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En el funeral por el Rvdo. D. Antonio Ruiz Pérez

Publicado: 16/12/2003: 767

Homilía en el funeral por el Rvdo. D. Antonio Ruiz Pérez

16 de diciembre de 2003


Queridos sacerdotes concelebrantes, queridos familiares, feligreses y amigos.


1.- Tras una vida dilatada y llena, ayer nos dejó D. Antonio. A los 77 años de edad y 55 de ministerio sacerdotal, se apagaron para este mundo sus ojos y se abrieron –así lo esperamos- para ver a Dios, vivir junto a Él y participar eternamente de su plenitud y de su dicha. Aunque hemos visto debilitarse su salud poco a poco en los últimos meses, aún estamos sobrecogidos por la noticia de la muerte repentina de D. Antonio.

El dolor de sus familiares, el gesto desconcertado y doliente de tantos feligreses y amigos y esta misma liturgia multitudinaria que constituye un inmenso duelo colectivo, están acompañando y acariciando los restos de este ejemplar sacerdote que desaparece de entre nosotros dejando un vacío en esta su querida diócesis tan necesitada de sacerdotes.


2.- Unidos a sus familiares y en torno a sus restos mortales celebramos la Eucaristía funeral. Damos gracias a Dios por todo lo que ha realizado en él y a través de su ministerio. Bendecimos al Señor que lo ha sostenido en su larga vida y lo ha purificado en su enfermedad. Meditamos, junto a sus despojos en el misterio cristiano de la muerte. Y recogemos con suma atención el aviso amoroso e interpelador de Dios, contenido siempre en la muerte de una persona próxima a nosotros.


3.- Las lecturas elegidas para este oficio funeral son una preciosa ayuda para que actualicemos estos cuatro saludables cometidos.

a). Como Jesús, que da gracias al Padre ante la tumba de Lázaro, también nosotros agradecemos el don de la vida y la salud que nos permite disfrutar de ella y aprovecharla para “en todo amar y servir”, como dice San Ignacio. “Tiempo de gozo y eficacia”, la llama un himno de la Liturgia.

Con frecuencia vivimos en la errónea creencia de que todo nos es debido y no percibimos que casi todo nos es regalado. El disfrute ordinario de la vida, la salud, el amor familiar y muchos otros bienes nos inducen a olvidar que son dones.

b). Cuando se estrecha de este modo nuestra mirada, cualquier contrariedad, enfermedad o dolencia, suscita en nosotros la protesta y la rebeldía. Lejos de bendecir a Dios en los momentos de aflicción, nos amargamos y, como Marta y María, nos dejamos abatir. En ocasiones llegamos a preguntar a Dios por qué nos toca sufrir tanto. Olvidamos que, cuando es asumido, el sufrimiento nos madura como creyentes. El autor de la Carta a los Hebreos nos sorprende con esta doble afirmación: “Dios quiere perfeccionar con el sufrimiento al Autor de nuestra salvación… aunque era Hijo aprendió sufriendo lo que cuesta obedecer”.

c).  El fragmento de la Carta a los Romanos nos brinda la luz necesaria para una meditación cristiana acerca de la muerte de D. Antonio. La muerte y la Resurrección de Jesucristo nos manifiestan dos propiedades de la muerte del cristiano. Esta muerte es, en primer lugar, el último despliegue del bautismo recibido. Tras habernos impulsado en vida a “ir muriendo”, es decir, a ir debilitando los focos de pecado que anidan en nosotros, al final de la vida, el bautismo nos impulsa a “morir en Cristo”, es decir, a entregar nuestra persona a Dios Padre en un gesto de confianza y de amor que constituye una superación de la angustia de la muerte.

Y al morir en Cristo hacemos nuestra la segunda característica de la muerte cristiana: un incorporarnos a la Resurrección del señor.

d). La meditación cristiana de la muerte nos conduce eficazmente a aprovechar al máximo la vida. No es saludable el actual olvido sistemático y deliberado de la perspectiva de la muerte. La represión del pensamiento de la muerte, lejos de ser fuente de alegría y libertad, es origen de malestar y de trastornos. Reflexionar cristianamente sobre nuestra muerte nos conduce a vivir ante Dios Padre como hijos y hermanos.


4.- La muerte de D. Antonio debe conducirnos a plantearnos una pregunta única y múltiple: ¿estoy aprovechando o malogrando mi vida?, ¿estoy preparando a conciencia el último examen?, ¿estoy dispuesto para responder a Jesucristo el día que me llame?, ¿estoy sembrando semilla de Resurrección?

D. Antonio expresó muchas veces en su predicación, con arraigada convicción, estas preguntas. Hoy, ya muerto para este mundo, nos las formula con más vigor y profundidad que nunca.

En su funeral pedimos al Señor la gracia inestimable de vivir atentos a sus signos, y –como nos recuerda este tiempo de Adviento-, anhelando su venida.


+ Antonio Dorado Soto,
Obispo de Málaga

Diócesis Málaga

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