digresión, a fin de compren­der un poco mejor lo que seguidamente expondré.

Cristo como signo (expresión) de Dios

Si para explicar algo es necesario comprender de alguna manera lo que se intenta definir, nadie lo puede hacer respecto a Dios. Sólo puede hacerlo El. Dios es el In-comprensible. El In-definible. Es el totalmente OTRO. Es la realidad In-creada e In-finita, frente a cualquier otra reali­dad.

Permitidme unas breves citas bíblicas:

«A Dios jamás nadie lo ha visto» (Jn 1,18).

«Nadie ha visto al Padre» (Jn 6,46).

«Jamás nadie ha visto a Dios» (I Jn 4,12).

Los exegetas dicen que en estos versículos de la Sagrada Escritura el verbo «ver» significa entender, comprender, definir,...

A pesar de todo, algo podemos saber de Dios. Es como una intui­ción, un adivinar por inducción. Así lo escribe el apóstol Pablo en su carta a los cristianos de Roma:

«Ellos (los paganos) conocen aquello que se puede conocer de Dios. El se lo ha manifestado. Porque, de hecho, desde que el mundo existe, aquello que de Dios es invisible, es decir: su fuer­za eterna y su divinidad, se vuelve visible a la inteligencia huma­na a través de las obras de El (la creación)». (Rom 1,19-20).

Este adivinar, intuir a Dios por parte de los paganos a través de la creación, siempre será muy imperfecto y difícil. Muchos de entre ellos, sin embargo, se salvarán por este conocimiento.

Ahora bien: la gran obra de Dios, el signo más expresivo, la imagen más cercana a El, es su propio Hijo. A través de Jesucristo se puede llegar a saber de Dios todo lo que según la capacidad humana es capaz de com­prender. De ahí que conocer en la fe y en el amor a Jesucristo es conocer lo más posible a Dios.

«Señor, le dijo Felipe, muéstranos al Padre, y eso nos bastará. Je­sús le responde: Felipe, tanto tiempo que estoy entre vosotros y todavía no me has conocido? Quien me ha visto, también ha visto al Padre» (Jn 14,8-9).

Si nuestra plenitud es «aceptar» a Dios, manifestado en su Hijo, necesariamente Jesucristo deberá ser el centro de nuestro pensamiento, afecto y acción.

Por esto, todo lo que las comunidades monásticas-contemplativas (comunidades que buscan vivir en plenitud) hagan para conocer en la fe y en el amor a Jesucristo, siempre será poco.

El estudio, la reflexión, la lectura, la celebración de Cristo, hecho misterio presente en la Iglesia, además de vuestra intimidad personal con El, ha de constituir la razón de lo que sois y hacéis. Y todo en sentido progresivo. Porque a Cristo, aquí abajo, jamás se llega plenamente. Siem­pre, tanto personal como de manera comunitaria, debéis estar en cami­no. De lo contrario, de la misma manera que el agua estancada se pudre, la monja o la comunidad que «no haga camino constante» es como el agua infectada que no sólo no aprovecha, sino que puede dañar a quien bebe de ella.

La Iglesia como signo (sacramento) de Cristo

Cristo debía permanecer, aun después de su Ascensión, entre los hombres para seguir SIGNIFICANDO y REALIZANDO la salvación.

En este sentido, la Iglesia es, por voluntad del mismo Jesucristo, el espacio, instrumento, signo,... preferente, a través del cual el misterio de Dios manifestado en Cristo se hace visible y eficaz.

No haremos aquí un tratado de eclesiología. Bastarán algunas citas bíblicas y la doctrina de la Iglesia:

«Vosotros sois la sal de la tierra... vosotros sois la luz del mundo... que vuestra luz resplandezca entre los hombres, de manera que viendo vuestras buenas obras glorifiquen al Padre que está en los cielos» ( 5,13-16).

«Sabed que estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mun­do» ( 28,20).

«Quien os escucha, a mí me escucha; y quien os rechaza, me re­chaza a mí; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha en­viado» (Lc 10,16).

Sin duda que estas palabras tienen una referencia a la comunidad de los creyentes. Hay una identificación entre Cristo y su Iglesia.

Y por lo que se refiere a la doctrina de la Iglesia, basta fijarse en la constitución dogmática sobre ella «Lumen Gentium» del Concilio Vati­cano II. En su primera parte, concretamente en el núm. 8 hay una explí­cita referencia a la identificación entre Cristo y la Iglesia.

