DiócesisHomilías Mons. Buxarrais

«La fisonomía espiritual de la diócesis de Málaga»

Publicado: 08/09/1991: 611

Homilía a modo de despedida (1991)

Durante dieciocho años he compartido con vosotros el gozo de ad­mirar las maravillas que Dios hizo en María, la nazarena escogida para ser madre del Hijo de Dios hecho hombre, venerándola en esta bella ima­gen de nuestra madre espiritual y patrona, Santa María de la Victoria. El año pasado, debido a la intervención quirúrgica no pude estar físicamen­te entre vosotros; pero sí lo estuve espiritual y afectivamente desde la habitación de la clínica, sobre cuya mesa tuve el cuadro de nuestra Patro­na que tantas veces miré con amor y confianza.

La fisonomía espiritual de la diócesis de Málaga

Decimos de las personas que no existe una igual a la otra; que a pesar de las semejanzas, aun la misma fisonomía es distinta. Podemos afirmar lo mismo de las comunidades diocesanas o iglesias particulares que, ciertamente, tienen aspectos esenciales comunes, pero tienen tam­bién aquella propia configuración que les da la historia pasada y los even­tos actuales.

A partir de esta constatación, durante los dieciocho años que Dios me ha concedido la gracia de serviros como Pastor, he podido compro­bar los rasgos característicos que distinguen a la comunidad diocesana malagueña de muchas otras. Permitidme que os las recuerde.

1.- Málaga está marcada por un gran reconocimiento de la presen­cia real de Jesucristo en la Eucaristía. En contra tenemos la tristeza de constatar el bajo porcentaje de malagueños que participa en la misa do­minical.

2.- Los diocesanos malagueños, sobre todo los sacerdotes, sienten un gran amor por el Seminario Diocesano. Se ora con insistencia, se ha­bla con cariño y se ayuda con generosidad a nuestro Seminario. Sin em­bargo, todavía no llegamos al número suficiente de seminaristas que ase­guren en el inmediato porvenir el servicio ministerial de las comunida­des parroquiales y otras responsabilidades pastorales. Es verdad (y lo digo con cierto orgullo) que este año el Seminario contará con cuarenta y dos jóvenes, candidatos al presbiterado, que estudiarán filosofía y teología. Sin embargo hasta que no lleguemos a tener ochenta o noventa estudian­tes, el ministerio parroquial y pastoral en general no están del todo asegu­rados.

3.- Málaga se ha distinguido, desde hace muchos años, por su inte­rés por la catequesis de primera comunión; últimamente por las cateque­sis presacramentales. Sin embargo, tenemos una deuda pastoral grave y urgente en lo que a la catequesis permanente de adultos se refiere.

Estos tres aspectos (Eucaristía, Seminario, Catequesis) se lo debe­mos especialmente al inolvidable Obispo que fue de esta Diócesis, Don Manuel González García, cuyo testimonio y doctrina continúan proyectándose sobre la Diócesis.

4.- No hace muchos años que la iglesia malagueña se distinguió (y debe seguir distinguiéndose) por su sensibilidad social, es decir por su preocupación y eficaz servicio a favor de los más necesitados, sobre todo por la gente que vive y trabaja en el campo. Recordad si no la incalculable obra de las Escuelas Rurales, fundadas por el todavía cercano en el afecto y en el recuerdo, Cardenal Herrera y Oria. En estos últimos años, además de esta obra social, Cáritas Diocesana nos mantiene viva la exigencia de trabajar a favor de los que sufren, porque en ellos hay una presencia especial del Señor. No quiero silenciar la puesta en marcha del Proyecto Hombre, para recuperación de drogadictos, y en el que están especial­mente integrados los Religiosos Terciarios Franciscanos.

5.- Pero hay un aspecto o virtud colectiva que apareja Málaga a las demás diócesis andaluzas y las emula. Me refiero a la devoción a la Stma. Virgen María. Los malagueños la veneramos e invocamos de un modo singular en la solemnidad de la Inmaculada Concepción que, si bien en estos últimos años parece haber perdido relevancia, es del todo necesario recuperarla, sobre todo por parte de la juventud.

