DiócesisHomilías Mons. Dorado

El Magnificat de María y el Magnificat de la Iglesia (Pentecostés)

Publicado: 30/05/1998: 1457

Vigilia de Pentecostés 1988

1.- Introducción: el don del Espíritu.

Cuenta el libro de los Hechos e los Apóstoles que, en la primera Vigilia de
Pentecostés, los discípulos de Jesús ‟perseveraban en la oración, con un mismo
espíritu, en compañía de María, la Madre de Jesús, y de sus hermanos‶(Hech 1, 14).
Iluminados y fortalecidos por una honda experiencia de resurrección -de la resurrección
de Jesucristo y de la resurrección de su fe, de su amor y de su esperanza-, se
mantenían expectantes en oración: esperaban la plenitud del don del Espíritu Santo.
Porque sabían e iban a comprobar muy pronto que es el Espíritu Santo el gran
protagonista de la vida de la Iglesia y de la evangelización.

También nosotros, hombre y mujeres creyentes y seguidores de Jesús, en
vísperas de Pentecostés, nos hemos querido mantener expectantes en oración, junto
a María. Es posible que también hoy experimentemos la fuerza que da el Espíritu, la
‟parresía‶evangélica, para proclamar a Jesucristo con obras y palabras (Hech 4, 31).
Porque el Espíritu es la fuerza de Dios que vence nuestras resistencias a creer y
nuestros miedos; nos descubre el sentido profundo de lo que significa llamar a Dios
Padre; derrama el amor de Dios en nuestros corazones; abre nuestros ojos para mirar
los acontecimientos que nos rodean con la mirada de Dios; nos empuja a hablar un
mismo lenguaje, el del amor que redime y libera; nos lanza a ser testigos del Evangelio.

Esta Vigilia no es un mero recuerdo. El libro de los Hechos nos cuenta que los
hermanos de las primeras comunidades vivieron en diversas ocasiones esta plenitud
de una presencia casi palpable del Espíritu. Y siempre fue en momentos de búsqueda,
de escucha de la Palabra y de oración en comunidad.


2.- El ‟Magnificat" de María. TMA, 48.

Mañana celebramos la fiesta de la Virgen Inmaculada.

La mejor expresión de la Esperanza de María, es el Magnificat. Una forma de
mantenernos frente a María es cantar con Ella el Magnificat.

El evangelista San Lucas pone en sus labios este himno de alabanza a Dios
como respuesta de fe al anuncio del Mesías que hace su prima Isabel en la visitación.
Os invito a hacer nuestro, desde el corazón, este cántico espiritual, que es, al mismo
tiempo, una honda experiencia de Dios, un anuncio gozoso de la salvación y una
proclamación de los signos del Reino de Dios.

El Magníficat es la expresión de:

2.1. Una honda experiencia de Dios.

María se ha fiado de Dios, se ha entregado a él llena de confianza y ha decidido
libremente seguir en todo su llamada y su voluntad. Ahora proclama que Dios es el
Señor, el único centro y la única meta de nuestra vida; el único a quien vale la pena
adorar. Y este Dios es Salvador: así lo ha experimentado Israel en la liberación de
Egipto; así lo ha comprobado aquel pequeño resto en la vuelta del destierro, así lo
están viviendo María e Isabel en la plenitud de los tiempos.

María proclama, desde su experiencia, que Dios es todopoderoso, y manifiesta
su poder en la misericordia y en el perdón. Que Dios es Santo: es el misterio de amor
insondable. Es el Dios desconcertante que tiene unos caminos que no son nuestros
caminos. Es el Dios sorprendente y siempre mayor de lo que el hombre puede pensar.
Es el Dios que enamora y seduce y nos convierte en agentes de salvación y liberación
para nuestros hermanos. Y es el Dios fiel, que ha cumplido las promesas que había
hecho a nuestros padres. En medio de nuestros desiertos y de nuestras noches
oscuras, camina con nosotros como caminó con Israel por el desierto. Es la roca firme
de nuestra fe, que nos invita a apoyarnos en Él para poder mantenernos fieles.

Esta es la experiencia de fe de María, su experiencia de Dios, su credo, que ha
podido descubrir desde su pobreza y desde su humildad.

2.2. Un anuncio gozoso.

El Magnificat de María es un anuncio gozoso de la salvación, proclamado desde
la alegría y el entusiasmo de una mujer deslumbrada por Dios. Es el anuncio gozoso
de que la misericordia de Dios, que se ha manifestado de generación en generación,
se va a hacer presente ahora en toda su plenitud. Cuando Isabel la llama ‟Madre de
su Señor‶, está anunciando la llegada del Mesías, el comienzo de los tiempos nuevos.
La misericordia salvadora de Dios, esperada por nuestros padres, nos está
alcanzando, está llegando.

Ante los miedos y sufrimientos humanos, Dios va a entrar personalmente en
acción. Él va a vencer el pecado y la muerte en su misma raíz; nos va a dar un corazón
de hijos y hermanos, capaces de compartir nuestros bienes y de hablar un nuevo
lenguaje: el lenguaje de la paz frente al armamentismo; el lenguaje de la solidaridad
frente al ansia de dinero; el lenguaje del amor que libera, frente a la injusticia.

