DiócesisHomilías Mons. Dorado

Domingo III de Adviento

Publicado: 14/12/2003: 614

III domingo de Adviento, ciclo C,

Año 2003

            1.- La Liturgia de este Domingo, a mitad del camino del Adviento, es una invitación a la alegría: Estad siempre alegres en el Señor”. Porque el Señor está cerca, dice San Pablo. Porque está en medio de ti, le grita el profeta Sofonías a Jerusalén. Sentir la presencia de Dios Salvador infunde la alegría de los santos, la paz activa de los fuertes.

            2.- El Evangelio según San Lucas nos ofrece un resumen de lo que Juan el Bautista decía a la gente cuando preparaba la segunda Navidad.

            Juan les decía que el encuentro con Dios, si es verdadero, tiene que cambiar la vida del hombre, que ya no puede seguir siendo el mismo. Lo expresa con estas palabras: “dad frutos dignos de conversión”.

            Y los discípulos le preguntan: “Entonces, ¿qué tenemos que hacer?”. La pregunta ya indica una actitud sincera y de compromiso. Ante los problemas, los hombres solemos decir pasivamente: “vamos a ver qué pasa”. Y seguimos igual. Y hay que preguntarse, como los discípulos de Juan: “vamos a ver qué hacemos”.

            Juan les decía y nos dice hoy a nosotros:

            2.1. Debemos reconocer nuestros pecados; porque todos tenemos nuestra parte de culpa en el sufrimiento del otro. Por nuestro afán desmedido de dinero o por nuestra irresponsabilidad en el trabajo. Por nuestro individualismo egoísta o por nuestra pasividad. Quizá porque la comodidad, disfrazada de prudencia, impide que nos volquemos en el hermano humillado y abandonado, hacia nuestros padres ancianos, hacia el minusválido o el drogadicto. En el fondo, porque hemos olvidado el amor entrañable de Dios.

            Juan señala para todos, como fruto de conversión, compartir los bienes. Mientras haya quien carezca de vestido y comida, no es cristiano retener lo que sobra. “Vestido y comida” eran expresión popular de todo lo indispensable para el desarrollo de una vida humanamente digna.

            Juan Pablo II, en uno de sus viajes a España, decía esto mismo en un lenguaje más actual: “el que tenga dos sueldos pingües, que deje uno; el que tenga dos trabajos bien remunerados, que deje uno para que otros hermanos encuentren su puesto en la mesa de la vida”.

            A un grupo de empleados de la Administración Pública, le decía: “No exijáis más de lo que está fijado o establecido”: Si es verdad; comos se escribe; que existe corrupción, tenemos que erradicarla entre todos: cumpliendo con nuestro trabajo, dando el peso y la calidad justos, frenando el afán de lucro y la estafa, favoreciendo y siendo ejemplo de lo que llaman “la honradez profesional”.

            A un grupo de militares que acudieron a él con toda nobleza y rectitud, les decía: “no hagáis extorsión a nadie”.

            Para un cristiano, cualquier poder y responsabilidad sólo se justifica como servicio al otro, especialmente al débil. Aprovecharlo para el fraude, la explotación o la violencia es prostituirlo, porque no se trata de proteger los propios intereses, sino de buscar el bien común.

            El Adviento que estamos celebrando es una llamada a perseverar en el camino hacia Belén: ir al encuentro del que ha de ser nuestra Paz y nuestra Alegría. Y San Juan nos recuerda hoy en el Evangelio que los pasos de este camino son las obras de amor y de justicia.

+ Antonio Dorado Soto,

Obispo de Málaga

Autor: Mons. Antonio Dorado Soto