Las cofradías y hermandades de Semana Santa, tanto en la ciudad como en los pueblos, mantienen viva la devoción a la Virgen a través de sus bellas imágenes marianas.

En los pueblos de la costa, donde un buen número de familias ma­lagueñas dependen del trabajo en el mar, la devoción a la Virgen del Car­men aumenta día a día.

Asimismo, la festividad de la Asunción de María, el día 15 de Agos­to, se mantiene viva y se ve potenciada por la participación en nuestros actos de culto de los veraneantes y turistas que comparten con nosotros los tórridos días del verano.

6.- A estas celebraciones, debemos añadir los santuarios y ermitas marianos, esparcidos por todo lo ancho y largo de la Diócesis. También en la ciudad de Melilla se venera con fervor, y en este mismo día 8 de Septiembre, a Santa María de la Victoria. Además, no hay parroquia o comunidad religiosa donde no se venere de un modo singular a la Stma. Virgen bajo alguno de los muchos títulos que le ha dado el pueblo cristia­no.

El riesgo que debemos evitar

En lo que a las manifestaciones externas de devoción mariana se refiere, manifestaciones recomendables por no decir necesarias, convie­ne evitar el riesgo de un vacío de contenido doctrinal y de vida cristiana. Debemos evitar a toda costa que el Señor nos pueda acusar, como acusó al pueblo judío, recordando al profeta Isaías: «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos» (Mc 7,6­7).

Es necesario que nuestra devoción mariana se traduzca en obras de vida cristiana.

Quiero en esta homilía ayudaros a contemplar la interioridad de la Stma. Virgen, modelo de vida cristiana.

María, mujer de fe

Isabel, la madre de Juan el Bautista, hizo uno de los mejores elogios a María, su prima: “¡Feliz tú que has creído, porque se cumplirán las cosas que te fueron dichas de parte del Señor!” (Lc 1 , 45).

María fue la mujer en la que el don de la fe la convirtió en la criatu­ra más abierta a Dios. Nosotros nos abrimos a Dios en la medida en que buscamos con sinceridad y constancia la verdad. Quien busca a Dios lo encuentra; mejor dicho, Dios se hace encontradizo a todo aquel que bus­ca la verdad sinceramente. Pero, no basta el afán y el interés en la bús­queda; es necesario ser humilde. La humildad nos ayuda a reconocer nuestra limitación de criatura y a aceptar el misterio que nos sobrepasa. A María, y a todo el que como Ella busca la verdad, se le pueden aplicar las palabras del profeta Miqueas que hemos escuchado en la primera lectu­ra: «De ti, Belén de Efrata, pequeña entre las aldeas de Judá, saldrá el jefe de Israel» (Mq 5,2).

La fe, el don más grande que la criatura racional puede recibir de Dios, debe ser mantenida, purificada, desarrollada y vivida. De ahí la necesidad que todo cristiano tiene de una catequesis integral y progresi­va. Este es un reto pastoral que hemos comenzado a afrontar, y al que deberemos dedicarle todavía más personas, más medios y más tiempo.

María, mujer de esperanza

El tiempo histórico que a la Virgen le tocó vivir fue un tiempo en el que aparentemente se podía sospechar que Dios había olvidado a su Pue­blo. El culto se había tergiversado, la ley del Señor se había olvidado y los judíos vivían sometidos a un poder extranjero.

La genealogía que hemos escuchado en la lectura del Evangelio es una prueba de que Dios nunca se olvida de los que confían en El. Su amor y su poder son más grandes que nuestro desamor y nuestro olvido. De nuestras equivocaciones y pecados, Dios siempre saca partido a favor nuestro.

María estaba convencida de ello. Ella vivía en la esperanza. Y la esperanza puesta en Dios, nunca defrauda. En el caso de la Virgen, la esperanza dio como fruto la salvación del Señor, hecha realidad en el Hijo de Dios encarnado en su mismo seno.

