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Rafael Torronteras: «La defensa de la vida es un debate encendido»

Rafael Torronteras, profesor de Biología Celular
Publicado: 13/08/2017: 1651

Rafael Torronteras es profesor de Biología Celular de la Facultad de Ciencias Experimentales de la Universidad de Huelva. Recientemente, visitó Málaga para hablar sobre los retos de la biotecnología.

¿Cuáles son los retos de la biotecnología?

En las últimas décadas, hemos asistido a la consecución de una serie de descubrimientos científicos que cambian radicalmente las circunstancias en las que han de desenvolverse ciencias como la medicina y biomedicina, la biología o la genética. La consecución de hitos de gran calibre como las nuevas técnicas de reproducción asistida, la terapia génica, el descubrimiento y uso de las células troncales (mal llamadas, células madre), técnicas de reproducción humana homóloga y heteróloga en laboratorio, el desarrollo del Proyecto Genoma Humano, de clonación de animales, la experimentación científica con embriones humanos con fines terapéuticos o eugenésicos etc., todos estos hitos están modificando muchas de nuestras ideas sobre el futuro de la biotécnología, y sobre todo nuestra idea sobre lo que es posible y lo que no. Estamos, de nuevo, ante el paradigma de la ciencia entendida como fuente de progreso ilimitado e infinito. Y todo ello, porque es precisamente la biotecnología el puente que está permitiendo el tránsito desde una ciencia descriptiva de la vida hacia una ciencia activa en el uso de lo vivo, porque ahora el conocimiento se adquiere mediante una intervención incisiva y decidida en la vida misma, también en la vida humana.

¿Es todo lo técnicamente posible, ética y moralmente aceptable?

Las enormes posibilidades que se abren ante nuestros ojos son motivo de alegría y optimismo (mejorar la salud, solucionar enfermedades, hacer más fácil la vida, etc.). Pero, por otro lado, surge inevitablemente la inquietud hacia los posibles desastres a los que podría abocarnos una mala interpretación de los valores en juego o, simplemente, un uso inadecuado de estos nuevos conocimientos y de las tecnologías que surgen a la luz de los mismos. El descubrimiento por ejemplo del DNA, la molécula que encierra todas las instrucciones para que nuestro cuerpo se desarrolle completamente a partir de una única célula embrionaria, y a partir de ahí, la sucesiva carrera de las técnicas de ingeniería genética, cuya etapa más fascinante es el «Proyecto genoma», ha dado lugar en las últimas décadas a cuestionarnos problemas éticos de importante relevancia y transcendencia para el ser humano, que antes no nos habíamos planteado. La importancia de estos hechos es de gran transcendencia precisamente porque plantea problemas sobre el futuro de la vida, de la dignidad del hombre y de la humanidad, se ha producido un aumento tal de técnicas de investigación capaces de intervenir en la vida, que se ha vuelto inevitable hacerse esa pregunta, si todo lo que es técnicamente posible puede ser éticamente justificable, y dentro de qué límites. Y ello se debe a que es la tutela de los valores más profundos sobre la vida humana los que se pueden encontrar en entredicho. La defensa de la vida y la dignidad del hombre se encuentran en el centro de los debates más encendidos en los parlamentos, sociedades científicas, organismos nacionales e internacionales. Y se ha ido creando una línea divisoria entre aquellos que ponen el acento en el respeto por la dignidad de la persona y de la vida humana y aquellos que en cambio pretenden ver en una determinada concepción de la libertad de investigación el criterio último y suficiente para justificar éticamente y legalmente los experimentos sobre el ser humano en particular, y sobre la vida en general. No obstante, he de decir que ha sido la conciencia ética de la inmensa mayoría de los científicos, y de muchos otros miembros de la sociedad (políticos, filósofos, religiosos, sociólogos, etc.) ante el propio desarrollo biotecnológico lo que ha llevado, inevitablemente, al nacimiento de dos nuevos saberes, la Bioética y el Bioderecho, que podrían definirse como las ramas de la Ética o del Derecho que se ocupan de las ciencias de la vida. El nacimiento de estas nuevas disciplinas, se debe, por tanto, a la necesidad de afrontar nuevos retos. Así, la Bioética se dirige tanto a la resolución de problemas éticos hasta ahora desconocidos como a la necesidad de reconsiderar algunas de nuestras construcciones conceptuales. Para el Bioderecho, en cambio, la cuestión clave se centra en la posible aparición de nuevos derechos subjetivos o la elevación de según qué bienes a la categoría de bienes jurídicos.

¿Es la persona el centro de la investigación?

