DiócesisHomilías Mons. Buxarrais

Clausura de la XXXV Semana Social de España

Publicado: 21/12/1986: 439

Homilía (1986)

 Queridos Sr. Arzobispo, Sres. Obispos, Semanistas y Diocesanos:

En el IV Domingo de Adviento, celebrando el Centenario del que fue Obispo de esta Diócesis y Cardenal de la Santa Iglesia Católica, Emmo.Mons. Ángel Herrera y Oria, clausuramos la XXXV Semana Social de España.

La celebración del misterio del Nacimiento de Jesucristo está cerca. La Palabra de Dios nos invita a contemplar a nuestro Salvador como al Hijo de David, en quien la historia del pueblo escogido llega a su pleni­tud. Nos lo presenta, también, como el “Emmanuel”, el Dios con noso­tros, expresando así la maravillosa realidad de la salvación ofrecida a toda la humanidad. Y, finalmente, como el cumplimiento de las promesas de Dios, «el siempre fiel».

En el Antiguo Testamento los profetas anunciaron la llegada del Mesías. En los albores del Nuevo, José, el varón justo, hizo posible que el Hijo de la Virgen apareciera dentro del marco histórico con una paterni­dad legal. Pablo, junto a los demás apóstoles, proclamó la salvación del Señor por el ministerio de su palabra, iniciando así la andadura histórica del nuevo pueblo de Dios.

La Iglesia actualiza la presencia de Jesús evangelizando, catequizan­do, celebrando los sacramentos. Y así potencia y purifica la convivencia de los hombres a través de personas y hechos concretos.

Hoy, al concluir los actos del Centenario del nacimiento del Carde­nal malagueño, queremos agradecer a Dios de una manera especial elque un día llamara, consagrara y nos enviara a Don Ángel como Pastor de esta Iglesia particular, alentando a sus cristianos con la claridad de su palabra y estimulándoles con la fuerza de su testimonio.

Mons. Herrera y Oria hizo realidad el lema de su escudo episcopal: «Orationi et ministerio Verbi». Fue un contemplativo y un estudioso de la Sagrada Escritura; la tenía asimilada de tal manera que cuando la pro­clamaba era capaz de transmitir su profundo convencimiento a centena­res de malagueños que, domingo a domingo, llenaban esta catedral, más otros miles que escuchaban sus homilías a través de la radio.

La predicación de la palabra de Dios, junto a su preocupación pas­toral por las necesidades sociales, fue la vertebración de su ministerio episcopal. Y quiso que lo fuera también de sus sacerdotes y seminaristas, a quienes exigía prepararse de un modo singular para la predicación y la sociología.

Dn. Ángel jamás entendió la Palabra de Dios como simple y abs­tracta teoría. Quiso, por decirlo de alguna manera, que su predicación tomara cuerpo, se encarnara; que fuera eficaz y creativa. De ahí su empe­ño en buscar, formar y comprometer a militantes cristianos que, llenos de vida interior y conocedores de la doctrina social de la Iglesia, fueran audaces, realistas y prácticos a la vez. La creación de la Asociación Católi­ca Nacional de Propagandistas es buen testimonio de todo ello.

El mismo Cardenal pasó de la palabra a la acción. Aquí tenemos las barriadas que él promovió para familias de escasos recursos económicos. Aquí están todavía las noventa Escuelas Rurales, de las más de doscientas sesenta y cinco que él fundó para los niños y niñas del campo malague­ño.

Como homenaje a ese hombre extraordinario, convencido militante y dirigente cristiano primero, celoso sacerdote después y gran obispo y cardenal más tarde, la Junta Nacional de las Semanas Sociales de Españaha querido unirse al Centenario del nacimiento de Dn. Ángel, celebran­do en Málaga la XXXV Semana Social. En nombre de la Diócesis se lo agradezco de todo corazón.

