DiócesisHomilías Mons. Dorado

"Signos de Esperanza" Asamblea Diocesana de inicio de curso

Publicado: 18/10/2003: 526

Signos de esperanza

Asamblea Diocesana de inicio de curso de todos los Consejos: 18-10-2003.

1.- Al comenzar este nuevo curso pastoral, y en esta Asamblea en la que participáis representantes de todas las Delegaciones y sus Secretariados y de todos los Movimientos y Asociaciones, quiero subrayar una sencilla, pero creo que necesaria, clave espiritual para seguir trabajando nuestro Proyecto Pastoral Diocesano, y, más en concreto, el Plan Pastoral para el curso 2003-2004. Y la clave la podemos formular así: “detectar o descubrir signos de esperanza”.

Al analizar la realidad solemos ser muy sensibles para detectar los problemas, los fallos, las carencias, y tenemos el peligro de quedarnos en la pura constatación. Esto nos deja tristes y paralizados. Sin embargo, en la mirada amorosa a nuestra realidad diocesana podemos descubrir también signos de esperanza, humildes y sencillos, pero prometedores y estimulantes. Son signos que manifiestan la presencia del Espíritu del Señor, que vivifica constantemente a su Iglesia. Y necesitamos acoger con alegría estos signos de esperanza para cultivarlos, cuidarlos y ayudarlos a crecer.

Ésta es la mirada y el talante al que nos invita Jesús en el Evangelio, sobre todo en las parábolas de la levadura y del grano de mostaza. Este fue su estilo al tratar con los pecadores, al visitar la casa de Zaqueo, al hablar con la Samaritana, al dar gracias al Padre por su revelación a los pequeños y en tantos otros pasajes.

Nuestro proyecto pastoral tiene como orientación fundamental la evangelización de nuestra sociedad, pero sólo podremos evangelizar si vivimos evangélicamente con el estilo de Jesús, unidos a Él. Si vivimos como Él no sólo descubriremos signos de esperanza, sino que lo seremos para los demás. Seremos testigos de esperanza.

El Papa Juan Pablo II, en su reciente exhortación apostólica dirigida al Continente Europeo, nos ha señalado a Jesucristo como fuente de Esperanza para Europa. En sus palabras nos anima a “afrontar los acontecimientos humanos con una actitud fundamental de confianza que surge de la fe en el Resucitado, presente y activo en la historia”. (E.E., 5).

Y nos ofrece “unas orientaciones útiles para que el rostro de Cristo sea cada vez más visible a través de un anuncio más eficaz, corroborado por un testimonio coherente” (E.E., 3). El cristiano vive la alegría del encuentro vivificante con Cristo, fundamento de la verdadera esperanza.

Por eso, al inicio de un nuevo curso pastoral debemos percibir la llamada de Cristo a la conversión personal y comunitaria. “Jesucristo llama a nuestras Iglesias en Europa a la conversión, y ella, con su Señor y gracias a su presencia, se hacen portadoras de esperanza para la humanidad”. (E.E., 23).

2.- Visto el panorama de la acción pastoral de nuestra Iglesia, no podemos tener “mala conciencia” en el sentido de no estar haciendo un serio esfuerzo de respuesta.

La conciencia de las carencias dentro de cada sector pastoral, se convierte en actitud positiva de cara a la superación y a la fidelidad.

La respuesta pastoral que estamos dando es motivo de esperanza (nuestra Iglesia se afana en los duros trabajos del Evangelio), pero también es motivo de preocupación.

Por eso, en esta fiesta de San Lucas, que nos presenta el Evangelio del evangelizador y nos enseña cómo se forma el evangelizador, nos reunimos en torno a la Palabra de Dios y de la Eucaristía, para:

- renovar nuestro espíritu,

- aglutinarnos en una unión más estrecha, y

- estudiar los objetivos y acciones que han de condensar en este curso nuestros mejores esfuerzos pastorales.


3.- Nos es necesario renovar el espíritu. El abatimiento espiritual y apostólico no son en nuestros días tentaciones imaginarias. En el comienzo del tercer milenio la comunidad cristiana experimenta de forma lacerante la dificultad de la evangelización. Se siente una Iglesia debilitada en un mundo cada vez más poderoso. Observa con preocupación cómo este mundo poderoso impregna, para bien y para mal, la mentalidad, la sensibilidad y la actividad de los mismos creyentes.

El abatimiento temeroso es, en estas circunstancias, una reacción comprensible, pero no coherente con nuestra fe. El ánimo espiritual y pastoral no nace de análisis optimistas ni de circunstancias favorables.

El Espíritu Santo lo suscita en el corazón de su comunidad por el consuelo de la Palabra y el vigor de la Eucaristía. El componente principal de este ánimo es la esperanza, que lejos de ser un voluntarismo cegato que ignora el espesor de las dificultades, sabe acrisolarse en medio de los problemas y los contratiempos.

La esperanza purifica nuestras expectativas, que quisieran dictar a Dios la manera de salvar al mundo; y nos hace más agradecidos cuando aquí y allá, en un grupo de adultos que inicia su proceso catequético, con un plantel de muchachos que se inscriben en un proceso de clarificación vocacional, en un voluntariado que apoya proyectos sociales de la Iglesia, en una persona que retorna a la fe católica, en una parroquia rural que se renueva, descubre los pequeños signos de salvación que le aseguran que Jesús está presente y activo en su comunidad.
4.- Hemos venido también a patentizar e intensificar nuestra unidad. Los tiempos de abatimiento suelen ser propicios también a otra tentación: la dispersión. Los creyentes debemos ser conscientes de que “nuestra fuerza está en la unión”. No simplemente por la suma aritmética de ideas y esfuerzos, sino porque la comunión es amor y allí donde hay amor está Jesús y su Espíritu.

En la vida de la Iglesia, allí donde reina el “yo” tiene que abrirse paso el “nosotros”. La comunión pastoral entre sacerdotes, entre catequistas, entre las parroquias de un arciprestazgo, entre religiosos y laicos, entre economías que se comparten, es signo de la presencia del Espíritu y garantía de que ese Espíritu seguirá alentando nuestros esfuerzos y proyectos.


5.- Alentados y unidos estamos preparados para llevar a cabo nuestros objetivos y acciones. Porque si es cierto que todas nuestras programaciones y esfuerzos son incapaces de producir la salvación, es igualmente cierto en la acción pastoral de la Iglesia, aquello que afirmaba el filósofo Balmes: “la inspiración no es hija del discurso, pero no recae sobre los negligentes”. Programar y evaluar es una manera muy concreta de tomar en serio la tarea de colaborar con el Señor en la Evangelización.

Trabajar sin espíritu es una reprobable aberración, pero trabajar sin método es hoy una lamentable ligereza.

La Palabra que hoy se ha proclamado constituye la invitación más autorizada y persuasiva a abordar con espíritu y en comunión de objetivos y acciones las tareas del curso pastoral.

+ Antonio Dorado Soto,
Obispo de Málaga

Diócesis Málaga

@DiocesisMalaga