DiócesisHomilías Mons. Buxarrais

«La juventud exige nuevas expresiones de fe»

Publicado: 08/09/1975: 430

Homilía en el Pontifical de la Patrona Santa María de la Victoria (1975)

 El 8 de septiembre, festividad de Santa María de la Victoria, Patro­na de Málaga y de su Diócesis, se celebró en la Santa Iglesia Catedral una solemne Misa concelebrada, que presidió el Prelado.

Mons. Buxarrais Ventura pronunció la homilía, cuyo texto repro­ducimos a continuación:

La expresión como necesidad

El hombre se mueve en un mar de signos. No podría vivir sin ellos. Por el signo, sea éste palabra, canto, gesto o plástica evocamos las reali­dades mas profundas y los sentimientos más elevados. Por el signo pode­mos expresar lo primero y más hondo en el ser y por él cruzamos la barrera de los sentidos.

Ahora mismo, en el corazón de la liturgia eucarística, nos expresa­mos a través de signos. El pan y el vino consagrados será expresión de la presencia real de Jesucristo entre nosotros; las lecturas bíblicas han sido un tejido de frases evocadoras de la trascendencia de Dios; por la oración y el canto damos forma a nuestra adoración, gratitud y petición. Tam­bién son signo la imagen, la flor y la vela.

Nos podríamos enzarzar en mil discusiones sobre la oportunidad o validez del signo como expresión adecuada; pero nadie puede prescindir de él; hacerlo sería aniquilar al hombre, que es un ser-en-expresión.

Lecturas bíblicas

La descripción del candelabro con siete lámparas que se nos ha leído del libro de los Números, es la significación de la unidad de Israel como luz para todas las demás naciones.

La visión de la Mujer y de la Serpiente del libro del Apocalipsis nos ayuda a comprender, a través de las imágenes y escenas descritas, la lu­cha entre el Pueblo de Dios y el Tentador. La victoria a favor del Pueblo será el fin de la lucha; victoria anticipada y realizada ya en Cristo, y, por sus méritos, ofrecida a María, representación eminente del Pueblo de Dios.

En la proclamación del evangelio, comprendemos a través de la escena del calvario que la vida perdida por el pecado, se ha recuperado gracias al nuevo Adán: Cristo; a María como Eva fiel, colaboradora en la redención. El hecho tiene lugar en y junto al árbol de la cruz, del que, en adelante, los hombres podremos recibir la vida.

Toda la historia bíblica es signo y expresión palpable de la salvación de Dios a favor del hombre. Y gracias a sus imágenes, gracias a sus sím­bolos y a las mismas gestas históricas, la salvación se nos hace más com­prensible.

Dos encuentros en la acera

Lo externo como expresión de realidades suprasensibles no es privi­legio de eruditos. Nuestro pueblo, nosotros todos, vivimos sujetos a la necesidad del signo. Os pido, si no, la confianza de escuchar dos hechos vividos en Málaga.

Fue en la última Semana Santa, en las apretujadas aceras de la calle Mármoles, mientras, como tantos, esperaba el paso del Cautivo. Confie­so que el afán de observar superaba mi devoción.

Cuando el Cautivo cruzó frente a nosotros, un modesto silencio, acompañado de gestos piadosos por parte de muchos, se deslizó entre los que formábamos la pequeña muralla humana a ambas aceras de la calle. Y mientras el trono seguía su lento caminar entre piadosos, festivos y curiosos, la mano de una persona desconocida tocaba respetuosamente mi hombro y con voz consiliadora me decía: “Así expresamos nuestra fe, Sr. Obispo. Quizás le sorprenda, ¿verdad?”.

El otro encuentro fue por la acera de la calle Molina Larios, mañana hará exactamente un año. Fue un joven que me decía con insólita natura­lidad: “Lo vi muy serio en la procesión de ayer, don Ramón. No se lo tome tan a pecho. No hay nada que hacer. Las procesiones son una pérdi­da de tiempo laboral y religioso. La juventud quiere y busca otras expre­siones”.

