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Ante la pandemia, en el Domingo de Ramos

Publicado: 04/04/2020: 1020

La Comisión Ejecutiva de la Conferencia Episcopal Española ha hecho pública una nota en relación a la situación de alarma que ha provocado la pandemia y con motivo de la celebración de la Semana Santa

1. «Tú que habitas al amparo del Altísimo, di al Señor: Dios mío, confío en ti» (Sal 90, 1-2). En  estos  tiempos  de  extrema  dureza, queremos mostraros nuestro  gran  afecto  y dirigiros con sencillez una palabra de ánimo y esperanza, apoyándonos confiadamente en Dios. Somos discípulos de un Dios que tiene entrañas: se conmovió por Lázaro, su amigo fallecido, por el hijo de la viuda o la hija del centurión, consoló a los tristes y curó a los enfermos y dio su vida en la Cruz para ofrecernos una vida nueva y eterna, como celebramos en la Semana que se inicia este Domingo de Ramos.

2. Vivimos  un  tiempo  desconcertante para  el  que  no  estábamos  preparados. Sin embargo,  en  medio  de  la  prueba  que  supone  esta difícil situación,  estamos  viendo múltiples historias  de  santidad y variados  ejemplos  de  entrega y  heroísmo, que muestran  cómo  el  ser  humano  es  capaz  de superar grandes desafíos, sirviendo  a los demás con amor, generosidad, fortaleza y sacrificio. Son como «ángeles a quienes Dios ha dado órdenes para que te guarden en sus caminos» (Sal 90, 11).

3. A los enfermos y sus familias os hacemos llegar nuestro afecto y oración por vuestra pronta   recuperación. Reconocemos   con   gratitud   la entrega   generosa de los profesionales de la salud, plenamente volcados en la atención médica y humana a los enfermos,  así  como la  delos  equipos  de  investigación  que  buscan  soluciones  a  la pandemia.  También queremos  mostrar nuestra  cercanía y apoyo a los  ancianos  y a quienes  viven  en las residencias de mayores. A ellos, garantes de nuestra sabiduría e historia, les debemos todo en nuestra vida y es el momento de devolver tanto amor y sacrificio. Nuestro agradecimiento a  quienes se empeñan vivamente en cuidarles con cariño y esmero.

4. Las precauciones para evitar el contagio dificultan el acompañamiento familiar a los moribundos,  lo  que  produce  un  sufrimiento  mayor. ¿No  sería  posible  producir  en nuestro  entorno  más  equipos  de  protección  que,  además  de  proteger  al  personal sanitario, permitieran la presencia de los familiares más cercanos y la debida asistencia espiritual? Sin duda, son momentos para acrecentar nuestra fe: Dios nos acompaña en el  camino  hacia  la  morada  definitiva.  Multitud  de  sacerdotes ungen  a  los  enfermos  y celebran la Eucaristía por el descanso eterno de los fallecidos, ofreciendo consuelo a sus familiares  y  amigos. En  estos  difíciles  momentos,  resulta preciosa  la  disponibilidad incansable  de  los presbíteros y  agentes  de  pastoral  para  acompañar  y  sostener  a  las familias  en el duelo con la esperanza  cristiana. Todos  estamos  llamados  en  este momento a consolar. El Señor nos pide consolar a su pueblo y hacerle presente con el bálsamo de la misericordia, que se puede expresar en gestos pequeños: una llamada, un mensaje, una oración.

5. La avalancha de contagios pone a prueba la capacidad asistencial de la red sanitaria. En este sentido, la Pontificia Academia para la vida nos dice: «tras haber hecho todo lo posible  a  nivel  organizativo  para  evitarse  el  racionamiento,  debe tenerse  siempre presente  que  la  decisión  no  se  puede  basar  en  una  diferencia  en  el  valor  de  la  vida humana  y  la  dignidad  de  cada  persona,  que  siempre  son  iguales  y  valiosísimas.  La decisión  se  refiere  más  bien  a  la  utilización  de  los  tratamientos  de  la  mejor  manera posible  en  función  de  las  necesidades  del  paciente [...]. La  edad  no  puede  ser considerada como el único y automático criterio de elección, ya que si fuera así se podría caer en un comportamiento discriminatorio hacia los ancianos y los más frágiles. [...] El racionamiento  debe  ser  la  última  opción.  La  búsqueda  de  tratamientos  lo  más equivalentes  posibles,  el  intercambio  de  recursos,  el  traslado  de  pacientes  son alternativas que deben ser consideradas cuidadosamente, en la lógica de la justicia. La creatividad también ha sugerido soluciones en condiciones adversas que han permitido satisfacer las necesidades, como el uso del mismo respirador para varios pacientes. En cualquier  caso,  nunca  debemos  abandonar  al  enfermo,  incluso  cuando  no  hay  más tratamientos   disponibles:  los   cuidados   paliativos,   el  tratamiento   del   dolor   y   el acompañamiento  son  una  necesidad  que  nunca  hay  que  descuidar» (Pandemia  y fraternidad Universal, Nota sobre la emergencia Covid-19, 30 de marzo de 2020).