La Iglesia es, pues, el signo (expresión, sacramento,...) de Cristo. En ella y través de la misma nos acercamos y «comprendemos» al Señor.

Por último, toda comunidad monástico-contemplativa debe ser sig­no relevante de la Iglesia, y, por ella, de Jesús, y, con El, signo de Dios. ¿Por qué?

Significar la trascendencia

Si preguntáramos cuál es la nota o significación más original de la Iglesia, por la cual se distingue de toda otra comunidad humana, debe­ríamos decir que es la trascendencia. Este es el encargo intransferible que ha recibido de Jesucristo, y éste del Padre.

Cuando decimos «trascendencia» queremos decir, al mismo tiem­po, sentido de la vida, sublimación definitiva de ella misma, plenitud de todo ser creado, posibilidad real de aquella esperanza que anida en todo corazón humano: «ser para siempre». Por tanto «trascendencia» quiere decir también el sentido que tiene todo el esfuerzo que el hombre haga para transformar (como quien ha recibido un encargo por parte de Dios) el mundo, la historia, toda la creación,... desde el que arranca y sobre el que se fundamenta la misma proyección hacia el más allá, hacia la tras­cendencia.

En definitiva, este es el meollo de la Buena Noticia, del Evangelio proclamado y vivido por Jesús, según la voluntad del Padre. Y esta es también la misión de la Iglesia.

Pues bien, las comunidades monástico-contemplativas, y en ella cada monja contemplativa, tienen el encargo específico (su carisma pro­pio) de anunciar la trascendencia, viviéndola. Por tanto, vuestra misión está situada en lo que podríamos llamar el meollo del mensaje evangéli­co; es la quintaesencia de la misión de la Iglesia. No es exagerado, pues, decir que tenéis uno de los carismas más importantes, delicados y nece­sarios dentro de la comunidad de los creyentes y como servicio a todos los hombres.

Todo lo que sois, digáis y hacéis, sea a nivel personal, y, sobre todo, a nivel comunitario debe ser un eco humilde, pero claro y constante de la promesa de Jesús:

«En la casa de mi Padre hay muchas moradas. Si no fuera así, os lo hubiera dicho. Ahora voy a prepararos lugar. Y después de haber ido, volveré y os tomaré conmigo para que, donde yo es­toy, estéis también vosotros» (Jn 14.2).

En otras palabras: Las comunidades monástico-contemplativas de­béis devolver al mundo la ilusión de vivir, el gozo del trabajo y la esperan­za firme de que todo tiene sentido, menos el pecado, que es la negación de la realidad.

El signo y su relación con Cristo

Para ser signo cristiano (aquí sustantivo y adjetivo quiere decir una misma y única realidad) es necesario estar unido con Cristo. Identifica­ción que, por referirse al Cristo cósmico o total, pasa también a través de todos los hombres, cosas, acontecimientos,... todo lo que está más allá de mí.

Los puntos álgidos del evangelio, así como también las cartas paulinas, nos hablan de la unión con Cristo entendida como identifica­ción. Hacerse una sola cosa o realidad con El.

Veámoslo en algunos textos bíblicos:

«Yo soy, dice Jesús, la vid; vosotros los sarmientos. El  que perma­nece en mí y yo en él, da mucho fruto» (Jn 15,5) .

«No pido sólo por ellos, sino también por los que a través de su palabra creerán en mí, para que todos sean uno en nosotros, como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, a fin de que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17,20-21).

«...no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí, y la vida que ahora tengo en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me ha amado y se ha entregado por mí» (Gál 2,20).

 «Porque, esto es cierto, ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni las potencias,... no son capaces de arrancarme lejos del amor, que Dios me ha manifestado en Cristo, Señor nuestro» (Rm 8,37­39).

Los textos leídos se refieren a la unión con Cristo; unión que nace de la fe ofrecida y recibida, realizada en el amor. Amor a la persona de Jesucristo. Cristo resucitado, actual y presente. Amor al OTRO, a la REA­LIDAD infinita, hecha persona, hecha «tú», a la que puedo referirme confiadamente.

Pero, para ser signo-cristiano es necesario también unirse a los de­más.

«Os lo aseguro, en la medida que lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis» ( 25,40).

Referencias semejantes encontramos en la primera carta de Juan, capítulo 4, versículos del 19 al 21.

