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Funeral por D. José María González Ruiz

Publicado: 29/01/2005: 825

29 de enero de 2005

Funeral por D. José María González Ruiz

29 de enero de 2005

“En Cristo habita la esperanza

de la feliz Resurrección”.

(Prefacio de Difuntos).

            Queridos hermanos:

            1.- La muerte de un ser querido –y D. José María lo ha sido muchísimo para nosotros-- es siempre para los cristianos un motivo especial de oración.

            Tras una dilatada y llena vida, ayer nos dejó D. José María González Ruiz. Le hemos visto apagarse poco a poco en los últimos meses. La llama vacilante de su vida precisamente en el momento en que se extinguía ha sido activada amorosamente por el Padre y convertida en antorcha de Resurrección.

            Todos hemos querido y valorado a este hermano sacerdote que ha entregado su vida a la Iglesia y a la formación humana y cristiana de los niños, adolescentes y jóvenes de las familias más pobres.

            Unidos a sus familiares y en torno a sus restos mortales, celebramos la Eucaristía funeral. Damos gracias a Dios por todo lo que ha realizado en él y a través de su ministerio pastoral. Bendecimos al Señor que lo ha sostenido en su larga vida y le ha purificado en su enfermedad. Meditamos junto a sus despojos en el misterio cristiano de la muerte, yrecogemos con suma atención el aviso amoroso e interpelador de Dios, contenido siempre en la muerte de una persona próxima a nosotros.

            2.- Las lecturas elegidas para este oficio funeral son una preciosa ayuda para que actualicemos estos cuatro saludables cometidos.

            Como Jesús, que da gracias al Padre ante la tumba de Lázaro, también nosotros agradecemos el don de la vida y la salud que nos permite disfrutar de ella y aprovecharla para “en todo amar y servir”, como dice San Ignacio. “Tiempo de gozo y de eficacia”, lo llama un himno de la Liturgia. Dicen los expertos que una de las características de cierta juventud consiste en la errónea creencia de que todo les es debido. No perciben que casi todo les es regalado generosamente. Con la vida, la salud, el bienestar, el amor familiar y muchos otros bienes como los sobrenaturales (la fe, la filiación divina, el sacerdocio), nos sucede lo mismo que a muchas personas creyentes e incluso piadosas: el disfrute ordinario de estos bienes nos induce a olvidar que son “dones de Dios”.

            3.- Cuando se estrecha de este modo nuestra mirada, cualquier contrariedad, enfermedad o dolencia, despierta en nosotros la protesta y la rebeldía. Lejos de bendecir a Dios en los momentos de aflicción, nos amargamos y, como Marta y María, nos dejamos abatir. En ocasiones nos lleva a preguntar a Dios porqué sufrimos tanto. Olvidamos que el sufrimiento está inserto en nuestra condición de criaturas limitadas y nos es, por tanto, connatural. Olvidamos que, cuando es asumido, el sufrimiento nos madura como creyentes. El autor de la Carta a los Hebreos nos sorprende con esta doble afirmación: “Dios quiere perfeccionar con el sufrimiento al autor de la salvación nuestra… Aunque era Hijo, aprendió sufriendo lo que cuesta obedecer”. Bendecir a Dios en los sufrimientos puede resultar penoso e incluso heroico. Pero es un postulado de nuestra fe y un gesto de unión al Salvador Crucificado por nosotros. Y, al final, este mensaje resulta, para los creyentes probados por el dolor, el más confortador.

            4.- El fragmento de la Carta a los Romanos (6, 3-9)), nos brinda la luz necesaria para una meditación cristiana acerca de la muerte de D. José María y de la nuestra. La muerte y Resurrección de Jesucristo ha inscrito en la natural necesidad de morir un sentido y una dinámica nueva que se manifiesta en dos propiedades de la muerte del cristiano. Esta muerte es, en primer lugar, el último despliegue del Bautismo recibido. Tras habernos impulsado en vida a “ir muriendo”, es decir, a ir debilitando los focos de pecado que anidan en nosotros, al final de la vida el Bautismo nos impulsa a “morir en Cristo”, es decir, a entregar nuestra persona a Dios Padre en un gesto de confianza y de amor que constituye una superación de la angustia de la muerte.

            Y, al morir en Cristo, hacemos nuestra la segunda característica de la muerte cristiana: nos incorporamos a la Resurrección del Señor. La muerte nos abre, como a Cristo, el camino de la vida plena y definitiva.

            5.- La meditación cristiana de la muerte nos conduce eficazmente a aprovechar al máximo la vida. No era saludable aquella obsesiva meditación sobre la muerte que tal vez ensombreció en exceso nuestros años pasados. Pero tampoco es saludable el actual olvido sistemático y deliberado de la perspectiva de la muerte. Este olvido se ha convertido hoy en una obsesión de signo contrario. Muchas personas reprimimos el pensamiento de la muerte. Y esta represión, lejos de ser fuente de alegría y libertad, es origen de malestar y de trastornos.

            Reflexionar cristianamente sobre la muerte nos conduce además a vivir ante Dios como hijos y hermanos.

            La muerte de D. José María debe conducirnos a formularnos una pregunta única y múltiple: ¿estoy aprovechando o malogrando mi vida?, ¿estoy preparando a conciencia el último examen?, ¿estoy dispuesto para responder a Jesucristo el día que me llame?, ¿estoy sembrando semillas de resurrección?

            En estos tiempos los cristianos debemos afirmar con claridad estas dos cosas:

  • que la esperanza de la vida eterna es esencial en la fe y en la vida cristiana.
  • y que la fe en la vida eterna no nos aleja de este mundo, sino que nos ilumina por dentro y cambia el modo de estar y vivir en la realidad. Esperar la vida eterna es transformar poco a poco nuestra vida actual a semejanza de la vida que esperamos.

“Amo la vida con saber que es muerte. Amo la muerte por saber que es Vida”. (Francisco de Quevedo).

 

+ Antonio Dorado Soto,

Obispo de Málaga

Autor: diocesismalaga.es