6. Nuestra gratitud a los sacerdotes, diáconos, consagrados y laicos por su dedicación pastoral: celebrando  la  Eucaristía  y  orando  por  tantas  necesidades, atendiendo  a  las familias y a las personas que viven solas, acompañando a los enfermos y sus familiares, impulsando obras  educativas  y  sociales, sirviendo  generosamente en  los  hospitales y residencias  de  mayores,  alentando  a  los  profesionales  sanitarios  y  a  los  voluntarios, trabajando en programas y centros de atención a los más necesitados y vulnerables de la sociedad. No nos olvidamos tampoco de los monasterios de vida contemplativa que con su oración ante Dios mantienen viva la llama de la esperanza.

7. Agradecemos el esfuerzo de las familias que vuelven a mostrarse como el principal apoyo  en  toda  circunstancia; también  el  de  tantos  voluntarios  que  se  entregan  al servicio de los demás; y el de las fuerzas y cuerpos de seguridad, bomberos, transporte sanitario,  farmacéuticos,  empresas  y  empleados  de  servicios  básicos  y  multitud  de trabajadores que hacen posible que nuestras vidas puedan seguir adelante. Como nos decía el Papa Francisco: «Es la vida del Espíritu capaz de rescatar, valorar y mostrar cómo nuestras  vidas  están  tejidas  y  sostenidas  por  personas  comunes —corrientemente olvidadas—que  no  aparecen  en  portadas  de  diarios  y  de  revistas,  ni  en  las  grandes pasarelas   del   último   show   pero,   sin   lugar   a   dudas,   están   escribiendo   hoy   los acontecimientos decisivos de nuestra historia [...] (estas personas) comprendieron que nadie se salva solo» (Homilía en la oración por la Pandemia, 27 marzo 2020).

8. La pandemia agrava el sufrimiento de los más vulnerables, empobrecidos y en riesgo de exclusión. La ayuda de la Iglesia operada por las Caritas diocesanas y parroquiales, junto  a  otras  instituciones  de  Iglesia y entidades  sociales  se  multiplica  para  socorrer eficazmente  a  quienes  se  ven  sumidos  en  pobrezas  materiales,  familiares  y  sociales. Vaya  nuestro  apoyo  a los benefactores,  colaboradores  y voluntarios  por  su  generosa caridad, al mismo tiempo que llamamos a la contribución y participación de todos. La fraternidad alumbra esperanza, cada gesto cuenta.

9. La crisis sanitaria ha abierto una gran herida en el campo económico, laboral y social del país. Reconocemos a los poderes públicos, empresas, trabajadores, organizaciones empresariales, laborales y sociales, instituciones educativas y medios de comunicación el esfuerzo por paliar, con altura de miras y sin intereses particulares, las consecuencias de esta pandemia que genera sufrimiento y pobreza. Para salir de esta crisis vamos a necesitar más que nunca la colaboración estrecha entre el sector público y el privado, entre las instituciones civiles y religiosas. Hacemos un llamamiento a una alianza de toda la sociedad y sus instituciones en favor de este gran proyecto común.

10. La pandemia no conoce fronteras y por eso requiere particularmente una responsable y generosa colaboración, tanto a nivel nacional como internacional. Es necesario que esta ayuda alcance a países menos o poco desarrollados cuya situación se ve seriamente agravada por esta situación. Ofrecemos nuestros recursos humanos y materiales para hacer frente a este desafío. Juntos podremos superarlo y vislumbrar el futuro con esperanza. Como nos decía el Papa en su homilía de la vigilia en Roma: «todos llamados a remar juntos [...] no podemos seguir cada uno por nuestra cuenta, sino solo juntos» (Homilía en la oración por la Pandemia, 27 marzo 2020).

11. La oración constante y la confianza en la misericordia providente de Dios acrecienta nuestra fe, esperanza y caridad: «Lo protegeré porque conoce mi nombre; me invocará y lo escucharé» (Sal 90, 14-15). La Eucaristía es la oración por excelencia que nos compromete a servir a los demás. Aunque en este tiempo no podamos participar del modo habitual en la Eucaristía, el Señor se hace presente en medio de nosotros como lo hizo con sus discípulos en el cenáculo estando las puertas cerradas (cfr. Jn 20, 19).

12. Concluimos con una llamada a la esperanza, fundada en la resurrección del Señor y en su promesa: «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20). Nos encomendamos a la intercesión materna de la Virgen María. Pongámonos todos en sus manos amorosas y acojamos su invitación: «haced lo que Él os diga» (Jn 2, 5). Vivamos en la fe y en el amor. Os saludamos con gran afecto y nuestra fraterna bendición.

5 de abril de 2020, Domingo de Ramos

Diócesis Málaga

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