Es decir: en el otro, sea quien sea, sobre todo en el más débil, hay una presencia misteriosa, pero real (diferente, claro está de la presencia de Cristo en los sacramentos) de Jesús.

Sin amor no hay signo cristiano

El amor, cuando lo es de verdad, nos lleva a la unión, a la identifica­ción con quien se ama.

Más aún: para llegar a ser signo-cristiano no solamente es necesario identificarse con Cristo persona y con los demás, sino también con la creación entera. Basta leer detenidamente el himno cristológico que en­contramos en la carta de S.Pablo a los Colosenses. De ahí viene que los santos, suscitados por el Espíritu en la Iglesia, como imágenes más per­fectas de Cristo, aman todas las cosas: las fieras, el sol, las montañas,... todo lo creado. Recordemos a S.Francisco de Asís. También a Sta. Teresa del Niño Jesús, la de Lisieux, que hizo del amor a todos y a todo el punto referencial de su vida cristiana.

Por ello las comunidades contemplativas deben preguntarse cons­tantemente hasta qué punto son signos del amor, para llegar a serlo en el aspecto cristiano. Y en eso, huir siempre de la preocupación desmesura­da de querer aparecer como signos. Todo esfuerzo debe centrarse en el amor. Porque donde hay amor, necesariamente nace la expresión del mismo. Mientras que, por el contrario, pueden darse manifestaciones sin contenido, porque son signos que no nacen del verdadero amor. Enton­ces se cae en la hipocresía, a la que todos estamos inclinados: aparentar lo que no se es.

Por razón de la falta de tiempo, dejo aparte un comentario al Con­cilio Vaticano II, como el esfuerzo más importante en nuestros días para recuperar el contenido del signo cristiano. Y dentro del marco del Conci­lio, sería necesario también decir algo sobre la Exhortación Apóstólica de

S. S. el Papa Pablo VI en “Evangelii Nuntiandi», especialmente en sus números 12 y 21 que tratan del signo y testimonio cristiano.

Entremos ahora en lo que está más relacionado con este Encuentro de monjas contemplativas. Es decir:

CUALES PARECEN SER LOS SIGNOS-CRISTIANOS MAS INTELIGIBLES A LOS HOMBRES DE HOY.

Lo que las comunidades monacales-contemp1ativas deben signifi­car (sobre todo a lo que a la comprensión e inteligencia del signo se refie­re) está relacionada con aquella necesidad que los hombres de un mo­mento histórico dado más desean, porque menos tienen. Y esto casi siem­pre coincide con lo que, podríamos decir, son las necesidades más pro­fundas del hombre.

La pobreza

Así, pues, según mi manera de ver, creo que:

En una sociedad de consumo, como la nuestra, donde el hecho de comprar, servirse sólo por un tiempo de lo adquirido y tirarlo luego, se ha convertido para muchos en ley o criterio de vida; donde «el tener», aun sin necesidad, cuenta más que «el ser»,... la pobreza evangélica (in­compatible con la miseria y mezquindad), es hoy un signo comprendi­do. Se trata de una pobreza que, por ser evangélica, es vivida con gozo y sin jactancia, que, nacida del trabajo, nos hace, al mismo tiempo, genero­sos con lo poco que tenemos, y ágiles para no dejarnos atrapar entre las redes de necesidades creadas y no reales. Esta pobreza es ciertamente signo, porque nos hace libres. Y hoy los hombres buscan, muchas veces erróneamente, la libertad.

El trabajo

En una sociedad donde la ley del esfuerzo mínimo se está impo­niendo, no tanto como resultado del progreso técnico, sino como narcó­tico que inutiliza al hombre y le esclaviza,... el trabajo también es un signo comprendido y buscado. Se trata del que es realizado como deber recibido para transformar en mejor el mundo; no del que nos agobia y es mal retribuido que, en lugar de liberar, esclaviza. Se trata de un trabajo que, hecho con responsabilidad y serenamente, nos deje aquel tiempo necesario para la oración, con el fin de ver y escuchar a Dios y lo que Dios nos dice a través de los hombres, de los acontecimientos y de las cosas. Un trabajo así es signo. Los hombres lo comprenden.

La acogida

En un mundo, en el que el egoísmo creciente cierra al hombre so­bre sí mismo; en el que las personas se enumeran, más que se les nombra personalmente; en el que se les utiliza, más que se les considera; en un mundo, en fin, convertido en un desierto de oasis artificiales, en el que tantas personas viven y se sienten solas,... la acogida desinteresada por parte de las comunidades monacal-contemplativas es un signo válido, que hoy los hombres comprenden.

