DiócesisHomilías Mons. Dorado

Domingo IV de Adviento

Publicado: 19/12/1993: 769

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Octubre de 2001


1.- “Hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión: éste es el gran desafío que tenemos ante nosotros en el milenio que comienza, si queremos ser fieles al designio de Dios y responder también a las profundas esperanzas del mundo”.

Estas palabras de Juan Pablo II en el nº 43 de la NMI, son la última expresión del mensaje que se repite como central en toda la predicación de Jesús y en las enseñanzas de los apóstoles y evangelistas.

“¿Qué significa todo esto en concreto?”, se pregunta el Papa. Y contesta a continuación: “Además de programar iniciativas concretas, hace falta promover una espiritualidad de comunión, proponiéndola como principio educativo en todos los lugares donde se forma el hombre y el cristiano, donde se educan los ministros del altar, las personas consagradas y los agentes de pastoral, donde se construyen las familias y las comunidades”.


2.- Este es el mensaje de los textos bíblicos que hemos proclamado en la Liturgia de la Palabra.

La Carta a los Efesios es una profunda y enamorada reflexión sobre la Iglesia de Jesús propuesta a los creyentes y un empeño de poner en guardia a aquellos cristianos contra toda tentación de particularismo. Los que forman aquella diócesis de Éfeso son cristianos de distinto origen sociológico y distinta condición cultural, que viven bajo la amenaza de dividirse en grupos dispares y están, por tanto, necesitados de una vibrante llamada a la unidad. Cristianos que viven en medio de un ambiente pagano y una ética altamente permisiva, que siente el tirón del mundo circundante y necesitan de alguien que les anime a vivir coherentemente con su fe en una profunda y misteriosa vinculación con Jesucristo.

El plan de Dios en la historia tiene precisamente como objetivo la unión de toda la humanidad en Cristo y por Cristo. Y en la consecución de este objetivo Dios ha reservado a la Iglesia un papel estelar. La Iglesia es el lugar donde toda discriminación desaparece, y donde la unidad no es uniformidad ni pasividad, sino dinamismo y colaboración, “rechazando las tentaciones egoístas que continuamente nos acechan y engendran competitividad, desconfianza y envidias”, sin olvidar el justo protagonismo de las Iglesia locales, en las que la Iglesia Universal se realiza plenamente. Nuestro Proyecto Pastoral Diocesano quiere ser un modo de expresión y crecimiento de esta espiritualidad de comunión, que tiene como fuente última la unidad irrompible de las tres divinas personas


3.- Ya San Pablo nos advierte que esa comunión y unidad eclesial es “fruto del Espíritu” (Ef 4, 3).

Y es lo mismo que nos repite Jesús en el Evangelio de Juan que hemos leído. En él nos anuncia cinco veces que Él nos enviará el Espíritu, a quien llama el Paráclito, que significa el asistente, el sustentador, el abogado e iluminador del proceso interno de la fe. Él es la tierra fértil de la que brota la santidad, la comunión, la vitalidad y la eterna juventud de la Iglesia.

Cuando meditamos el Libro de los Hechos vemos que el protagonista de la comunión eclesial y de la evangelización es el Espíritu Santo. Él pone en pie a la Iglesia naciente el día de Pentecostés; él sostiene a los discípulos con su fuerza y su audacia, cuando llegan las primeras dificultades; Él les ayuda a discernir los caminos del Señor. Con razón nos dejó dicho Pablo VI que “no habrá nunca evangelización posible, sin la acción del Espíritu Santo”.

Y es necesario que lo recordemos cuando estamos empeñados en un nuevo Proyecto Pastoral y en reavivar los diversos organismos pastorales diocesanos, arciprestales y parroquiales, pues siendo imprescindible la organización, nos dice el libro de los Hechos de los Apóstoles que la Iglesia progresaba y se edificaba por el Espíritu Santo. (9, 31).


+ Antonio Dorado Soto,
Obispo de Málaga

Diócesis Málaga

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