DiócesisHomilías Mons. Dorado

Natividad del Señor

Publicado: 24/12/1994: 568

Natividad del Señor

24 de diciembre de 1994.

            1.- Nos reunimos a celebrar la Navidad de Cristo a medianoche, que es un signo del silencio con que Dios entró en la historia de los hombres, en nuestra historia y en nuestra vida.

            Navidad  es un Misterio infinito, que se expresa en signos humildes. Junto al pesebre coinciden a un mismo nivel la adoración teológica de los ángeles, que proclaman al Niño como el Señor y le reconocen como el único Salvador; la ciencia de los sabios orientales, los Magos, que le entregan su vida; y el villancico de los pastores, los que tienen corazón de fe, capaces de admirar y de gozar en la sencillez y generosos en comunicar su gozo a los demás.

            Para los que tienen fe, Navidad es el gozo sin límite de saber y sentir que “Dios-está-con-nosotros”

            2.- Dios está con nosotros”: Ésta es la verdad más decisiva para nosotros, la más auténtica, la última, la más consoladora, porque la felicidad del hombre está en poseer a Dios.

            Nuestra primera actitud ante este Misterio de la Navidad ha de ser siempre la adoración, como los pastores, como los Magos, como María y José.

            Dejémonos penetrar el alma por la alegría de este Dios cercano y entrañable, como los que tienen alma de niño y corazón de pobre. Aunque no lo entendamos, la verdad es que Dios ha entrado en nuestra historia de hombres para que todos los hombres y mujeres entremos en el mundo y en el hogar de Dios. “Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres”. (Tit2, 11).

            3.- El hombre actual, que somos nosotros, ha quedado en gran medida atrofiado para descubrir a Dios. Se ha hecho “incapaz de Dios”.

            Movidos exclusivamente por intereses egoístas, sin capacidad de abrirnos a Dios por ningún resquicio de nuestra existencia, caminamos por la vida sin la compañía interior de nadie, viviendo un estilo de vida que nos abruma y empobrece.

            La fe cristiana es antes que nada descubrimiento de la bondad de Dios, experiencia agradecida de que sólo Dios salva.

            Ante un Dios del que sólo sabemos que es Amor, no cabe por parte del hombre sino el gozo, la adoración y la acción de gracias.

            Dios existe; y está ahí, en el fondo de nuestra vida. Somos acogidos por su bondad y su misericordia.

            Estamos acostumbrados a escuchar que “Dios ha nacido en un pesebre, en el portal de Belén”. Y no nos sorprende ni nos conmueve un Dios que se nos ofrece como niño. Pero esa es justamente la Buena Noticia de la Navidad: ahora sabemos que Dios no es un ser tenebroso y temible, sino Alguien que se nos ofrece cercano, entrañable, desde la ternura y la transparencia de un niño.

            4.- Éste es el mensaje de Navidad. Hay que salir al encuentro de ese Dios, con prisa, como los pastores y los Magos; hay que cambiar el corazón, nacer de nuevo, recuperar la transparencia del corazón, abrirse confiados a la Gracia y al perdón de Dios. Hay que “llevar ya desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa” (Tit 2, 12).

            En este día de Navidad se nos pide confiarnos a Dios y creer en la fuerza del amor. Cada uno de nosotros hemos de sentirnos llamados a llenar nuestro corazón de amor, no de violencia; de ternura, no de agresividad; de diálogo y de paz, no de guerra.

            Entonces podremos cantar también con verdad: “Gloria a Dios en los cielos y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor”.

            5.- La Navidad no es una fiesta fácil. Sólo puede celebrarla desde dentro quien se atreve a creer que Dios puede volver a nacer en nosotros, en nuestra vida diaria. Ese nacimiento será pobre, frágil, débil, como fue el de Belén. Pero puede ser un acontecimiento real que nos hará felices. Y se despertará en nosotros una alegría diferente, nos inundará una confianza desconocida. Porque Dios es el mejor regalo que se nos puede hacer a los hombres.

            La Navidad nos invita, un año más, a contemplar, a vivir y a irradiar el Misterio de Dios-con-nosotros. Como María, la Virgen y Madre nuestra.

 

+ Antonio Dorado Soto,

Obispo de Málaga

Autor: Mons. Antonio Dorado Soto