La trascendencia

Finalmente, en el marco de una cultura occidental, en la que sólo cuenta la eficacia inmediata, y, por tanto, los horizontes del más allá no se ven o se borran conscientemente,... vivir la trascendencia de una manera sencilla, gozosa y esperanzada, que se convierte en fuerza de cada mo­mento histórico para superarlo y elevarlo,... es un signo. Más aún: vivir proyectados hacia la trascendencia es el signo que los hombres más nece­sitan por parte de las monjas contemplativas.

Resumiendo:

LAS COMUNIDADES MONACAL-CONTEMPLATIVAS DE­BEN SIGNIFICAR Y REALIZAR:

LA POBREZA QUE LIBERA,

EL TRABAJO QUE DIGNIFICA,

LA ACOGIDA QUE VALORA (sobre todo a los más pobres),

LA TRASCENDENCIA QUE DA SENTIDO E ILUSION A LA

VIDA.

Prudencia y decisión

De todas maneras, como ya he insinuado antes, no debéis vivir an­gustiadas para ser signos comprensivos. Más bien, debéis esforzaros para vivir el contenido de los signos cristianos. Lo demás «se os dará por aña­didura».

 Sin embargo, es posible que viviendo intensa y generosamente la vida monacal-contemplativa, os deis cuenta que en vuestra vida hay sig­nos que o no dicen nada o muy poca cosa a los hombres de hoy. Porque entre vosotras hay maneras de vivir y actuar que en su tiempo fueron verdaderos signos cristianos; pero que, hoy, pasados aquellos momentos históricos, resultan trasnochados.

En este último caso, debéis ser, a la vez, prudentes y decididas, evi­tando luchas y tensiones internas por cosas pequeñas. Os aseguro que, en la medida que viváis lo que es esencial en el evangelio, hay muchas cosas (que en algunas comunidades hasta han llegado a ser pequeños ídolos) que irán cayendo, como las imágenes de Baal delante de Yahvé, invocado por Elías.

Por otra parte, dado el caso de una comunidad monacal-contemplativa que sea fiel a su carisma, y que, con la ayuda de Dios y el pequeño esfuerzo vuestro haya llegado a ser verdadero signo para nues­tros días, sabed, sin embargo, que no todos lo comprenderán. Los de «ojos sucios» por la suficiencia y las seguridades humanas jamás podrán comprenderos. Debéis contar con ello. Pero, no importa. Tarde o tem­prano también a ellos les puede llegar el momento de la comprensión. A vosotras no os toca saberlo. Porque también en la vida monacal-contemplativa, como en cualquier apostolado, es válido aquello de que hemos sido llamados a sembrar y no a recoger.

Servicio

Por servicio entendemos aquí aquella actitud o manera de ser y vivir estable que nos hace estar siempre a disposición de los demás.

 

La redención: servicio de Dios a favor de los hombres

Ya sabéis que tanto la creación como la nueva-creación (es decir: la redención) son fruto y expresión del amor que Dios nos tiene. No estaba obligado a crear. De ahí que sea más de agradecer. Porque nos ama, por­que quiso hacernos partícipes de su plenitud,... por eso nos creó y nos redimió. Y en este último gesto divino, el amor aparece todavía más gran­de. Es un amor sin límites.

Pues bien, Dios nos ofrece su amor a todos, como quien ofrece un servicio; sin violentar la libertad de nadie; es un servicio, podríamos de­cir, humilde, respetuoso y sencillo, como si nos dijera: “…¿lo queréis? ¿lo aceptáis?”.

Cristo, modelo perfecto y absoluto de todo servicio

El ofrecimiento de Dios a todos los hombres, más aún a toda la creación, nos lo hace en y por Cristo. De ahí que bien podemos decir que Cristo en su misma persona es el servicio que Dios nos ofrece.