Hasta entrado el siglo XX, se mantuvo en pie el paradigma que identificaba todo avance científico con un progreso indiscutible para la humanidad. La persona no se consideraba a sí misma como parte de la naturaleza, sino como “algo diferente” a ella, llamada a "dominarla". A partir de los años noventa, se advierten nuevos cambios. Por un lado, recobra fuerza la convicción de que el desarrollo de la humanidad depende, básicamente, del desarrollo científico y tecnológico. No obstante, ahora adquiere vigor en un contexto distinto, marcado, en gran medida, por el economicismo y el individualismo. Ahora ya no encontramos una fe en la ciencia, entendida como instrumento para alcanzar un mundo más humano, sino que, en muchos casos, lo que se pretende es conseguir, precisamente, un mundo mejor que humano. El cambio es radical, en la actualidad, las ciencias experimentales ya no se dedican, pasivamente, al estudio y profundización en el conocimiento sobre el fenómeno global de la vida, sino a intervenir activamente en la vida. Sin embargo, ciertamente la persona, su vida, su dignidad y el respeto hacia ella deben estar en el centro de toda investigación, especialmente si se trata de una investigación clínica. Por ello, la Bioética establece, en toda investigación realizada con seres humanos, tres principios básicos: respeto por las personas, beneficencia y justicia. Las personas deben ser tratadas de una manera ética no solamente cuando se respetan sus decisiones y se les protege de cualquier daño, sino también cuando se procura su bienestar. Y es en este último caso cuando se les está aplicando el “principio de beneficencia”, entendido en su sentido más estricto de obligación y no de caridad. Y finalmente, con el “principio de justicia” se plantea la cuestión de quién debe recibir los beneficios de una investigación y quién debe soportar sus cargas, entendiendo el término justicia como “honestidad en la distribución” o “a lo que se tiene derecho”. Si se respetan estos principios éticos en una investigación se estará poniendo a la persona como el centro y objetivo principal de la misma, evitando así un mero uso economicista y comercial del ser humano con el pretexto del desarrollo y avance científico en el conocimiento de la vida.

¿Por qué se piensa que la moral es una traba al avance científico?

Es cierto que quizás tengamos que hacer pedagogía entre algunos sectores de la sociedad actual para informar y convencer de que la moral y la ética no suponen ninguna traba para el avance científico, siempre y cuando la ciencia en su desarrollo tenga presente tanto en sus procedimientos como en sus objetivos el primero de los derechos humanos, cual es el máximo respeto a la dignidad de las personas.
Todo el mundo conoce perfectamente la diferencia entre libertad y libre albedrío. Una sociedad civilizada y avanzada debe permitir la investigación y el desarrollo del conocimiento con la máxima libertad, pero no con el máximo albedrío. Creo que si preguntamos, todo el mundo sabría diferenciar perfectamente entre el libre albedrío con el que se llevaban a cabo las investigaciones científicas en el régimen nazi, por ejemplo, a diferencia de la libertad con el que las investigaciones biomédicas de hoy en día se llevan a cabo bajo los principios bioéticos ─ que las distintas sociedades científicas, los gobiernos democráticos, distintos organismos nacionales e internacionales nos han dado─  y que tienen como máxima el respeto a la dignidad de las personas, sin que ello suponga una merma en el desarrollo científico.
No creo que esa conciencia ética universal de tanta gente (científicos y no científicos) que permitió promover, por ejemplo, el Código de Nuremberg (1947) ─redactado como consecuencia del juicio a los criminales de guerra de la Alemania nazi─, el Informe Belmont (1979), la Declaración de Helsinki (1964, 2000), el Convenio Europeo de los Derechos Humanos y de la Biomedicina (Oviedo, 1997), los códigos de la Conferencia de Valencia (1990) y la de Bilbao (1993), promovidas ambas por el Prof. Santiago Grisolía, sobre los aspectos éticos y jurídicos del Proyecto Genoma Humano, etc., no creo que todas estas declaraciones y códigos éticos internacionales sobre las investigaciones científicas, sobre sus procedimientos y sus objetivos, tengan como fundamento último el poner trabas al avance científico. Considero más bien que han tratado de concienciar a todo el mundo de que el desarrollo científico no se debe conseguir a cualquier precio y, sobre todo, poniendo en riesgo los valores fundamentales del respeto al ser humano y a su dignidad.

¿Puede ser la libertad de investigación el criterio último y suficiente para justificar éticamente y legalmente los experimentos sobre el ser humano?

