Publicado: 21/07/2002: 669

 Órdenes Sagradas

Raúl Fernández y José Manuel Llamas (presbíteros) Miguel Ángel Criado y José Luis Palacios (diáconos)

21 de julio de 2002

            1.- Queridos concelebrantes, padres, familiares y amigos de los ordenandos, queridos seminaristas; queridos Raúl, José Manuel, Miguel Ángel y José Luís.

            Quiero que mis primeras palabras ante vosotros sean una sentida y sincera acción de gracias a Dios porque Él nos visita y nos alegra con la vocación y la consagración de estos cuatro hermanos para el servicio ministerial de nuestra Iglesia de Málaga.

            ¡Bienvenidos todos a esta fiesta del Espíritu, a esta celebración gozosa de nuestra Iglesia que cuenta siempre con la presencia poderosa de Cristo Sacerdote, que nos mantiene unidos por la fe y el amor y se hace especialmente presente en la consagración de estos jóvenes y en el ejercicio futuro de su ministerio santificador!

            ¡Que la Iglesia entera de Málaga dé hoy gracias a Dios por el don de estos dos sacerdotes y dos diáconos que son otros tantos tesoros con cuyos bienes espirituales serán iluminados, consolados y santificados muchos hombres y mujeres, muchos ancianos y enfermos, muchos jóvenes y niños! ¡¡Proclama mi alma la grandeza del Señor; se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador, porque ha hecho en mí y por mí obras grandes!”.

            2.- El fragmento del Evangelio de San Lucas que hemos escuchado nos sitúa en el corazón de lo que estamos celebrando hoy.

            Toda esta historia de vuestra vida comenzó por una llamada cierta que escuchasteis: “Venid conmigo”. O mejor, en singular: “Vente conmigo”. “Sígueme”. “Comparte mi amistad y mi tarea”. “Te necesito”.Así aparece la vocación de los primeros sacerdotes en el Evangelio de San Marcos Es el mismo Jesús el que nos propuso esta relación existencial de amistad. Y fue en la noche de la Última Cena cuando Jesús lo expresó con absoluta claridad y de modo reiterativo:

            “A vosotros os llamo amigos” (Jn 15, 14; Luc 12, 4). Amigos porque os he hecho confidentes: “Os he dado a conocer todo lo que he oído a mi Padre” (Jn 15, 15). Y amigos en grado supremo porque he dado mi vida por vosotros (Jn 15, 13): “Nadie tiene amor más grande que quien da la vida por sus amigos”.

            Jesús se declara amigo. Ésta es su relación con nosotros: “Vosotros sois mis amigos”; vosotros, con nombre propio. No os llamo siervos, sino amigos. Eso es cada cura.

            3.- Estas palabras y sentimientos de Jesús desmontan, de una vez, muchas actitudes viciadas nuestras.

            El ministerio sacerdotal es un gesto emocionado de la amistad de Jesús con nosotros. No es mérito propio: “Yo os elegí”. La amistad se ofrece. “Se fió de mí”, dirá San Pablo, que antes fue perseguidor y blasfemo insolente (1 Tim 1, 12). El Señor ahora se está fiando de cada uno de nosotros.

            San Pablo vivió también el ministerio como un gesto de confianza. Hoy nos confía, porque somos amigos, el Evangelio (1 Tes 2, 4), la evangelización de los gentiles (Gál 2, 7), la misión (1 Cor 9, 17). Porque la esencia de la amistad es la confianza. Y nos confía, como a Pedro, su rebaño. El pueblo y la comunidad no es lo que muchas veces decimos, pensamos o cómo lo describimos o lo calificamos. Ni tampoco son “ovejas mías o para mi servicio”. Son ovejas y corderos de Cristo. Nos confía la comunidad. En verdad, Jesús entiende el ministerio como una amistad profunda, confiada, y por su parte irrevocable.

