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Ordenación sacerdotal de Salvador Guerrero

Publicado: 14/05/2000: 1130

 Ordenación sacerdotal de Salvador Guerrero

S.I. Catedral, 14 de mayo de 2000

            1.- El ministerio del Nuevo Testamento se expresa con diferentes denominaciones e imágenes: apóstol, profeta, doctor, pescador de hombres, constructores, edificadores, … La imagen del Pastor es una de las más expresivas, tanto por su raigambre veterotestamentaria (Cf. Ez 34, 1-31), como por haber sido aplicada en un sentido cristológico y expresar de esa manera el cuidado supremo del ministerio.

            Por eso fue uno de los muchos aciertos de D. Manuel González poner en el retablo del altar mayor de nuestro Seminario la imagen del Buen Pastor con una leyenda en forma de oración: “Pastor Bone, fac nos bonus pastores anima pro ovibus ponere promptos”.

            Y el Papa Juan Pablo II comienza su Exhortación Apostólica sobre el ministerio y vida de los presbíteros con esta expresión: “Pastores dabo vobis”

            2.- En el Evangelio de Juan la imagen del Pastor ha llegado a su culminación. Encontramos la idea del Pastor aplicada a Jesús en la parábola-alegoría del Buen Pastor (Jn 10, 1-18) y en el encargo a Pedro de pastorear su rebaño, el rebaño de Cristo (21, 15.-17).

            En el texto del Evangelio que hemos proclamado hoy, Jesús se auto-identifica como el Buen Pastor y se describen sus principales rasgos:

            Una primera característica del Buen Pastor y que podríamos decir que es fundamental es “dar la vida por las ovejas” (10, 11, 15, 17, 18). Los cristianos de las catacumbas miraban la imagen del Buen Pastor con el espíritu con que ahora contemplamos un Crucifijo. Por contraste, el egoísmo del mercenario o asalariado no ve en las ovejas que se le han confiado nada más que su provecho personal. “Dar la vida por las ovejas” es la idea central que se va repitiendo con insistencia en esta página. Hablo del Cristo de la Cruz y de la Eucaristía, el que se ha entregado a sí mismo por nuestra salvación, en infinita generosidad de dolor y amor. Libremente. Con la divina seguridad de que, cuando la muerte se hace sacrificio voluntario, florece en Resurrección. Por obediencia al Padre y amor a los hombres.

            El segundo rasgo que se destaca en el Buen Pastor es el hecho de conocer a las ovejas y de que las ovejas le conozcan a Él (10, 14). Las conoce “por su propio nombre”. Conocer en el vocabulario de Juan connota una relación personal, inteligente, afectuosa. El que es buen pastor pone toda su alma, corazón y providencia en cada una de las personas a él confiadas. En el arte pastoral no cabe la masificación y no hay pastoral sacerdotal sin afecto religioso a nivel de familia. Este conocimiento recíproco se pone en relación con el conocimiento recíproco que tienen Padre e Hijo.

            El tercer rasgo de la figura del Buen Pastor es el hecho de buscar las ovejas dispersas y reunirlas todas en un solo redil; es la búsqueda de la unidad.

            El desarrollo termina con una referencia al amor del Padre a Cristo precisamente porque da su vida por las ovejas. La muerte sacrificial de Cristo tiene como término indisociable la Resurrección.

            3.- Junto a la idea de Cristo Buen Pastor, el Evangelio de Juan, en el capítulo 21, nos ha conservado un importantísimo pasaje. Se trata del triple encargo de pastorear que Cristo hace a Pedro. El relato tiene un profundo significado, cuyos principales elementos son los siguientes:

  • las ovejas son de Cristo (“mis ovejas”).
  • el pastoreo es una tarea de amor. Un amor primario, que no está subordinado en la vida del cura a ningún otro amor, ni amical, ni sexual, ni familiar; y que no está sometido a ningún proyecto propio. Y un amor principal: todos los demás intereses y valores quedan subordinados a este amor. Un amor a la comunidad y a Jesucristo.
  • la fidelidad a Cristo hasta la muerte es el camino del Pastor que sigue a Cristo (Jn 21, 18-19).
  • - Pedro es pastor del rebaño de una manera eminente.