He aquí dos criterios contrapuestos. ¿Quién tendrá razón?

La necesidad y el riesgo de la imagen

El hombre sólo puede rozar los lindes del más allá, del Absoluto, a través de la imagen o expresión. Y sólo la fe posibilita el encuentro entre la historia y su trascendencia.

De ahí que la imagen religiosa deba ser contemplada siempre bajo el prisma de la fe, si queremos comprender su sentido.

La expresión, sea cual fuere su faceta, no sólo es necesaria al hom­bre para que éste pueda plasmar sus sentimientos personales, sino que también ella es la posibilidad de la manifestación comunitaria de la fe. Pero cuando el recto sentido religioso de la imagen es desbordado o su­primido, entonces pisamos los lindes de la superstición, magia o idola­tría. Y esto es pecado.

En varios pasajes bíblicos Dios desaprueba el culto adulterado. La advertencia divina rige hoy como ayer, porque los hombres de hoy como los de ayer, acariciados por la facilidad, nos negamos a romper el capara­zón del signo, para llegar a su contenido.

Crisol y búsqueda

Con respeto y serenidad, a la vez que con valentía, debemos arran­car toda expresión que se situara en el lugar de Dios.

El gesto, el signo, la palabra son caminos que conducen a la meta. La meta es Dios.

Sin embargo, persiste todavía la pregunta incisiva: “¿Nuestras expre­siones religiosas de fe son adecuadas al hombre de hoy?”

La fidelidad al hombre histórico obliga a la Iglesia, iluminada por el Espíritu, a buscar el lenguaje que pueda ser comprensible.

Por eso me pregunto:

¿Podemos vivir de espaldas a una juventud que reacciona positiva­mente ante las últimas representaciones religiosas en el teatro y en el cine? Porque la aprobación convergente de la juventud se da no tanto en el campo de las verdades, algunas de ellas seriamente tergiversadas, sino en la expresión del mensaje: canto, gestos y vestidos.

El signo de Dios

Cristo es la imagen perfecta del Padre, la expresión inigualable de Dios. Por El, gracias a su humanidad, la trascendencia divina se nos ha hecho palpable.

Esta expresión toma mayor relieve en aquel amor de Cristo que le condujo a aceptar la voluntad de Dios, ofreciéndose en la cruz por la salvación de todos.

Los cristianos debemos perpetuar, en cierto sentido, la imagen de Cristo entre los hombres, para que descubran la presencia de Dios. Para ello sólo existe un lenguaje capaz de ser comprendido: el amor. Por el amor conocerán que somos discípulos del Señor.

Se trata de un amor real y concreto. Amar al que vive en pecado a fin de situarlo en camino de conversión. Amar al que sufre; sea cual fuera la causa de su sufrimiento y la fisonomía del dolor.

Cuando los cristianos seamos imágenes vivas de Cristo, imagen del Padre, entonces nuestras expresiones de fe, sean antiguas o modernas, en la calle o en nuestros templos, serán comprendidas.

Nuestra Patrona

La festividad de nuestra Patrona, Santa María de la Victoria, hecha trono para el Hijo que cobija en sus brazos, debe ser ocasión de valorar las expresiones perennes de nuestra fe, de acrisolar sus defectos y de bus­car nuevos cauces.

Nuestro acto de culto a Ella, nuestra procesión de la tarde, se con­vierten en grito de exigencia de un vivir más cristiano, evitando así la inconsecuencia de unas expresiones que podrían resultar vacías.

Que Ella, imagen fiel de su Hijo, nos ayude con su intercesión a expresar adecuadamente nuestra fe, y, sobre todo, a vivirla, para que los hombres, “viendo nuestras buenas obras, glorifiquen al Padre que está en los cielos”.

Málaga, 8 de Septiembre de 1975. 

Autor: Mons. Ramón Buxarrais