El pragmatismo científico y/o comercial, a veces, pretende hacernos ver que sí. Por otra parte, ciertamente, podríamos preguntarnos qué habría ocurrido en la humanidad si Jenner o Pasteur no se hubieran arriesgado a ensayar sus vacunas; o si le hubieran puesto trabas al desarrollo de sus investigaciones. Pero la llamada a la Ética, a través de los distintos Comités nacionales e internacionales de Bioética, también nos interpelan a preguntarnos lo siguiente: ¿es lícito y está justificado el promover y garantizar en las investigaciones científicas el respeto y la tutela de la vida humana y de su dignidad? ¿Qué postura deben tomar la comunidad científica y la sociedad ante determinadas investigaciones? ¿Deben los comités de bioética permitir, desaconsejar o prohibir ciertas investigaciones? ¿Quién debe decidir? Como decía Stetten, a la hora de tomar una decisión los especialistas implicados en el problema (no sólo los biólogos, sino también los moralistas, filósofos, sociólogos, psicólogos y legisladores) han de tener en cuenta el haber y el debe, los pros y los contras, no sólo en la realización de cierta investigación, sino también de la no realización de la misma.
Aquí es cuando parece necesario señalar que este llamamiento a la Ética en el desarrollo de la biotecnología no es una opción filosófica exclusivamente, ni siquiera es una opción basada en un moralismo religioso exclusivamente. Sino que se trata de una exigencia de carácter universal y. al mismo tiempo, científica, ética y jurídica, porque “está basada en la realidad ontológica universal de la naturaleza humana y en sus derechos inalienables, que ponen justos límites, y al mismo tiempo, abren amplias perspectivas al laudable desarrollo de la ciencia en general”, y de la biotecnología en particular.

¿Qué le aporta la ética a la ciencia?

La reflexión ética surge con dos objetivos principales; la de alertar de posibles riesgos y, en relación con él, establecer un principio de precaución a la hora de desarrollar cualquier avance tecnológico y/o científico.
Cualquier actividad humana, también la experimentación científica, conlleva un cierto riesgo que ha de ser evaluado en función de los beneficios que tales actividades puedan aportar. Nunca existe el riesgo cero, eso es cierto. Sin embargo, hay quien pone como ejemplo que si los científicos implicados en el Proyecto Manhattan hubieran aplicado ciertos principios éticos a la hora de desarrollar su proyecto, y hubieran tenido la precaución de evaluar sus riesgos, no hubiera habido Hiroshima ni Nagasaki. Y en relación con el riesgo, es importante hacer hincapié otra vez en el principio de precaución, que fue el caballo de batalla en la reunión de Montreal (2000) de la cual salió el protocolo internacional de bioseguridad.
En este contexto, ha venido sucediendo siempre que las normas éticas y jurídicas van a remolque de los hechos científicos. No obstante, no siempre ha sido así. Afortunadamente la conciencia de muchos científicos está fundamentada en normas éticas y morales objetivas y universales, y que han servido en muchos casos para establecer medidas apropiadas de seguridad y prevención.
Por otra parte, un ejemplo importante de lo que la aplicación de los conceptos bioéticos a las nuevas técnicas biotecnológicas han aportado lo podemos encontrar en el caso de la creación de la doctrina de los Derechos Biológicos de las personas y de especie humana como tal. Doctrina que ha permitido arbitrar los medios legales y la formación de la conciencia pública necesaria para lograr la protección eficaz de esos Derechos Biológicos. Entre ellos tenemos el derecho a la integralidad, a conocer su propio origen biológico, a la existencia, a la intimidad genética, derecho a saber, a no saber, a la individualidad biológica, derecho a ser fecundado y gestado de manera natural, a la investigación de la paternidad, a los derechos reproductivos, a sobrevivir, y el derecho a la identidad indiscutible. A estas facultades jurídicas se les ha llamado Derechos Biológicos, que son «aquellos cuyo goce es reconocido a las personas en cuanto sujetos protagónicos y responsables de la evolución biológica natural de la especie humana y su medio ambiente» (Matozzo, 1996).
Precisamente es desde la ética, primeramente, desde donde se ha dado paso al reconocimiento posterior del papel fundamental que juega el Derecho a la hora de abordar los temas bioéticos y los nuevos conceptos jurídicos, como el de persona, que están en plena reelaboración, con el ánimo de trazar las líneas rojas mínimas para que exista compatibilidad entre los avances biomédicos-biotecnológicos y el respeto a la dignidad y el reconocimiento del ser humano y de los valores que deben ser asegurados y respetados.

Encarni Llamas Fortes

Encarni Llamas Fortes es esposa y madre de tres hijos. Periodista que desarrolla su labor profesional en la delegación de medios de comunicación de la Diócesis de Málaga. Está cursando estudios teológicos en el Instituto Superior de Ciencias Religiosas y realizando el Máster de Pastoral Familiar del Pontificio Instituto Juan Pablo II.

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