DiócesisHomilías Mons. Dorado

Domingo IV del Tiempo Ordinario

Publicado: 01/02/1998: 429

Domingo IV del Tiempo Ordinario

1 de febrero de 1998


1.- Dos grandes dones de Dios constituyen hoy los motivos de nuestra acción de gracias en esta Eucaristía: uno, el don de la vida humana; el otro, el don de la Vida Consagrada.


2.- Para celebrar el don de la vida humana, el Papa Juan Pablo II instituyó, en su Encíclica “Evangelium Vitae”, la Jornada de la Vida.

Este año se nos presenta la Jornada con este lema: “La vida, un regalo del Espíritu”.

Hoy es el día de recordar gozosamente, y con gratitud, que nuestra vida, y la vida de todos los hombres, es un regalo de Dios. Vivir siempre es un valor, aunque haya deficiencias y sombras en la vida humana. La fe cristiana proyecta su luz sobre las sombras y limitaciones y, desde la fe, contemplamos la vida del hombre como un camino hacia la vida plena y definitiva en el Cielo.

Hoy es también el día de considerar con una profunda preocupación y denunciar las grandes amenazas que sufre la vida del hombre, como consecuencia de la exaltación ilimitada de la libertad humana, del deterioro de los valores éticos y morales y de la distribución injusta de los bienes de la tierra.

Frente a este fenómeno alarmante, la Iglesia no cesa de recordar a los gobernantes de las naciones, y a toda la sociedad, la necesidad de establecer unas condiciones que permitan a todo hombre vivir conforme a la dignidad de la persona humana salvada por Jesucristo.

Como tampoco cesa de denunciar todo aquello que atenta contra la vida humana como la guerra, las acciones violentas, el terrorismo y los atentados sangrientos, el aborto, la eutanasia y la privación de los derechos fundamentales.

“La gloria de Dios es el hombre vivo”, dice San Ireneo. Todo lo que hagamos por la defensa y el perfeccionamiento de la vida humana, glorifica a Dios, que es Amor y se manifiesta en la vida del hombre, que es reflejo del amor divino.


3.-  Un reflejo especial del amor de Dios es la persona que, libre y voluntariamente, consagra su vida a Dios y sigue a Jesucristo con el radicalismo de los consejos evangélicos para dedicar, como él, su vida entera al “amor de su Majestad y del prójimo”, como dice Santa Teresa.

El Papa Juan Pablo II estableció en la Iglesia, el año pasado, la “Jornada de la Vida Consagrada” y unió su celebración a la Fiesta de la Presentación de Jesucristo en el Templo, que es el día 2 de febrero.

La vida consagrada es un don especialísimo del Espíritu Santo. San Juan de Ávila decía que la vocación religiosa es “traimiento y gracia del Espíritu Santo”.

Por impulso del Espíritu Santo, las personas que se comprometen con Dios y se entregan a él por los votos de obediencia, castidad y pobreza, “imitan más de cerca y hacen continuamente presente en la Iglesia la forma de vida” que Jesús abrazó y propuso a los discípulos que lo seguían. Son “memoria viviente del modo de existir y de actuar de Jesús como Verbo encarnado, ante el Padre y ante los hermanos” (VC, 22).

De modo muy singular puede decirse de las personas consagradas que su vida “está escondida con Cristo en Dios” (Col 3, 2).

La vida consagrada, pro la íntima relación con el Misterio de Cristo, “pertenece indiscutiblemente a la vida y la santidad de la Iglesia” (LG, 44), Cuerpo de Cristo. Y acompañará siempre a la Iglesia como uno de sus elementos característicos. Es imprescindible en la Iglesia la vida consagrada (VC, 29). Que participa plenamente, según el propio carisma, en la misión que Cristo dio a la Iglesia, visibilizando y realizando su presencia y su amor.

Si el camino de la Iglesia, como el de Cristo, pasa por el hombre, por el hombre ha de pasar también el camino de las mujeres y de los hombres que, por su consagración, hacen presente la acción de Jesucristo. La vida consagrada, al igual que la Iglesia, no puede permanecer insensible a todo lo que sirve al verdadero bien del hombre, como tampoco puede permanecer indiferente a lo que le amenaza.


4.- Esta es nuestra grandeza y este es vuestro servicio, queridos religiosos y religiosas, miembros de las Sociedades de Vida Apostólica y de los Institutos Seculares.

Como Obispo de Málaga quiero expresaros mi reconocimiento y el de la diócesis por vuestro testimonio y por vuestro trabajo sacrificado, generoso y eficaz en la pastoral diocesana, en la vida parroquial, en la catequesis, en la acción educadora y en la cercanía y solidaridad con los pobres y necesitados. Mi reconocimiento también a las mojas de clausura, que “se ofrecen con Jesús por la salvación del mundo y, en su clausura, evocan la celda del corazón en la que cada uno está llamado a vivir la unión con el Señor. La vida contemplativa tiene también una extraordinaria eficacia apostólica y misionera” (VC, 59).

Todos unidos, los que participamos en esta celebración eucarística, demos gracias a Dios “por el gran don de la vida consagrada, que enriquece y alegra a la comunidad cristiana con la multiplicidad de sus carismas y con los edificantes frutos de tantas vidas consagradas totalmente a la causa del Reino”.

Es un singularísimo Don del Espíritu Santo. Por Él, con Jesucristo, alabamos y damos gracias  al Padre.

Y con nuestra acción de gracias, presentamos al Señor nuestra oración por que multiplique las vocaciones a la vida consagrada.


+ Antonio Dorado Soto,
Obispo de Málaga

Diócesis Málaga

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