DiócesisHomilías Mons. Dorado

Funeral por D. Constancio Mínguez

Publicado: 05/11/2004: 869

5 de noviembre de 2004

Funeral por D. Constancio Mínguez

5 de noviembre de 2004

Textos: Rom 14, 7-12

Lc 12, 35-40.

 

            Queridos sacerdotes concelebrantes, familiares y amigos:

            1.- Aquí estamos sobrecogidos por la noticia de la muerte de D. Constancio Mínguez, que ha desaparecido inesperadamente de entre nosotros, dejando un vacío muy grande en esta diócesis a la que ha servido generosamente durante… años, y que tan necesitada está de hombres como él: lúcidos, preparados, sociables, caritativos, amigo de los jóvenes, especialmente los universitarios, y siempre disponible a cuanto se le pedía y colaborador de esta parroquia de San Pedro.

 

            La muerte de un ser querido –y Constancio lo ha sido muchísimo para nosotros-- es siempre para los cristianos motivo especial de oración. Necesitamos comunicarnos con Dios. Éste es precisamente el sentido fundamental de esta Eucaristía: orar, ponernos en contacto con Dios, darle gracias, implorar su misericordia y consolarnos mutuamente con su Palabra. A ella acudimos ahora con el alma destrozada, pero con el corazón abierto por la fe.

 

            2.- San Pablo nos ha recordado en la Primera Lectura: “Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor. En la vida y en la muerte somos del Señor. Para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de vivos y muertos”.

 

            Estas palabras, que el Apóstol tomó de un himno litúrgico de su tiempo, condensan maravillosamente el sentido último de nuestra vida y de nuestra muerte.

 

            Un creyente, un sacerdote, no tiene otro Señor en su vida que Jesucristo. No debe ser esclavo de nada ni de nadie. Su vocación consiste en vivir para el Señor por el amor y en ayudar a otros a vivir para el Señor. Su vocación consiste, llegado el momento, en entregar su vida en las manos del Señor. Con temblor, pero con firmeza. Con miedo, pero con esperanza. Con ganas de seguir viviendo, pero sin la pretensión de retener la vida para sí. Porque “en la vida y en la muerte somos del Señor”.

 

            Un acontecimiento doloroso e inesperado como éste tiene que conducirnos a formularnos algunas preguntas: ¿vivo de verdad para el Señor o para mí mismo? ¿Soy libre respecto a las personas, los proyectos, las tareas, las compensaciones individuales que embargan mi vida o soy esclavo que vivo bajo su yugo?

 

            El móvil central de mi vida, el que sostiene mis opciones e inspira mi trabajo, el que me da alegría de vivir, ¿es el amor del Señor, a su Iglesia, a las personas a quienes sirvo mediante el ministerio o la profesión? ¿Estoy preparado básicamente para entregar mi vida cuando llegue el momento porque “confío a fondo perdido en el Señor”, a quien sirvo de balde y con todo lo nuestro, como decía el Beato Manuel González?

 

            No siempre nuestro espíritu está preparado para que estas preguntas nos interpelen de verdad. Hoy tal vez sí. Estas preguntas son inquietantes, pero son más consoladoras que inquietantes.

 

            3.- Jesús, en el Evangelio de Lucas, retrata una actitud que debe impregnar toda nuestra existencia: vivir despiertos a la espera del Señor. La imagen del servidor que lleva la túnica atada a la cintura para correr a abrir la puerta al Señor que llega de noche y que sostiene en sus manos, mientras dormita, la lámpara encendida para no hacerle esperar a su vuelta, quiere aconsejarnos esta actitud de espera vigilante.

 

            Lucas, que escribe su Evangelio, entre los años 80 y 90 de la era cristiana, se encuentra con una comunidad que ya no espera de manera inminente la venida del Señor, y que, por tanto, experimenta la tentación de adormecerse, es decir, de relajarse en su fervor y en su generosidad. A esta comunidad recuerda las palabras de Jesús. ¡No se parece notablemente a ella nuestra comunidad eclesial actual? Podemos enfrascarnos en lo que tenemos entre manos como si fuera el único valor.

 

            Para un creyente ésta es una perspectiva sumamente deformada. Porque Cristo murió y resucitó, con la muerte nuestra vida culmina una etapa y se inicia otra más plena y definitiva, en la cual el mismo Señor nos servirá en el eterno banquete de su Reino. Sabemos por la fe que, en la muerte, esperada o inesperada, el Señor viene y toca nuestra puerta. Es vital que nos encuentre con la túnica ceñida y con la lámpara encendida.

 

            La venida final del Señor se anticipa en mil venidas en las que Él nos llama, nos anima y nos interpela todos los días. Son llamadas imperceptibles para quienes vivimos demasiados distraídos en nuestros afanes. Hoy todos los aquí presentes, sacerdotes y familiares, profesores y alumnos, feligreses y amigos, jóvenes y mayores, recibimos en la muerte de Constancio una llamada penetrante, llena de amor. Ojalá nos encuentre despiertos.

 

            4.- Esperamos que nuestro hermano Constancio, sacerdote, ya esté viviendo la Alegría de haber experimentado la verdad de las Palabras del Señor: “Venid los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. En Mí encontraréis descanso. Mi yugo es llevadero y mi carga ligera”. Esperamos que ya haya experimentado que nada ni nadie, ni la aflicción, ni la angustia, ni la persecución, ni peligro alguno, … ni la vida, ni la muerte, nos puede separar del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús. Por la esperanza nuestra en la glorificación de nuestro hermano, ¡TE DAMOS GRACIAS, SEÑOR!

            El recuerdo agradecido de Constancio nos invita a decir de nuevo con fe:

 

            “Creemos en la Resurrección de los muertos y en al vida eterna. Amén”.

 

 

+ Antonio Dorado Soto,

Obispo de Málaga

Autor: Mons. Antonio Dorado Soto