NoticiaColaboración

Pregón para una Semana Santa virtual

Santísimo Cristo Expiración · Autor: Pepe Fotografía
Publicado: 03/04/2020: 1267

Texto del párroco de San Pedro en Málaga, Alfonso Crespo, en el que nos anuncian los días que están por llegar a partir de este próximo domingo

«Aunque este mes de abril nos inunda con razones para la tristeza, la noticia de la Resurrección del Señor nos colma de motivos para la alegría»

EL TIEMPO CORRE LENTO EN EL ENCIERRO DEL HOGAR. Marzo ha sido un mes atípico: se nos ha invitado a encerrarnos en casa, pero por las ventanas ha llegado puntalmente la primavera. Abril, este año, también será un mes extraño: los encierros precederán a las salidas y los tronos quedarán confinados en las Casas de Hermandad, más estrechas que nunca, pero se abrirán de par en par los balcones del hogar para pregonar los días que dan sentido a nuestra fe. El primer domingo de abril es Domingo de Ramos. El segundo domingo: Pascua de Resurrección.

El Evangelio del domingo de Pascua nos presenta a María Magdalena «desasosegada»: con el eco aún de la Pasión, sale presurosa al sepulcro para ungir con perfume el cuerpo de su Maestro. Al ver solo el sudario y las vendas, gritará despavorida: «¡Se han llevado del sepulcro al Señor!». Se topa con un lugareño y le pregunta si él ha sido el ladrón. Y el aparente hortelano, le responde: «¡María!» Ella, al oír su nombre en boca de aquel desconocido, ahora resplandeciente de luz, gritará: «¡Maestro!». Porque aquella mujer pecadora, tiene grabado en su mente y en su corazón el timbre de voz del hombre que un día le dijo: «Yo tampoco te condeno. No peques más».

Este mes de abril, también, desde sus extrañas semanas, nos convoca a vivir la Semana Santa. Nos rodea la sombra de la muerte: la morgue está abarrotada. Pero nuestra fe nos dice que Alguien que nos ama nos promete que en este mes de abril, en este año para el recuerdo, aunque el miedo nos acecha, también brotará a borbotones la vida. Porque el que nos precede en todo, ya derrotó la curva de la muerte y salió del sepulcro y nos grita: «¡Yo soy la Resurrección y la vida, quien cree en mí no morirá para siempre!».

En este Triduo Santo, Dios Padre, nos dispensa de ir al sepulcro, como María Magdalena, para embalsamar con nuestro amor el cadáver del Señor. El Resucitado acorta la larga espera y sale a nuestro encuentro para llenarnos de vida. Quedaremos sorprendidos porque Alguien, a quien no vemos, ha puesto nuestro nombre en sus labios. Y, al oírlo, nosotros uniremos nuestra voz a la voz de la pecadora redimida por el Señor y, también, exclamaremos: «¡Maestro!», como un grito de amor, como una confesión de fe. Porque al sentir nuestro nombre en su boca, el amor se renueva y se produce el reencuentro con Jesús, ya Resucitado. Y nuestro corazón se inunda de alegría.

En abril, en este irregular abril, cuando ya el azahar endulza la mirada, celebramos «la fiesta de las fiestas» porque el Señor ha resucitado. Así se llama a la Pascua en una antigua liturgia oriental: «Fiesta de las fiestas», porque sólo en ella se puede fundar una fiesta verdadera. Pero, en esta Semana Santa, que quedará en la historia, en este mes de abril, de infausta memoria, ¿podemos hablar de alegría?

La fiesta lleva a la alegría. Pero ¿cuál es su fuente? Si miramos a nuestro alrededor solo hay razones para la tristeza. Si miramos al Resucitado, encontramos motivos para la alegría: la vida ha derrotado a la muerte. Si Cristo no hubiese resucitado, la muerte seguiría teniendo la última palabra sobre la vida y las fiestas de los hombres terminarían tarde o temprano con el sabor amargo de una muerte anunciada, agazapada y amenazadora, contando las horas. La noticia de la Pascua del Señor rompe las cadenas de la muerte, el círculo cerrado de la desesperanza y lanza a una espiral de alegría a los seguidores de Jesús, los testigos presenciales de entonces y los que hoy seguimos su Evangelio; una curva ascendente que desciende y alcanza a todo hombre y a toda mujer de buena voluntad. Decía santa Teresa: «un cristiano triste es un triste cristiano». El cristiano sabe cuál es la fuente de su alegría, «aunque es de noche»: el encuentro con el Resucitado, que lleva nuestro nombre en sus labios como un beso.

Queridos hermanos y hermanas: os invito a vivir intensamente esta Semana Santa, a través de la TV. Nuestra imperativa y fría ausencia, debe acrecentar el deseo de un pronto encuentro al calor de nuestra comunidad. Hagamos acopio de amor en nuestro hogar para vivir con intensidad esta Semana Santa virtual: en el Domingo de Ramos, que las palmas y el olivo sean nuestras manos alzadas y entrelazadas en familia; el Jueves Santo, renovemos el ardor de nuestra comunión espiritual y convirtamos nuestro hogar en un Monumento de amor a Dios y caridad fraterna; el Viernes Santo, entronicemos en nuestras casas el crucifijo de nuestro hogar, y acompañemos con nuestra memoria todos los crucificados y muertos por el odio del virus; vivamos un Sábado Santo de espera, acompañando la soledad de María, rezando en familia los Misterios Dolorosos del Santo Rosario. Y aguardemos inquietos, con la inocencia de otra noche de Reyes, la llegada de la Buena Noticia del Domingo de Resurrección, el primer día de la semana.

¡Felices Pascuas! Aunque este mes de abril nos inunda con razones para la tristeza, la noticia de la Resurrección del Señor nos colma de motivos para la alegría porque sabemos y saboreamos cuál es su fuente. La Pascua, como las aguas mil de la lluvia de primavera será también este abril un torrente infinito de gracias. En este singular mes de abril, estamos llamados a convertirnos en apóstoles de la alegría… Salgamos a los balcones de nuestras casas y aplaudamos y gritemos la Buena Noticia: ¡Cristo ha resucitado! ¡La muerte ha sido vencida!

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Alfonso Crespo Hidalgo

Alfonso Crespo

Párroco de San Pedro Apóstol de Málaga