4.- Querido Salvador, queridos sacerdotes y seminaristas: la imagen de Cristo Buen Pastor es la que mejor define nuestra identidad, nuestra misión y nuestra espiritualidad.

            El retrato espiritual del presbítero diocesano secular es como un mosaico compuesto de muchas piezas: la fe, la pobreza, la esperanza, el espíritu orante, el celibato, la disponibilidad, el espíritu apostólico, el amor preferencial por los más pobres. Cada una de estas piezas constituye un rasgo del rostro espiritual del presbítero. Pero entre todos estos rasgos destaca uno que es central y esencial, como lo reconoce la Iglesia en varios de sus documentos. Es la caridad pastoral, que como dice Juan Pablo II en PDV, 23 “es el principio interior, la virtud que anima y guía la vida espiritual del presbítero, en cuanto configurado con Cristo cabeza y Pastor”.

            Como participación en la misma caridad pastoral de Jesucristo es un don gratuito, que tiene su fuente permanente y más próxima en el Sacramento del Orden como regalo del Espíritu Santo compartido con los demás presbíteros para el servicio de la totalidad de la comunidad y como signo del amor pastoral de Jesús a los hermanos. Un carisma que es comparado por San Pablo a unas brasas sobre las que continuamente debemos soplar para extraer de ellas el fuego, la llama de la caridad pastoral.

            Pero no olvidemos que la fuente eminente de la caridad pastoral es la Eucaristía, que es, según Juan Pablo II, “su experiencia plena y su alimento supremo”. Esta caridad pastoral –dice PO, 14—fluye ciertamente, sobre todo, del sacrificio eucarístico, que es, por ello, centro y raíz de toda la vida del presbítero, de suerte que el alma sacerdotal se esfuerce en reproducir en sí misma lo que hace en el ara sacrificial; es decir, si los poros de nuestra fe y de nuestro amor están abiertos para vivir la entrega filial de Cristo al Padre y de su entrega pastoral a los hermanos.

            Recuerdo que en los Ejercicios Espirituales que hice en vísperas de mi ordenación sacerdotal, el director de los mismos, que era un santo que espero sea pronto canonizado, nos decía: “Unos curas leen la Misa; otros dicen la Misa y otros viven la Misa”.

            Y la fuente inmediata de la caridad pastoral es el ejercicio mismo de nuestro ministerio, si, como dice el Concilio, lo ejercemos “sincere, indefesse et in Spíritu Christi”.

            5.- Al mismo tiempo que don gratuito es también un deber y una respuesta libre y responsable del presbítero a la llamada y al don de Dios, porque el contenido esencial de la caridad pastoral es una vida que se entrega “de balde y con todo lo nuestro”, una donación total de sí, que determina nuestro modo de pensar y de actuar, nuestro modo de comprometernos. Y nos exige un amor abnegado que soporta con fortaleza la dificultad y el sufrimiento inherentes al servicio pastoral, porque, como dice San Agustín, “apacienta mis ovejas significa sufre por mis ovejas”, sin amargura, sin cansancio y sin espíritu de saturación. Nos pide además una firme esperanza pastoral para confiar en la gente y una voluntad de crecimiento personal en el orden espiritual, intelectual y pastoral, porque siempre somos “aprendices de curas”.

            Querido Salvador: recibes este gran don del ministerio presbiteral en los comienzos del Tercer Milenio en el que, como se dijo en el Mensaje final del Congreso Internacional celebrado para conmemorar el XXV aniversario del Decreto Conciliar sobre los sacerdotes, “la gran labor que nos espera es la de llevar la novedad del Mensaje de Jesús y de su Persona a un mundo marcado de contradicciones, convirtiéndonos nosotros mismos en signos creíbles y visibles de Cristo Buen Pastor. Esta es la maravillosa aventura divino-humana a la que todos hemos sido llamados”.

Que la Madre de Jesús, el único y eterno sacerdote, te acompañe y te bendiga siempre.

 

+ Antonio Dorado Soto,

Obispo de Málaga

Autor: Mons. Antonio Dorado Soto