Todavía más: Jesús, en su manera de hacer la voluntad del Padre, en su estilo de vivir, es un servidor. Mejor dijo: es el servidor. Jamás nadie podrá superarlo. Aquellas sus palabras:

«...no vine a que me sirvieran, sino a servir» (Mc 10,45)

nos dan a entender la actitud profunda de su vida. Y por eso se hizo esclavo. Se hizo como el más pequeño. Porque solamente aquel que es pequeño, humilde, esclavo,... es capaz de ser verdadero servidor. La mis­ma muerte de Jesús no es una casualidad; es la llegada a la cima de una vida de servicio total y absoluta, oponiéndose a toda esclavitud. Basta leer el himno a Cristo sufriente y glorificado en la carta de S. Pablo a los Filipenses (2,5-11). En él vemos que el Hijo de Dios no sólo se hizo hom­bre, sino que fue de tal manera un hombre-servidor que, por quererlo ser, tuvo que rebajarse a la muerte, y muerte de cruz, apareciendo a los ojos humanos como el peor facineroso.

Todo esto debe tenerse en cuenta, cuando queramos examinar nues­tro servicio dentro de la comunidad, en la Iglesia y a favor de los hom­bres. Diciéndolo más claramente: la comunidad o religiosa que se dis­ponga a ser servidora, como servidor fue Cristo, sepa que, tarde o tem­prano encontrará la cruz. Pero, después de la cruz hay la resurrección.

Condiciones para servir evangélicamente

Quizás repita conceptos ya dichos. No importa. Porque por más que hablemos de esto, siempre nos quedaremos a mitad del camino. Para que vuestro servicio sea realmente cristiano, debéis ser pobres.

La pobreza evangélica nos hace disponibles a favor de cualquier persona y en cualquier momento. Al pobre no se le ha pegado nada. Es libre. Se puede mover hacia cualquier sentido que le indique el Espíritu. En cambio, el rico, el que tiene dinero, propiedades, fama, buen nombre, cargos rentables, amigos,... está atado. Antes de hacer cualquier servicio, debe preguntarse: ¿qué perderé? ¿cómo lo recuperaré? ¿cuándo?...

Otra condición, según mi manera de ver, es ser «abierto». «Abier­to» es el que, no solamente sabe dar, sino también recibir. Como es pobre y tiene conciencia de su pobreza, sabe que necesita de los demás y se deja ayudar. Esto es muy importante. Porque a veces puede ser expresión de una pobreza más evangélica saber recibir lo que te dan, que no dar lo que uno tiene. En el dar puede haber vanidad. En el recibir, cuando es algo necesario y que no me enriquece, siempre hay humildad.

A quién y cómo debes servir

Para que nuestro servicio sea realmente eficaz, se necesita conocer a quién debo servir y cómo debe ser servido lo mejor posible. De ahí que la monja o comunidad monacal-contemplativa que viviera centrada so­bre sí misma por motivos de falsa interioridad, no sería servidora de los demás, como lo fue Jesucristo.

Es necesario, pues, tener los «ojos abiertos», no para satisfacer la curiosidad o romper el silencio interior, sino para saber desde dónde me viene la llamada al servicio.

En este mismo sentido, no soy partidario que os paséis ratos delan­te del televisor (mejor que no lo tuvierais), como tampoco que leáis de­masiados diarios o revistas no especializadas en lo que a vosotras concier­ne. Quizás lo acertado sería que alguien de la comunidad o de la diócesis os seleccionara aquellas noticias que, como monjas contemplativas, os conviene saber. Todo eso, sin llegar a caer en ridiculeces.

Las limitaciones de vuestro servicio

Finalmente, debéis saber aceptar las limitaciones de vuestro servi­cio. Porque hay necesidades a cubrir que o ignoraréis o no tendréis me­dios o capacidad para ellas. Esto también es una de las consecuencias de la pobreza evangélica. Normalmente, cuando el Espíritu distribuye los carismas entre los miembros de una comunidad, diócesis o Iglesia uni­versal, nunca los acumula sobre una persona o colectivo determinado. Así se asegura, en cierto sentido, la pobreza. Además, hay carismas de los que ni siquiera se da cuenta la persona que los posee.

Lo importante es que el carisma recibido se ofrezca generosamente a los demás. Y que no nos atormentemos por no tener aquellos que se exigen para llevar a cabo un servicio concreto. Quizás no me correspon­da a mí hacerlo.

En una palabra: servir a la Iglesia, y a través de ella, a la humanidad con la contemplación. Os aseguro que la necesitamos. Enseñadnos a con­templar, a rezar, a vivir proyectados hacia la trascendencia,... que no sa­bemos hacerla.