Prestigiosos profesores, entre los que se cuentan colaboradores yalumnos de Dn. Ángel, Semanistas llegados de varios puntos de España, así como un buen número de malagueños, han estudiado y dialogado sobre los retos sociales de la España actual, partiendo del pensamiento del Cardenal.

Una vez más, como hiciera en su tiempo Dn. Ángel, hemos consta­tado con preocupación, como nuestra sociedad continúa agrietada por las divisiones, zarandeada por egoístas y rastreras manipulaciones, en­sangrentada por una incomprensible violencia física y moral a la vez. Nos damos cuenta que vivimos en una España donde unos pocos tienen mucho y otros, los más, tienen poco o casi nada; donde unos disponen de muchos medios económicos, culturales, técnicos, políticos y morales, mientras la mayoría vive en la pasividad que más tarde puede convertir­se en agresividad. Esta España está muy lejos de ser aquel ancho y acoge­dor hogar con el que soñaba Dn. Ángel, donde todos pudieran sentarse libremente en la mesa del trabajo, del pan, de la cultura y de la fe. Esta es la España que los católicos tenemos delante, y que se nos presenta como un reto desafiante. Es dentro de esta sociedad donde las personas de fe debemos actuar como luz, sal y fermento.

España se nos presenta como exigencia. Y ante ella, contando hon­rosas excepciones, la gran mayoría de los católicos reaccionamos lenta, pasiva o negativamente. Un cierto complejo de inferioridad ante otras ofertas sociales, nos impone el silencio; una falsa prudencia que a veces es vergonzosa apatía nos escuda en el desinterés; una cobardía que nace de la comodidad, nos paraliza. No es que queramos levantar banderas con­tra nadie; simplemente queremos ofrecer a nuestros compatriotas el cau­dal original de nuestra doctrina y de las directrices prácticas que emanan de ella, para construir entre todos una sociedad justa y libre, donde cada persona pueda vivir con dignidad.

Es hora de asimilar vitalmente el Evangelio, los escritos de los san­tos padres, los grandes teólogos y la doctrina social de la Iglesia, de tal manera que se conviertan para cada uno de nosotros en una fuerza dinamizadora capaz de transformar en mejor el mundo en el que vivi­mos.

Es hora, sobre todo, de volver a leer con atención y ánimo dispues­to las grandes encíclicas Mater et Magistra, Pacem in Terris, Ecclesiam suam, Populorum Progressio y la carta apostólica Octogesima Adveniens. No hay en el mundo ninguna institución humana que tenga, como noso­tros tenemos, un conjunto de ideas tan claras y bien trabadas, a la par que tan abiertas al futuro, de las que emergen claros principios éticos, mediante los cuales nuestra sociedad, aun aquella parte de la misma que no comparte nuestra fe, podría hacer en pocos años auténticos progresos de cara a una convivencia humana más justa y feliz.

En parte depende de nosotros. La oferta se nos ha hecho. Es mo­mento de decisión. Se necesitan cristianos generosos, preparados y auda­ces que desde el campo, las minas, las fábricas, la Administración, la Uni­versidad,... sirvan a la sociedad, sin pedir ni buscar ventajas personales o de grupo.

¿Acaso no sería éste el mejor homenaje que podríamos tributar al Cardenal malagueño en el Centenario de su nacimiento? ¿No sería así como recogeríamos la antorcha que levantaron sus manos y con ella se­guiríamos recorriendo el trecho de historia que nos toca hacer?

Gracias, Sr. Arzobispo, Sres. Obispos, Semanistas y diocesanos ma­lagueños. Gracias por vuestra participación en los actos del Centenario, en la XXXV Semana Social y, sobre todo, en esta Eucaristía donde el Emmanuel, el Dios con nosotros, se hace realidad sacramental. Y es en esta presencia donde podemos encontrar aquella fuerza que nos viene del Señor y que fue el motor que dinamizó las palabras y obras de Dn.Ángel.

Málaga, 21 de diciembre de 1986 . 

Autor: Mons. Ramón Buxarrais