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Salvador Calvo: «La Iglesia está ayudando a mucha gente a salir adelante»

Publicado: 22/07/2020: 3082

Más de un millón de espectadores han ido a verla en salas de cine, es número uno en el ranking de películas más taquilleras de este difícil año 2020 y la plataforma Netflix la tiene ahora también entre sus películas más vistas. Se trata de Adú, un film cuya trama transcurre en gran parte en nuestra diócesis de Málaga, concretamente en la ciudad autónoma de Melilla. Adú es una historia impactante y tremendamente humana que nos acerca a la realidad de las migraciones desde diversas perspectivas y que nos puede ayudar muy mucho a reflexionar sobre la terrible situación en la que viven hermanos nuestros a tan solo unos metros de nosotros: lo que mide la anchura de la valla de Melilla. Salvador Calvo (Madrid, 1970) es su director.

Adú es una historia basada en casos reales que conoció de primera mano ¿Cómo fue?

Todo surgió en Canarias, mientras estaba haciendo mi anterior película, “1898”. Mi pareja me acompañó durante el mes y medio de trabajo que estuvimos allí y empezó a colaborar con CEAR, Comisión Española de Ayuda al Refugiado, conociendo muy de cerca la realidad de las pateras que llegaban a Canarias diariamente. Por las noches, me contaba los casos que habían llegado al centro y eran historias humanas que realmente te encogían el corazón y te impactaban. Hubo dos que lo hicieron especialmente. Una, la de un niño con seis o siete años. Venía acompañado de sus supuestas madre y hermana pero, a los pocos días, se descubrió que no eran tales y que en realidad la mujer pertenecía a una red de tráfico de órganos. Lo que hacía era vender a los niños. Los desguazaban para abastecer un mercado terrible y terrorífico de tráfico de órganos que hay en Europa. Ese chaval terminó en un orfanato y ella detenida. Pero me impactó muchísimo porque conocí al niño en persona.

El otro caso debió ser el de Massar, el otro héroe de la película…

Era un chaval de 14 o 15 años, que había tenido que huir de Somalia porque su tío, que era un señor de la guerra y todopoderoso, se colaba en su habitación todas las noches, con sus amigos, para violarlo. él se lo contó a su padre, que le dijo: “mira, tu tío tiene mucho poder. Si decimos algo, nos matará a los dos. La única solución que yo le veo es ayudarte a escapar”. Y, efectivamente el chaval atravesó el Sáhara, llego hasta Marruecos y ahí, prostituyéndose, consiguió pagar la patera por cuyo pasaje las mafias le cobraron unos 3.000 euros, que son cantidades escalofriantes para esta gente. A los 10 días de llegar por fin a Canarias, se murió de sida. Al chaval lo conocí en persona y me decía: “Salva, no me puedo creer que ahora que sé lo que es vivir, me vaya a morir”. Y es que la vida (se emociona) muchas veces es así. Realmente me impactó muchísimo. Y me dije: “hay que intentar contar estas historias para que la gente, lejos de escuchar en los telediarios las cifras de las migraciones, sepan que detrás de esas cifras hay caras, hay personas”.

Así que se las conté a Alejandro Hernández, el guionista con el que trabajo, y me dijo: “¿y por qué no hacemos que estos dos niños se junten por el camino y se conviertan en una especie de Huckleberry Finn y Jim los dos personajes de la novela de Mark Twain?”. Y así es como los dos personajes se convierten, más que en amigos, en hermanos.

Ha conseguido que millones de personas vean una película sobre una realidad que no queremos ver. ¿En qué medida cree que el cine puede ayudarnos a hacer un mundo mejor?

A mí siempre me ha gustado la idea de que el cine es un arma social que llega, que tiene un lenguaje muy directo y que puede impactar a muchas personas. Una de mis películas favoritas es “La misión”. Esa historia de cómo la religión tiene que estar con los pobres. Me gustaría, no digo concienciar, pero sí por lo menos que, después de ver la película, la gente se pregunte cosas. Un productor amigo mío fue a ver la película y me dijo: “mira Salva, el otro día vi tu película y, al día siguiente, me crucé con el mantero con el que todos los días me cruzaba y a quien no le había dirigido la palabra nunca en mi vida. Y esta vez me paré, le pregunté que de dónde venía, que cuánto tiempo llevaba aquí y, a partir de ahí, nos saludamos a diario. Incluso me cuenta sus cosas y yo le cuento las mías”. Eso ya para mí es suficiente. Que alguien deje de verlos como objetos y que empiece a verlos como personas.

En Melilla, donde está grabada parte de la película, las organizaciones eclesiales están muy comprometidas con la ayuda a las personas migrantes. También los misioneros en los países de origen tratan de ayudar al desarrollo de aquellas naciones… ¿Cómo valora el papel de la Iglesia en este drama humano?

Me parece fundamental. La Iglesia siempre ha estado ayudando, pero ahora mismo parece que más con esta Iglesia moderna, con este nuevo papa que me encanta. La Iglesia está de verdad ayudando a mucha gente a salir adelante, sea de la religión que sea y de la condición que sea. Hace muchos años estuve en la India con unos jesuitas. Fui a hacer un reportaje sobre la pobreza infantil. Estuve viendo el barrio rojo, donde estaban las prostitutas y los niños que atienden estos religiosos, estuvimos viéndo las leproserías… Realmente sitios muy impactantes. Lo que más me impresionó es ver cómo estos jesuitas estaban entregados a la causa. Estaban ahí, jugándose la vida por ayudar a esta gente y cómo la gente respondía. Me pareció fascinante.

Ya que ha hecho referencia al Papa Francisco, él habla de la importancia de dar espacio a la ternura en nuestro mundo, de reconocer el sufrimiento del otro, un sentimiento que la sociedad nos pide reprimir pero que yo creo que Adú fomenta. 

Una de las cosas que ha hecho que la película haya tenido tanto éxito es que toca la fibra sensible y te emociona. Siempre he creído que el cine es emoción. Cuando voy a ver una película, sea de terror o una comedia, lo que quiero es que me emocioné para un lado o para otro, que me haga reír o que me haga llorar o que me haga sentir miedo. Eso me parece fundamental, porque cuando uno ve una película vive una experiencia y esa experiencia siempre tiene que ver con lo emocional.

La película no cae en maniqueísmos sino que refleja las contradicciones humanas, la continua lucha entre el bien y el mal de cada uno de nosotros. Retrata muy bien el difícil papel que les toca a los agentes de la Guardia Civil.

En este mundo no creo que haya solo buenos y malos. Hay muchas veces que estos agentes no tienen la capacidad ni los medios para poder hacer nada. Lo que tienen es un problema, un problema muy gordo, un “marrón” como lo llama alguno de los personajes. Toda esta trama la hicimos en colaboración con la Guardia Civil y ellos estuvieron contándonos casos que habían sufrido y cómo muchas veces les decían que la solución no es que subamos más la altura de la valla, ni que pongamos cepos, ni que pongamos electricidad o gas lacrimogeno; mientras siga existiendo esa pobreza en estos países, la gente va a querer seguir aspirando a una vida mejor o al menos a poder sobrevivir. Estas medidas de contención, nos decían, lo único que hacen es ponernos a nosotros y a ellos en peligro. Es una situación que no es tan fácil.

Antonio Moreno Ruiz

Antonio Moreno Ruiz. Periodista de la diócesis de Málaga

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