Publicado: 20/03/2005: 769

Domingo de Ramos

Ciclo A: 20 de marzo de 2005

            1.- Con el Domingo de Ramos comienza la Semana Santa. A lo largo de seis días los cristianos vamos a acompañar a Jesús de Nazaret. Meditando en sus palabras y en sus gestos, podemos descubrir su identidad humana y divina y la grandeza de su amor. Ese amor que le llevó a dar su vida en una  Cruz como si fuera un maldito.

            La Misa de hoy, Domingo, ha empezado con la bendición de los Ramos y con una procesión armonizada con cánticos de alegría. Queremos recordar la entrada de Jesús en Jerusalén a lomos de un pacífico asno. Porque el Reino de Dios no se construye con armas ni con dinero, sino con la misericordiosa del perdón y de la bondad divinas. También hoy nos miran con ironía y con desprecio los grandes de la tierra, los que cuentan su dinero con miles de millones. Los dueños de los Medios de Comunicación que dictan lo que ha de pensar el pueblo y los que se consideran sabios. La inmensa mayoría de los cristianos somos personas sin gran relieve social, somos los seguidores de aquel Maestro que el primer Domingo de Ramos de la historia entró en Jerusalén sobre un humilde pollino. Ya va para dos mil años; y hoy seremos decenas de millones los que le acompañemos cantando nuestra alegría; pues su Palabra sigue sembrando amor y confianza en Dios y en el hombre.

            2.- Apenas entramos en la Catedral con el corazón radiante de gozo, han cesado nuestros cantos y las lecturas de la Misa nos han hablado de sufrimiento, para culminar con el relato de la Pasión y muerte del Señor. No es necesario detenernos en sus comentarios, porque la narración de aquellos hechos tiene sobrada elocuencia. Nos hablan del Dios Crucificado. Un Dios que no manifiesta su grandeza en la venganza o el castigo, sino en la misericordia y el perdón. Un Dios que se deja matar por sus hijos, para que resplandezca su bondad infinita y su capacidad de ser paciente y misericordioso.

            3.- Y es que el Dios que se nos ha manifestado en Jesucristo no es el Dios imponente que se hace respetar a base de infundir miedos, pues como dice San Pablo en la Segunda Lectura de la Misa, Jesucristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios. Al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de Cruz

            Por eso los cristianos decimos que Dios es desconcertante, verdaderamente libre, auténticamente Dios. Los grandes de la tierra, los dueños del dinero, los que dominan y someten para sentirse importantes, tienen gran dificultad en aceptar el Evangelio porque tendrían que cambiar su estilo de vida y su conducta. Jesús dijo que son los pequeños y sencillos quienes mejor entienden su vida, su muerte y su mensaje.

            Gente parecida a esos miles de seguidores de Jesucristo que desfilarán hoy con sus ramos y que el Jueves Santo recorrerán los templos para postrarse y adorar al Señor Sacramentado presente en medio de su pueblo. A ese Señor que se ha hecho Pan de Vida y que, resucitado, de entre los muertos alimenta el amor de los suyos en cada Eucaristía, como enseña nuestra Fe.

+ Antonio Dorado Soto,

Obispo de Málaga

Autor: Mons. Antonio Dorado Soto