            La amistad, además, se hace cercanía, procura cercanía, busca el trato y la ayuda. En la Encarnación nos buscó a todos para ayudarnos. Buscó al amigo infiel y cobarde, que fue Pedro. Buscó a Tomás, el reticente empedernido. Buscó a los desesperanzados de Emaús. Hoy vosotros sois sus amigos, nos dice. Os buscó como amigos.

            4.- Todo comenzó por una llamada confiada que cambió nuestra vida, sus valores, sus búsquedas, sus seguridades. Elegimos cada uno al que nos eligió. Nuestra existencia, la forma de vivir, los valores que nos empujan y mantienen, nacieron por el poder salvador de un Sacramento del Orden sacerdotal. La llamada a acogerlo es un gesto de confianza y amistad de Jesús: “Vosotros sois mis amigos”. Y así:

  • en el sacerdote, el ministerio genera una libertad absoluta. “Sé de quien me he fiado”. Que se nos meta en el alma que la pasión persistente es “buscar el Reino”.
  • es un oficio audaz de amor (“officium amoris”). San Pablo se define así mismo como “el prisionero por amor al Señor” (Ef 4, 1). La amistad sincera con Cristo debería equilibrar nuestra agenda. Debería hacernos recuperar la serenidad y darnos la certeza de la cercanía del Amigo. Siempre somos, al menos, dos.
  • en la enseñanza de San Juan de Ávila, este oficio de ser sacerdote ha de llegar hasta el extremo de tener la experiencia de que Dios escucha al cura que le reza y le pide por el pueblo con entrañas de madre; sacerdotes que tengan tanta familiaridad con Dios que, como dice él, hasta lo “amansen”.
  • Y por eso proclamamos que ser sacerdote no es una profesión. No somos funcionarios. Es un oficio de amor, es un ejercicio permanente de amistad. Su lema es lo gratuito. La paga mejor es que el Señor se fíe de mí. Ser sacerdote no se parece en nada a un profesional contratado. La Ley que nos rige es la amistad y la confianza. Es lo que da coraje y novedad diaria a nuestra vida, áspera tantas veces: la amistad que Cristo nos tiene y le tenemos: “sois mis amigos”. Somos tus amigos.

5.- No nos compliquemos la vida. Las formas de ejercer el ministerio irán cambiando. Lo que cada uno de nosotros ha de recordar siempre y vivir a pleno ritmo es que el ministerio es un gesto de amistad. Cada mañana, como en el lago, al amanecer, Jesús nos pregunta: “¿Me quieres… a ?

            Es verdad que también la amistad tiene sus leyes. Jesús lo dijo con claridad. La Ley es sólo ésta: “Hacer lo que Él nos manda”. Es decir, “seguirle”. Porque Él inventó el ser pastor y el modo de serlo. “Tú, sígueme”. Nunca seremos más que el Maestro. Es la pasión por pegarnos a Cristo. Estos son los curas de Málaga; los curas que Málaga necesita en este nuevo Milenio. Nada más grande puede ofrecernos Cristo que su amistad. Amigos fuertes de Cristo, nos necesitan las parroquias y las comunidades y esta sociedad fría de fe.

            6.- Pongamos nuestras vidas en manos de María, Santa María de la Victoria. “Después de Jesucristo –dice San Juan de Ávila— no ha habido otra pastora, ni hay quien así guarde las ovejas de Jesucristo… la Virgen sin mancilla es nuestra Pastora después de Dios… Es pastora, no jornalera que buscase su propio interés, sino que ama tanto a las ovejas que, después de haber dado, por la vida de ellas, la vida de su amantísimo Hijo, diera de muy buena gana su propia vida si necesidad de ella tuvieran”.

            Las palabras de San Juan de Ávila nos dejan entrever este buen sabor de boca y la esperanza cierta de que María convive con cada uno de nosotros y guarda nuestra amistad con Jesús, “hasta que seamos hombres perfectos, hasta que alcancemos en plenitud la talla de Cristo” (Ef 4, 13).

+ Antonio Dorado Soto,

Obispo de Málaga

Autor: Mons. Antonio Dorado Soto