DiócesisHomilías Mons. Dorado

Fiesta de la Inmaculada en el Seminario

Publicado: 08/12/2005: 670

1.- "En esto consiste el Amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó primero y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados"(1 Jn 4, 10).

Así resume el autor de la Primera Carta de San Juan el conjunto de la
experiencia de Dios, tal como se ha dado a conocer en la persona de Cristo.

Así puede resumirse todo el acontecimiento del Cristianismo. Y así podría
resumirse también el significado del Dogma de la Inmaculada Concepción de María,
cuyo 150 aniversario clausuramos hoy.

En efecto, el 8 de diciembre de 1854, el Beato Pío IX definía el Dogma de la
Inmaculada con estas palabras:

"La doctrina que sostiene que la Bienaventurada Virgen María en el primer
instante de su concepción, por singular gracia y privilegio de Dios
Todopoderoso, en vista de los méritos de Jesucristo, Salvador del género
humano, ha sido preservada inmune de toda mancha de pecado original, ha
sido revelada por Dios, y por lo tanto se debe creer de manera firme e indivisible
por todos los fieles".

En María se proclama esa absoluta primacía de la Gracia, del venir del amor de
Dios a nosotros del que habla San Juan, que es esencial a la experiencia cristiana y
que expresa la novedad cristiana frente a cualquier otra experiencia de Dios en la
historia.

2.- María en nuestros días.

¿Qué es lo que la verdad de la Inmaculada significa para nosotros hoy? Vamos
a tratar de descubrirlo en la contemplación de sus Palabras que hemos proclamado
hoy.

Subrayaré sólo dos aspectos que me parecen esemnciales:

El primero es que la plenitud que anhelamos, para la que nuestro corazón está
hecho, la felicidad, el amor, la libertad, la unidad y la paz, no son algo que nos
podemos dar a nosotros mismos. El drama de nuestra vida no lo resolverá la técnica,
ni el "progreso", ni instancia alguna humana, ni nuestro esfuerzo, porque se juega a
otro nivel. Por ello lo verdaderamente racional cuando uno percibe el espesor, la
densidad de lo real, la profundidad del misterio que llena todas las cosas y
especialmente la vida humana, es volverse hacia Dios. Es suplicar, es oraro. Es buscar
los signos de Aquel cuya gracia sale a nuestro encuentro. Estoy hablando del amor de
los esposos, o el de los padres y los hijos, o el de los hermanos. Estoy hablando de las
relaciones en el trabajo, del clima de la vida, del mundo de la convivencia cívica y
social. Estoy hablando de todas las cosas que amamos, que nos importan, que valen
y que tienen que ver con nuestras alegrías y nuestros sufrimientos. Estoy diciendo que
todas las cosas tienen que ver con Dios y que la plenitud y la alegría, como la vida,
como el amor mismo, sólo pueden obtenerse como una gracia de Dios. Volverse a Él
y suplicarle por esa plenitud no es una dimisión de lo humano, sino la realización
serena de la razón y de la libertad.

El segundo aspecto –y el más directamente implicado en el Dogma de la
Inmaculada Concepción–, es que esa plenitud no es una utopía, o un sueño, o una
montaña imposible que el hombre tuviese que escalar penosamente, y a la que sólo
llegarían los fuertes. La gracia y el amor de Dios ya están en medio de nosotros, ya
están en nuestra historia y nunca jamás se apartarán de nosotros.

"¿Quién de vosotros, si vuestro hijo le pide un pan, le dará una piedra? ¿O si le
pide un pescado le dará una serpiente? Si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas
buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre del Cielo no dará el Espíritu Santo
a quienes se lo piden?".

Dios nos ha dado todo en Cristo. La plenitud ha sido ya realizada en una mujer,
en una muchacha sencilla de Nazaret, a quien Dios se ha dado de tal forma que Él y
Ella eran uno y Ella vino a ser su madre.

Y Ella es la prenda de nuestra salvación. Sea cual sea nuestra historia, nuestro
temperamento, nuestras cualidades, nuestra situación. Aunque esa situación fuera la
más espantosa humanamente, la más desesperanzada, la Gracia de Dios está intacta
para nosotros. sSu amor es invencible. Como para el Buen Ladrón  en la Cruz, los
brazos de Cristo están siempre abiertos para todos y para cada uno.

No hay mal en el mundo que pueda ven cer la fuerza y la belleza de ese amor
que hemos conocido, porque ese prodigio de mujer, que es la Virgen, nos lo ha
entregado.

Autor: diocesismalaga.es