Publicado: 08/04/1982: 509

Jueves Santo 1982

Homilía en la Misa Crismal


1.- En esta gran fiesta anual de nuestro sacerdocio, que reúne al presbiterio de la diócesis alrededor de su Obispo en la celebración en común de la Eucaristía, vamos a renovar ante Jesucristo sacerdote y ante vosotros, nuestros hermanos, las promesas hechas en el momento de la Ordenación Sacerdotal.

La renovación de nuestras promesas sacerdotales no es un gesto improvisado o rutinario. Es la culminación y el resultado del largo esfuerzo de conversión que hemos intentado con todo el pueblo cristiano durante este tiempo de Cuaresma.


2.- Hoy queremos concretar nuestra conversión:

- en el compromiso personal y consciente de seguir a Jesucristo en la vida sacerdotal. Igual que los Apóstoles “nosotros lo hemos dejado todo y hemos seguido a Cristo” (Mt 19, 27); y queremos perseverar junto a Él incluso en el momento de la Cruz, en medio de las dificultades que encontramos y de los sacrificios que se nos exigen. Como Pedro, queremos decir también nosotros hoy: “Señor, Tú sabes que te quiero” (Jn 21, 15).

- en la voluntad sincera de reencarnar y adaptar a nuestras circunstancias los gestos, las actitudes, los sentimientos y los comportamientos de Cristo-Sacerdote. Empeño posible porque el Sacramento del Orden “nos configura con Cristo Sacerdote, de suerte que obramos en persona de Cristo Cabeza” (PO, 2). Sabemos que “resultará siempre necesario a los hombres únicamente el sacerdote que es consciente del sentido pleno de su sacerdocio: el sacerdote que cree profundamente, que manifiesta con valentía su fe, que reza con fervor, que enseña con íntima convicción y con el testimonio de su vida, que sirve y pone en práctica en su vida el programa de las Bienaventuranzas, que sabe amar desinteresadamente, que está cerca de todos y especialmente de los más necesitados” (Juan Pablo II), el que realmente es signo viviente de la entrega de Cristo al Padre y a los hermanos. No podemos inventar gestos o actitudes sacerdotales, porque el sacerdocio cristiano sólo existe como presencia actualizada del único sacerdote que es Cristo. Y, por tanto, será sacerdotal todo aquello y sólo aquello que se ajuste al modo de ser y obrar de Cristo.

- y en la actitud humilde de dar cuenta públicamente ante vosotros, hermanos, de nuestras negligencias y pecados, de nuestra pereza y mediocridad, de nuestras faltas de fe, de esperanza y de entusiasmo apostólico; de buscar de nuevo el perdón y la fuerza de Dios en el Sacramento de la Reconciliación y retornar a la gracia misma de nuestra vocación, con confianza en la inmensa bondad y el amor infinito de Cristo, que se ha dirigido a cada uno de nosotros y, llamándonos por nuestro nombres, ha dicho: “Sígueme”.


3.- Sabemos que esto es una exigencia fundamental del Evangelio dirigida a todos los hombres. Pero hoy, en la fiesta anual de nuestro sacerdocio, la contemplamos como particularmente dirigida a nosotros. En el contexto actual de la sociedad española, donde tan duramente se critica a la Iglesia, y a veces con razón, nosotros nos sentimos en buena parte responsables:

- en primer lugar, por nuestra especial representatividad de la Iglesia de Jesucristo. Aunque la Iglesia somos todos y la formamos todos los bautizados, en la conciencia de muchos hombres se identifica con nosotros; y en nuestra conducta, en nuestra forma de ser y actuar descubren ellos la imagen concreta de la Iglesia. Podemos decir que en gran medida somos responsables de la credibilidad de la Iglesia.

- y, en segundo lugar, por la naturaleza de nuestra misión en el conjunto del Pueblo de Dios. Porque el sacerdocio ministerial, como dice el Concilio, “modela y dirige al pueblo sacerdotal” (LG, 10). Modela y dirige: ¡Hermosa y terrible responsabilidad! Esta es la tarea que nos encomienda San Pedro: “ciudad el rebaño de Dios que tenéis a vuestro cargo, mirad por él, no por obligación, sino de buena gana, como Dios quiere; tampoco por ganar dinero, sino con entusiasmo; no tiranizando a los que se os han confiado, sino haciéndoos modelos del rebaño” (I Pe 5, 1 ss.). “Fama facti gregis ex animo”. Reflejando en nuestras vidas la imagen de la Iglesia que queremos construir. Sobre todo hoy, porque “el hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan; o si escucha a los que enseñan es porque dan testimonio” (EN). Y a nadie se le oculta la influencia tan decisiva -¡y tan desigual!- que ejerce en la comunidad cristiana o en la parroquia, un sacerdote santo o un sacerdote mediocre y rutinario.


4.- La credibilidad del sacerdote.

En un mundo al que se han hecho tantas promesas y que, en cambio, experimenta una gran desconfianza, la Iglesia tiene que presentarse como testimonio de un mensaje de salvación creíble. La eficacia de la evangelización está ligada a la credibilidad de los sacerdotes, de la comunidad y de la Iglesia local. San Pedro lo expresaba bien cuando exhortaba a una vida pura y santa para que si alguno se muestra rebelde a la Palabra, sea sanado por la conducta. Y Jesucristo emplazaba a los fariseos, que dicen y no hacen, a creer en sus obras si no creían en sus palabras.

Especialmente a nosotros, los sacerdotes, “tácitamente” o a grandes gritos, pero siempre con fuerza, se nos pregunta: “¿creéis verdaderamente en lo que anunciáis?, ¿vivís lo que creéis?, ¿predicáis verdaderamente lo que vivís?” (EN). El pueblo busca credibilidad en nuestra doctrina, en nuestras costumbres, en nuestra buena fama, como corresponde a quien se ha dejado conquistar por Jesucristo y por el Evangelio y ha hecho de su vida un servicio incondicional a los hermanos.

Hoy, al renovar nuestras promesas sacerdotales, queremos renovar nuestro fervor espiritual. Queremos mantener “la dulce y confortadora alegría de evangelizar, incluso cuando hay que sembrar entre lágrimas, con un ímpetu interior que nadie ni nada sea capaz de extinguir. Queremos que el mundo actual -que busca a veces con angustia, a veces con esperanza- y que vosotros, podáis recibir la Buena Nueva, no a través de sacerdotes tristes y desalentados, impacientes o ansiosos, sino a través de ministros del Evangelio cuya vida irradia el fervor de quienes hemos recibido, ante todo en vosotros mismos, la alegría de Cristo y hemos aceptado consagrar nuestra vida a la tarea de anunciar el Reino de Dios y de implantar la Iglesia en el mundo” (EN, 80).

 

+ Antonio Dorado Soto,
Obispo de Málaga

Diócesis Málaga

@DiocesisMalaga