DiócesisHomilías Mons. Buxarrais

«Pablo VI: un Pontífice humano, profundo y valiente»

Publicado: 10/08/1978: 494

Homilía en el funeral por el Papa (1978)

 Queridos diocesanos:

Ante la muerte de un ser querido, los cristianos nos reunimos para rezar por él y recordar sus gestos y palabras.

La muerte, puerta de trascendencia, nos ayuda a situar en la histo­ria a la persona que ha partido. Ella, libre ya de los condicionamientos temporales, parece ubicada en el espacio transparente de la objetividad.

Por eso, hay personas cuya imagen crece después de morir, y se les sitúa en el lugar que les correspondía.

¿Admiración y simpatía denegadas?

A los cuatro días de la muerte de Su Santidad el Papa Pablo VI su figura se agiganta, desvaneciendo prejuicios y acrisolando posturas.

Porque, a mi parecer, a Pablo VI se le escatimó la admiración que un día gran número de católicos brindábamos a Pío XII, negándole tam­bién, en parte, aquel afecto de simpatía que sentíamos para con el Papa Juan.

A pesar de todo, Pablo VI ha sido tan profundo y humano como sus antecesores.

Hoy, pues, además de la oración, debemos rendirle el homenaje de nuestra admiración y afecto, como quien restituye algo que le correspon­dió.

Sus gestos y su doctrina

Los gestos de acercamiento hacia los hombres concretos son testifi­cados por sus cinco grandes viajes: Tierra Santa, Asia, Portugal, Colom­bia y Sede de las Naciones Unidas.

Cada viaje de Pablo VI quería ser el reflejo del gesto de Encarnación del Hijo de Dios que salva al hombre acercándose a él, siendo uno de ellos, desde su situación concreta.

Junto al gesto, Pablo VI nos dio el caudal inmenso de su doctrina.

Permitidme concretar algunas referencias doctrinales:

El verdadero diálogo

Ahora que a nivel de Estado los españoles dialogamos sobre la nue­va Constitución, y, a nivel de Diócesis, damos los primeros y tímidos pasos para la celebración de la Asamblea del Pueblo de Dios en Málaga, conviene recordar las notas del diálogo, tal y como nos las describe Pablo VI en su primera encíclica «Eclesiam suam».

El verdadero diálogo, dice el Papa, sólo se da cuando se fundamen­ta en la claridad, mansedumbre, confianza y prudencia. En estas notas tenemos la dialéctica de la verdadera sabiduría. (E.S. n.31-32)

Si queremos avanzar, tanto a nivel de Estado, como a nivel de Igle­sia Diocesana, es necesario saber compartir, a través del diálogo, dando y recibiendo a la vez.

El diálogo es expresión de fraternidad evangélica.

Lo que sobra a unos y falta a otros

Creo que el punto álgido de la audacia y originalidad de Pablo VI lo encontramos en su maravillosa encíclica «Populorum progressio».

Esta Encíclica es como el grito desesperado de los hambrientos y el clamor angustiado de los oprimidos contra unos sistemas económico-sociales que aplastan al hombre.

De manera clara y enfática, enfrentándose contra lo que muchos habían defendido, Pablo VI nos dice: «La propiedad privada para nadie constituye un derecho incondicional y absoluto. Nadie puede reservarse para uso exclusivo suyo lo que de la propia necesidad le sobra, en tanto que a los demás falta lo necesario». (P.p. n.23)

¿Cabe un corrosivo mayor contra los sistemas económicos que di­recta o indirectamente apoyamos?

Misión de la Iglesia

Hoy se habla de reencontrar la identidad del cristiano, de la identi­dad de la Iglesia. Y no sin razón. Porque si es cierto que en el Evangelio y la Palabra de Dios los creyentes tenemos las eternas e indefectibles semi­llas de la verdad, también lo es que la verdad debe encarnarse, tomar fisonomía propia, en cada momento histórico. Y la historia ha sufrido últimamente profundos cambios.

Pues bien: aquí también llegó la palabra lúcida y certera de Pablo

VI. Me refiero ahora a la misión de la Iglesia, a su quehacer, y, por tanto, a su identidad. Porque ser y hacer son en ella una misma cosa.

Así nos escribió el Papa en su carta apostólica «Evangelii nuntiandi»:

«Evangelizar significa para la Iglesia llevar la Buena Nueva a todos los ambientes de la humanidad y, con su influjo, transformar desde dentro, renovar a la misma humanidad».

Con estas palabras Pablo VI nos quería decir que el Reino de Dios que esperamos como don definitivo en el más allá, empieza ahora y aquí. Por tanto, los cristianos que esperamos el Reino, lo vamos construyendo ya entre los hombres, extirpando, aun a costa de nuestras propias vidas, todo aquello que sea mentira, injusticia y maldad.

Profundo, humano y valiente

No quiero terminar sin añadir a los títulos con que intentamos de­finir a Pablo VI, el de valiente.

He dicho que fue profundo, que fue tremendamente humano, a pesar de lo que muchos pudieran creer; pero Pablo VI ha sido, sobre todo, un Papa valiente.

Durante su pontificado tomó dos arriesgadas posturas, expresadas en la «Humanae vitae» y en la «Sacerdotalis coelibatus», en las que se jugaba su popularidad, pero en las que expresaba también su fidelidad, tal y como Dios se la daba a entender, en servicio a la Iglesia y la humani­dad.

Quizás haya sido esta la causa del silencio de muchos; pero, en mi opinión, la piedra de toque de su valiente pontificado.

El camino trazado

Junto a nuestra oración y a nuestro recuerdo por el que hasta hace pocos días era el servidor de los servidores de Dios, es necesario nuestro compromiso de fidelidad a su mensaje; mensaje que no quiere ser otra cosa más que un camino que nos facilita la comprensión y vivencia del gran y único Mensaje de Dios, revelado en Cristo Jesús.

Málaga, 10 de Agosto de 1978. 

Autor: Mons. Ramón Buxarrais