El tiempo que nos ha tocado vivir y el futuro que se vislumbra, a pesar de los progresos de la técnica, parece jugar en contra del hombre. Sin embargo, el cristiano, como la Virgen, debe seguir manteniendo su confianza en Dios, cuyo poder sobrepasa cualquier dificultad y cuyo amor nunca nos abandona. La Iglesia, y nosotros que la formamos, debe ser expresión de una esperanza activa, capaz, con la ayuda del Señor, de se­guir construyendo el Reino de Dios.

María, la mujer que amó

En la segunda lectura de esta celebración San Pablo nos ha recorda­do que «a los que aman a Dios, todo les sirve para el bien» (Rm 8,28).

El amor es el más grande de todos los carismas. Sin él todo carisma está vacío de contenido cristiano. Nos lo recuerda el mismo apóstol en su carta a los Corintios.

María, el modelo más perfecto de vida cristiana, fue una mujer que vivió profundamente el amor. Amor a Dios, a quien adoraba y hacía el centro de toda su vida. Amor al prójimo, imagen del Creador, que, según los Evangelios, vemos reflejado en María de un modo singular cuando sirve a su prima Isabel, cuando se preocupa por los esposos de Caná y cuando está al pie de la cruz en la que moría su Hijo.

En nuestros días se nos está falseando el amor. La frivolidad y la inconstancia lo ahogan. La prueba y el sacrificio, en lugar de potenciarlo, lo matan. ¡Cuántos jóvenes reducen el amor a la diversión y a la simple sensualidad! ¡Cuántos matrimonios en lugar de potenciar su unión basa­da en el amor, la destrozan por caprichos, cobardías e inconstancias!

María, Madre de la Iglesia

«María, Madre de la Iglesia», este es el título que le dio el Papa Pablo VI, con motivo del Concilio Vaticano II. Efectivamente, María es Madre de la Iglesia porque Ella no sólo engendró a Jesucristo y se identi­ficó interior y totalmente con El, sino que estuvo presente con su oración y testimonio el día de Pentecostés, cuando el Espíritu, por Cristo, daba a luz a la Iglesia.

Como María, también nosotros debemos amar a la Iglesia; y no como si de una entelequia se tratara; sino como una realidad histórica, fundamentada en Cristo y desarrollada por el Espíritu Santo, constituida por personas concretas: el Papa, los obispos, los presbíteros, los religiosos y religiosas, los monjes y las monjas y todo seglar bautizado. Somos per­sonas concretas, configuradas por nuestros aciertos y desaciertos, virtu­des y pecados, luces y sombras. Pero, somos la Iglesia de Jesucristo. Tene­mos que aceptarnos, comprendernos, perdonarnos y valorarnos mutua­mente; y esto, de una manera inmediata y aun tangible en lo que a la iglesia particular o diócesis de Málaga se refiere. Quien desconoce o no ama la Diócesis, no puede conocer ni amar a la Iglesia.

Es necesario que cada cristiano malagueño, cada parroquia, cada comunidad cristiana... busque siempre y en todo el bien común, aunque sea renunciando a aparentes ventajas de personas y grupos determina­dos.

Mantener la antorcha con nuestras débiles manos

La comunidad diocesana de Málaga es parte de la historia viva de la Iglesia. Hace siglos alguien llegó a nuestra tierra y anunció el Evangelio. Nuestros antepasados lo aceptaron unos, lo rechazaron otros. Pero la Iglesia quedó implantada en nuestra costa, en nuestros montes y valles. La his­toria de nuestra Diócesis está entretejida por cristianos que vivieron heroicamente su fe; por los que lo hicieron de una manera mediocre, y aun por aquellos que la despreciaron y se volvieron contra la Iglesia. De­bemos asumir con humildad y esperanza nuestro pasado. Y desde esta realidad, apiñarnos cada día más en Jesucristo, y de la mano de María, para seguir ofreciendo a los que nos sucedan la antorcha de la fe que vence las tinieblas del pecado e ilumina el camino trazado por Jesús. Cada vez que celebramos la Eucaristía, potenciamos la antorcha de la fe, recibi­da de nuestros antepasados.

Que nuestra Madre y Patrona, Santa María de la Victoria, nos acom­pañe en el caminar hacia Dios.

Málaga, 8 de Septiembre de 1991. 

Autor: Mons. Ramón Buxarrais