DiócesisHomilías Mons. Dorado

Conmemoración de todos los fieles difuntos

Publicado: 02/11/2002: 728

2 de noviembre de 2002

 Conmemoración de todos los fieles difuntos

2 de noviembre de 2002

 

            1.- Dos temas íntimamente ligados entre sí se entreveran en la Liturgia de la Conmemoración de todos los fieles difuntos:

 

  • por un lado, el recuerdo de los que duermen en el Señor.

 

  • por otro lado la perspectiva de la Vida eterna: ellos la han recibido, nosotros la esperamos.

 

 

2.- El recuerdo de los fieles difuntos, que se hace oración para los que han llegado ya a la patria, es la expresión vida de un profundo convencimiento que radica en lo más íntimo de la fe, según la cual la comunicación mutua no termina en la muerte, sino que precisamente eso es lo permanente.

 

            La nuestra es una oración de súplica para que puedan llegar a la comunidad de los ciudadanos del cielo; es una oración de alabanza a Dios, que es admirable en sus santos; y, al mismo tiempo, una oración de acción de gracias por el testimonio de su vida.

 

            Hoy, en esta Eucaristía, y con esta misma oración de súplica, de alabanza y de acción de gracias, recordamos especialmente a los sacerdotes que han muerto en nuestra diócesis en el curso pasado.

 

 

            3.- Sin retirar de ellos –nuestros sacerdotes-- nuestra mirada agradecida, vamos hoy a condensarla en la Vida eterna, que ellos nos recuerdan y nosotros esperamos.

 

            Y es bueno que hoy nos preguntemos si esperamos de verdad la Vida eterna, y si la esperamos intensamente, confiadamente y con deseo vivo.

 

            Porque todo parece indicar que el deseo de la Vida eterna se ha debilitado mucho en la conciencia de los mismos cristianos. Si auscultamos nuestro propio corazón, tal vez encontremos en él más miedo a la muerte que deseo de Vida eterna. Es legítimo y natural el temor a morir. Ordinariamente la fe no extingue este temor, pero sí lo educa. Sólo el deseo vivo, ardiente y confiado en la Vida eterna puede domesticar en nosotros el espontáneo miedo a la muerte. Por ello, cuando este deseo se debilita, el miedo a la muerte se acrecienta.

 

            Pero el miedo a la muerte no es el único adversario del deseo de Vida eterna en nosotros. Para que este deseo florezca y se robustezca, es preciso que atisbemos en alguna medida lo que en ella nos espera.

 

            En la Vida eterna seremos plenamente personas, plenamente libres y plenamente dichosos. Y sobre todo, como centro de todo, como fuente de todo, en la Vida eterna “estaremos con el Señor”. Viviremos con la Santísima Trinidad. Dios es el núcleo de la Vida eterna. Dios es la Vida eterna. Porque sólo Dios es capaz de llenar el ansia de plenitud y de felicidad que todos llevamos dentro. Sólo Dios es la fuente que sacia el corazón perpetuamente insatisfecho del hombre. Sólo Dios es Dios. Los santos han comprendido esta afirmación con el corazón y con la mente: “Prefiero estar con Cristo que reinar en los confines de la tierra”, decía San Ignacio de Antioquia.

 

Como recuerda el Concilio Vaticano II:

 

            “El Señor es el centro del género humano, gozo de los corazones y plenitud de sus aspiraciones”.

 

 

            4.- Es vital que alentemos en nosotros este deseo verdaderamente saludable, porque de él depende el vigor de nuestra vida cristiana.

 

            La languidez y la mediocridad parecen ser la tónica de la conducta de muchos cristianos. Y es que cuando falla el motor, el vehículo pierde fuerza y dirección. Y el motor de nuestro comportamiento cristiano es la Vida eterna.

 

            La planta del deseo de Dios y de la Vida eterna es no sólo preciosa, sino delicada. No puede arraigar en un corazón reclamado por otros deseos que ambicionan ocupar el lugar de Dios.

 

 

            5.- Confiamos y creemos que nuestros fieles difuntos y los sacerdotes que nos han precedido en el signo de la fe, viven ahora en plenitud junto a Aquel que es la Vida y la Alegría. Desde aquella orilla nos estimulan, nos aman, nos enseñan. Desde esta orilla rezamos por ellos y nos sentimos confortados por su oración.

 

            Su recuerdo nos invita hoy a decir de nuevo:

 

            “Creemos en la Resurrección de los muertos y en la Vida eterna. Amén”.

 

+ Antonio Dorado Soto,

Obispo de Málaga

Autor: diocesismalaga.es