Iluminados por la experiencia pascual, sabemos que ésta es posible porque el
pecado y la muerte, el odio y el egoísmo, han sido vencidos por Jesucristo. Y muchos
hermanos nuestros están hablando hoy este lenguaje nuevo en su lucha contra todo
lo que oprime y degrada al hombre, incluso dando su vida en esta lucha.

2.3. Los signos del Reino.

En el Magnificat, María nos señala también cuáles son los signos del Reino. Al
proclamar la venida del ‟Mesías de los pobres‶(Is 11, 4), María ilumina en nosotros ‟la
conciencia de que no se puede separar la verdad sobre Dios, que salva, que es fuente
de todo don, de la manifestación de su amor preferencial por los pobres y los
humildes‶, como ha dicho Juan Pablo II en la Redemptoris Mater (n. 37). En las
comunidades del Reino, nos dice María, los pobres y los humildes van a ser los
preferidos y van a tener una vida digna. Porque el Reino de Dios que comienza es
mucho más que todo esto, pero también es todo esto: es la vida plenamente humana
del hombre; es su apertura a Dios y su victoria sobre la muerte.

3.- El ‟Magnificat‶de la Iglesia.

El Magnificat es el canto universal de la salvación, Todas las generaciones de
creyentes lo harán suyo, como pauta de la propia admiración, alegría y gratitud por
esta salvación definitiva que, a partir de la Virgen Madre de Nazaret, se ofrece a cada
uno de los hombres en el misterio cristiano. El Magnificat es cántico de la Iglesia. ¿Qué
se nos pide y qué se nos exige para poder cantar hoy el Magnificat?

3.1. El Evangelio presenta a la Virgen del Magnificart como arquetipo de la
Iglesia que tiene por misión y pedagogía ‟engrandecer‶a Dios en el universal auditorio
de un mundo tentado de ‟empequeñecerlo‶, y, en consecuencia, de sustituirlo. Ante
una increencia creciente, la Iglesia debe proclamar y ser testigo del Dios Vivo. La
increencia va invadiendo nuestra sociedad secularizada, que pretende borrar todas las
huellas de Dios: en la familia, en los medios de comunicación, en las escuelas, en los
días de descanso. Ya están creciendo generaciones de jóvenes para quienes Dios es
una palabra sin contenido. Y para muchos adultos Dios ha perdido toda su fuerza de
interpelación.

Precisamente por ello, los cristianos necesitamos profundizar en nuestra
experiencia de Dios; una experiencia vivencial y salvadora de Dios que se nos ha
manifestado en Jesucristo como Padre, como Hijo y como Espíritu. Él es el Señor, el
todopoderoso, desde la debilidad de la Cruz, el Salvador, el fiel, el Dios Santo y
siempre mayor.

Para cantar el Magnificat necesitamos redescubrir la interioridad, el sentido de
la oración, la meditación viva de la Palabra, la experiencia de Dios que salva. Sin esta
experiencia profunda no tendremos nada que decir al mundo moderno.

3.2. Ante el puro moralismo y la pérdida del sentido del misterio, el Magnificat
afirma la realidad ya inaugurada de nuevo orden divino en la existencia humana. María
anuncia la presencia personal de Dios en medio de los hombres, que nos trae el
perdón; que va a sanar nuestro corazón enfermo; que nos va a hacer partícipes del
amor de Dios. Todo esto se realiza hoy por los Sacramentos de la Iglesia celebrados
con fe.

Si queremos cantar el Magnificat, tenemos que hacerlo desde una honda
experiencia del perdón en el Sacramento de la Penitencia; desde una vivencia profunda
de lo que significa celebrar la muerte y la resurrección de Jesús en la Eucaristía; desde
la presencia luminosa del Espíritu que se nos da en el Bautismo y en la Confirmación;
desde la fuerza de Dios que recibimos en el Sacramento del Orden, del Matrimonio y
de la Unción de los Enfermos. Signos sencillos, pobres y desconcertantes en los que
descubrimos que Dios salva y camina con su pueblo.

3.3. Por último, la salvación cristiana del Magnificat, incluye la liberación de toda
servidumbre que impida a cualquier hombre desarrollar en plenitud su propia
personalidad. Por eso, ante un mundo en el que reina la injusticia, la Iglesia tiene que
ser signo de liberación. De 40 millones de españoles, cerca de 12 viven en la pobreza.
En este contexto, cantar el Magnificat significa una opción preferencial clara y decidida
por los pobres; un compromiso más firme por la justicia, un esfuerzo por crear la
civilización y la estructuras de la paz frente a la violencia.

Se trata de desarrollar actitudes de fondo, pero también de iniciar experiencias
modestas de compartir, que luego se vayan multiplicando y creciendo como granos de
mostaza.

Seguramente ante esta tarea gigantesca nos sentimos pequeños y pobres. Ojalá
fuera cierto, porque sólo podemos recibir el Espíritu y ser testigos, desde la pobreza.

También hoy es el Espíritu Santo el protagonista de la vida de la Iglesia y de la
evangelización. Y no necesitamos otra fuerza que la fuerza de Dios: el testimonio
luminoso del amor y la verdad.

Por eso, en víspera de Pentecostés, nos hemos reunido en oración con María,
la Madre de Jesús: porque sabemos que el Espíritu vendrá de forma inesperada. Y
desde su fuerza y su luz podremos seguir cantando el Magnificat, con obras y palabras.

+ Antonio Dorado Soto,
Obispo de Málaga

Autor: Mons. Antonio Dorado Soto