Publicado: 04/04/1982: 518

Domingo de Ramos

Año de 1982

Con la celebración del Domingo de Ramos, la Iglesia quiere evocar de nuevo un hecho importantísimo en la vida de Jesucristo; tan importante que nos afecta también a nosotros.

1.- Jesús de Nazaret, protagonista del Domingo de Ramos.

Todos hemos recordado este episodio. Se trata de un recibimiento clamoroso, alegre y popular. Jesús se encontraba en Betania, a pocos kilómetros de Jerusalén, donde había resucitado unos días antes a Lázaro. Parea asistir a la Pascua hebrea se forma un cortejo. En Betfagé, Jesús, antes de entrar en Jerusalén, monta en un asnillo y se dirige hacia la ciudad. E inmediatamente la escena se transformó en una manifestación popular, con un entusiasmo incontenible. En presencia de los jefes de los judíos, contrariados por la popularidad que Jesús iba ganando y decididos a quitárselo de en medio, brotan los aplausos a Jesús acompañados de gritos de alegría y aclamaciones especiales: ¡Hosanna!, es decir, ¡viva Jesús de Nazaret, el Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! Mientras tanto agitan los pañuelos y las ramas arrancadas de los árboles.

Es un pueblo entusiasmado por Jesucristo, que no oculta su fe y su amor a Él. El Domingo de Ramos es una explosión de afecto, de admiración y de entrega a Jesucristo.

2.- El Mesías, liberador del Pueblo elegido.

Pero, ¿qué significa esta acogida tan alegre y clamorosa? Es importante poner de relieve esto porque es decisivo para la comprensión del Evangelio. Este hecho es el reconocimiento y la proclamación del carácter mesiánico de Jesús. Jesús es el Mesías. ¿Qué quiere decir esto? Bajo este título se condensaban las grandes esperanzas del pueblo de Israel. El Mesías era el esperado, el salvador de sus vidas, el que iba a poner remedio a todos los males que sufría el pueblo. Jesús es el enviado del Padre, el centro de la historia, el liberador de la dominación extranjera, el que iba a traer al fin la paz a la historia tan azarosa de ese pueblo. Retengamos bien este significado: el Domingo de Ramos es la proclamación gozosa y entusiasta de que Jesucristo es el único que salva y puede colmar las aspiraciones más profundas del hombre.

 

3.- Jesucristo, centro de nuestra vida y de nuestro destino.

He ahí, pues, el sentido, el valor de esta solemnidad litúrgica que estamos celebrando.

Nosotros reconocemos a Jesús de Nazaret como el Cristo, Mesías, árbitro de los destinos de la humanidad, verdadero Salvador del mundo. Esta celebración significa para nosotros un gran acto de fe y quisiéramos contagiarnos de un entusiasmo íntimo por Jesucristo.

La fiesta de hoy nos plantea una formidable pregunta: ¿reconocemos nosotros en Jesús al Mesías, al Enviado de Dios, al Verbo de Dios hecho hombre, que se coloca en el centro de nuestra vida, en la base de nuestro destino?

Sabemos que Jesucristo ha dividido la historia en dos corrientes distintas y muchas veces opuestas. De una parte, la suya, la de Jesucristo, la corriente de la paz y de la fraternidad universal entre los hombres; de otra, la corriente de la violencia, de la lucha y de la fuerza. De una parte, la corriente de los “pobres de espíritu”, de los que buscan el Reino de Dios, de los que creen en la vida eterna; de otra, la corriente de los egoístas y de los que buscan el reino de la tierra, de los hombres que sólo confían en los bienes materiales. De una parte la corriente que hace del amor a Dios y al prójimo la ley suprema de la vida individual y social; de otra, la corriente que hace del interés egoísta, de la ganancia sin escrúpulo y del capricho, el motor real de sus ocupaciones. De una parte la corriente de la verdad y de la fe, y por tanto de la libertad; de otra, la corriente del engaño, de la mentira y de la hipocresía.

¿Qué decimos nosotros? ¿Hemos comprendido que la verdadera solución de la vida es la que ofrece el Evangelio y Jesucristo, a cuya vida podemos estar unidos? ¡Hemos experimentado la verdad, la belleza, la fuerza de la fe que Cristo nos ofrece a cada uno de nosotros personalmente?

Hoy, con renovada conciencia, con más fuerte energía y entusiasmo, volvemos a comprometer nuestra vida en esta profesión global y gozosa:

¡Nosotros queremos vivir como cristianos, queremos ser de Cristo y estar con Cristo! Queremos ser con Él hijos de Dios, es decir, hombres iluminados acerca del sentido de la vida y del mundo, salvados a la manera divina; y ser con él hermanos de cuantos comparten la suerte de nuestra existencia y tienen necesidad de ser amados, servidos y atendidos.

+ Antonio Dorado Soto,
Obispo de Málaga

Diócesis Málaga

@DiocesisMalaga