DiócesisHomilías Mons. Buxarrais

«La agresividad y amenaza deben desaparecer»

Publicado: 01/01/1979: 410

Homilía Jornada Mundial de la Paz (1979)

 El día 1 de enero, a la una de la tarde, el Obispo de la Diócesis celebró la Eucaristía en la Santa Iglesia Catedral con motivo de la Jornada Mundial de la Paz.

En su homilía dijo el Prelado:

«Acabamos de estrenar un nuevo año. Los cristianos lo hacemos celebrando el Misterio de nuestra fe para agradecer a Dios todos los bie­nes que nos ha concedido durante 1978 y pedirle su favor para este re­cién nacido 1979.

¡Feliz año! es la expresión de nuestro saludo de hoy al encontrar­nos. La felicidad no sólo debe ser expresada, sino, sobre todo, deseada, pedida y construida. Nos viene de Dios y la hacemos posible los hom­bres. De ahí la necesidad de orar por la felicidad verdadera y el compro­miso tomado. Y no renunciando de convertirnos en fuentes de felicidad, en especial para aquellos cuyas gargantas están resecas por la desespera­ción o el dolor.

Un encargo a cumplir: trabajar por la paz

No hay felicidad sin paz. Y no hay paz sin justicia. ¡Con cuánto acierto, pues, el recordado Pablo VI quiso, hace ya doce años, que los cristianos celebráramos hoy, el primer día del año, la Jornada de la Paz!

El actual Obispo de Roma, Su Santidad el Papa Juan Pablo II, ha querido seguir el camino de su antecesor, como quien recibe un encargo que se debe cumplir. Se debe cumplir porque, tristemente, en el mundo no hay paz. La guerra, la violencia, la opresión parecen seguir amenazan­do todavía los horizontes de la humanidad. Es necesario, pues, seguir hablando, reflexionando, orando y construyendo decididamente la paz.

“Para lograr la paz, educar para la paz”

Este es el lema de este año; lema desarrollado maravillosamente en el mensaje que Juan Pablo II ofrece a los cristianos y a todos los hombres de buena voluntad. Os recomiendo encarecidamente que lo leáis en los distintos medios de comunicación social que lo publican.

Permitidme entonces que, como expresión de mis deseos de felici­dad para el año que comienza, me refiera brevemente a dos puntos del mensaje del Papa.

La humanidad no puede ser una selva

«El recurso de las armas no debería ser considerado como el instru­mento adecuado para solucionar los conflictos», escribe Juan Pablo II. Porque es triste, por lo antihumano que supone, recurrir a la fuerza para implantar nuestras convicciones o nuestro sistema de vida. La humani­dad debe dejar de ser una selva.

Esto presupone el esfuerzo diario y tenaz de cada uno de nosotros dentro del marco de las posibilidades de cada uno.

Ahora que los distintos partidos políticos del país se van a lanzar al campo de la propaganda electoral, conviene recordar y decir que las ame­nazas, los insultos, las mentiras, las promesas que no se pueden cum­plir…, en fin, toda palabra agresiva y amenazante, debería desaparecer de entre nosotros. Sólo el diálogo lúcido, veraz y paciente pueden llevar­nos a buen puerto.

Cosechamos lo que sembramos

Ampliando esta idea, yo me pregunto: ¿por qué se permite la exal­tación de la violencia en el cine, en la televisión y en los demás medios de comunicación social? ¿A qué viene el juguete bélico, que nunca educa a los niños, sino que los predispone a la violencia?

Todos nos lamentamos de la guerra, de la violencia, de los robos injustos… pero ¿por qué lamentarnos, si no hacemos otra cosa más que recoger lo que sembramos o nos han sembrado en el campo social?

Hagamos posible la paz educándonos para la paz.

El odio no es cristiano. El perdón, sí

«Los discípulos más fieles de Cristo han sido artífices de la paz, llegando hasta perdonar a sus enemigos», dice en otra parte el mensaje del Papa.

«Jamás me ha invadido la tristeza con tanta amargura cuando me han dicho que un cristiano o un sacerdote siembra el odio», dice un Obispo americano. Y es cierto. Jamás, en nombre de nadie ni de nada, tenemos derecho a incitar al odio. El odio no es cristiano. El perdón, sí.

Claro está que esto no significa que el cristiano deba callar frente a situaciones injustas. Pero debe hacerse siempre con amor, tanto en la forma como en el contenido.

«Mi paz os dejo, mi paz os doy». Son las palabras de Jesús, escu­chadas en cada celebración eucarística. Jesús nos da la paz. Es un don, un regalo. Nosotros debemos recibirlo, conservarlo y desarrollarlo. No es tarea fácil. Por eso rezamos y trabajamos. Porque sólo la paz, cimentada en la justicia, puede conducirnos a la felicidad».

Málaga, 1 de Enero de 1979. 

Autor: Mons. Ramón Buxarrais