El silencio y la soledad

El signo que debéis ser, y el servicio que debéis prestar debe ofre­cerse desde el silencio y la soledad. Estoy convencido que son condicio­nes imprescindibles para vuestra propia vida contemplativa.

Claro, se trata de aquel silencio y soledad que hacen posible y forta­lecen más vuestra contemplación.

San Benito, San Bernardo, Santa Teresa de Avila y otros, fueron grandes contemplativos, a pesar de tantos trabajos, tantas idas y venidas.

Se trata de casos excepcionales; casos, por otra parte, que el Espíritu San­to seguirá suscitando en la Iglesia.

Pero, para la inmensa mayoría de cristianos llamados especialmen­te a la vida contemplativa, es necesario el silencio y la soledad aun exter­na. Son el marco normal dentro del que se desarrolla vuestra vocación específica.

De ahí que no podemos pediros que, en bien de los demás, vayáis aquí y allá hablando de la contemplación; ni que escribáis artículos cada semana sobre la misma. No. Sólo os pedimos que seáis verdaderas mon­jas contemplativas. El Espíritu Santo, se encargará de señalar (casi siem­pre contra el propio «gusto») la que debe salir, hablar y escribir sobre la vida monacal-contemplativa.

En el Cuerpo Místico de Cristo

Para comprender lo que acabo de deciros, es preciso volver de nue­vo al Cuerpo Místico de Cristo como misterio y vivencia profunda. Esta realidad ha sido demasiado olvidada y suplantada por la imagen de Pue­blo de Dios, después del Vaticano II. No es que esto haya sido un desa­cierto, ni mucho menos; creo que ha sido un acertado retorno a las fuen­tes. Pero, de eso, a olvidar un aspecto tan importante como es el misterio de la Iglesia como Cuerpo Místico de Cristo, va una inmensa distancia.

Según el misterio, pues, del Cuerpo Místico, sabemos que todo lo que hace el cristiano pública o privadamente, individual o comunitariamente, a la luz del día o en la intimidad más absoluta,... todo, cuando se hace en y por amor, redunda en bien de todos los creyentes y aun de todos los hombres.

Debéis creer y vivir este misterio, como lo hizo Santa Teresa del Niño Jesús. Por él sentiréis el gozo de ayudar a toda la humanidad desde vuestro silencio y soledad. Y en ello no cabe la vanidad. Sólo es posible hacerlo en la humildad.

Pertenecéis a una Diócesis o Iglesia particular

Esta última parte es la que debía haber dado la característica a mi aportación. Sin embargo, debido a la falta de tiempo, será demasiado corta.

Quiero deciros que, de una u otra manera, debéis sentiros íntima­mente unidas a la comunidad diocesana en la que estáis insertas. En ella, en cada diócesis o iglesia particular, está toda la realidad del misterio de Cristo; y sólo a partir de la diócesis seréis capaces de comprender y abriros generosamente a la Iglesia universal.

De vuestra diócesis debéis conocer los pobres, como parte predi­lecta que de ella son. Desde vuestro silencio y soledad, no debéis ignorar qué hacen los niños y los jóvenes. Debéis saber qué es lo que necesitan para podérselo ofrecer si está a vuestro alcance. Debéis sentiros unidas a todos los demás cristianos (militantes, religiosas, religiosos y sacerdotes) que han sido llamados de una manera especial al apostolado. Pedid sobre todo que sean verdaderos contemplativos, para que sean realmente após­toles.

Conclusión

No os asustéis por la poca aceptación que, aun entre los cristianos, tiene vuestro lugar y carisma dentro de la comunidad eclesial. No os asus­téis tampoco por el hecho de que sois pocas y no entran nuevas vocacio­nes. Todo son pequeñas anécdotas. Lo que es importante es que viváis con entrega total y constante vuestro carisma de monjas contemplativas. Lo demás, como dije antes, «se os dará por añadidura».

Además, como nos recuerda el Evangelio, en la historia de la Iglesia conviene que, de tanto en tanto, el grano de trigo caiga en tierra debajo del surco y muera, para que luego dé mucho fruto. O en otras palabras del más grande de todos los profetas: conviene que El crezca, aunque nosotros disminuyamos.

Y termino con unas palabras de Jesús:

«Os he dicho todas estas cosas, para que tengáis paz en mí. En el mundo pasaréis tribulación. Pero no temáis: Yo he vencido al mundo» (Jn 16,33).

Tarragona, Octubre de 1979. 

Autor: diocesismalaga.es