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Meditación junto a la Virgen en Viernes Santo

Soledad de San Pablo
Publicado: 10/04/2020: 901

Estaba la Madre junto a la Cruz del Hijo..., comenta el Evangelio. Se asemeja a un levantamiento de Acta notarial: en aquella hora de la muerte del Hijo, estaban presentes y eran testigos, María la madre de Jesús, la otra María, la de Cleofás y María Magdalena... Muchas mujeres, en el sitio exacto, en el tiempo oportuno. Y, junto a ellas, Juan, el discípulo que tanto quería.

Y venían a mi recuerdo las palabras del ángel: ¡para Dios nada hay imposible! Y suspiraba el milagro deseado: ¡que bajara de la Cruz y me abrazara!

Eres tú, Madre, la mejor testigo de esta hora. ¡Que cruces de miradas! Del Hijo volcando su amor hacia la Madre y discípula y de la Madre levantando los ojos lacrimosos hacia la Cruz, queriendo quitar con sus besos las espinas clavadas en las sienes del Hijo y Maestro. Los pies de la Cruz son una lección de fidelidad, un derroche de amor generoso. Tantos seguidores, y en la hora decisiva, sólo quedaron «los justos». Cuéntanos María, qué viviste en aquella hora; abre tu corazón partido por el amor al Crucificado y la amargura por el peso humano del pecado y comparte con nosotros tus sentimientos y emociones. Queremos ser, también nosotros, unos cirineos de la última hora y acompañar tu dolor, compartiéndolo; queremos romper tu inmensa soledad con nuestra presencia.

Y María, suspirando, nos cuenta:

«… Ciertamente fue la hora decisiva. La hora esperada y temida; la hora anunciada por los profetas; la hora que mi amor retardaba y el inmenso amor de mi Hijo la atraía. ¿Cómo comprender y aceptar también este momento dentro de la voluntad de Dios? Mirando atrás, qué fácil fue entonces el sí de la Anunciación: era el sí a Dios, el sí a la vida, el sí radical a la hora esperada desde antiguo que anunciaba la llegada del Mesías.

Pero aquella noche, a los pies de la Cruz, las dudas se amontonaban. Y recordaba aún el atrevimiento de mi pregunta al ángel la mañana del Anuncio en Nazaret: ¿Y cómo será esto? Y mi aceptación luminosa de ser Virgen y Madre, cuando Gabriel con delicadeza me susurró: ¡Nada hay imposible para Dios! Aquella noche, mis sentimientos iban de Nazaret a Belén, del anuncio de la venida a la presencia humilde del pesebre. Había nacido el Hijo de Dios, y poco a poco me atrevía a llamarle ¡Hijo mío! Era la mañana de la vida, del amor generoso de Dios Padre, que nos entrega al Hijo para hacer de la vida un derroche de redención para todos.

Aquella noche, incluso, se agolpaban en mis recuerdos los caminos de Galilea, los momentos de tertulia junto al lago, los encuentros de descanso en Betania. Oí de los labios de mi Hijo la historia de la mujer samaritana, de Zaqueo que le invitó a su casa. Incluso al final, cuando mi Hijo reclama el perdón para sus verdugos, recordé la parábola entrañable del hijo pródigo, una lección magistral de entrañas de misericordia.

Y contemplaba asustada: el mejor de los hombres, crucificado; el mejor de los hijos, el Hijo de Dios poderoso, clavado a una Cruz. Y como espadas de dolor, se iban clavando en mi pecho, las burlas del ladrón: Si has salvado a otros, sálvate a ti mismo...; si dice que es Hijo de Dios, que venga Dios y lo salve. Y venían a mi recuerdo las palabras del ángel: ¡para Dios nada hay imposible! Y suspiraba el milagro deseado: ¡que bajara de la Cruz y me abrazara!

Pero aún hay tiempo para un derroche de amor. Mi Hijo me reclama y, con el hilo de voz que aún le queda, susurra: ¡Ahí tienes a tu hijo! Y señala a Juan, el amigo y confidente. Pero mira, también, a la turba enfurecida e indiferente que contempla el espectáculo, y me los brinda como hijos engendrados y adoptados en el perdón de la Cruz. Y comprendí el milagro último de aquella hora de la Cruz. Dios lo puede todo, incluso convertir a los verdugos del Hijo predilecto en una multitud de hijos salvados de la muerte.

Y se rompió mi soledad al oír de nuevo su palabra, dirigida al discípulo Juan y en él a cada hombre y mujer: ¡Ahí tienes a tu Madre! Y el discípulo me brindó su casa. Desde entonces, el amor es la llave que abre el corazón de los hombres. No entendí la muerte pero, viniendo de Dios, mi Hijo me enseño a aceptarla, desde la tarde que le encontré perdido en el templo y, al encontrarle, me dijo: ¡tengo que ocuparme de las cosas de mi Padre! Y yo sabía la encomienda; salvar al mundo, recuperar a cada hijo y llevarlos de nuevo a la casa del Padre.

La Cruz es un pregón hecho palabra que anuncia, con la firma de la vida, que Dios cumple su promesa: todos hemos sido rescatados por la Cruz salvadora de mi Hijo. Todos tenemos ya sitio en su casa. Y desde aquella noche, Dios vuelve a ser llamado Padre, como nos enseñó en la intimidad el Maestro. Y yo me siento Madre de todos, cumpliendo el encargo último de mi Señor. Desde aquella hora de la Cruz, nadie es huérfano.

Aguardad, hijos: la aurora del domingo vencerá la noche de cada viernes de dolores y anunciará que la cruz florece en vida y resurrección. Porque la cruz…  nunca es la última palabra».

Alfonso Crespo Hidalgo. Sacerdote diocesano

Diócesis Málaga

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