DiócesisHomilías Mons. Dorado

Encuentro: Cristianos en la vida pública

Publicado: 08/02/2004: 456

Encuentro: Cristianos en la vida pública

Domingo 5º del Tiempo Ordinario: 8 de febrero de 2004


1.- Nietzsche, que proclamó en el siglo XIX que “Dios ha muerto, lo hemos matado nosotros”, tuvo intuiciones geniales. Entre otras ésa en la que viene a decir: “¿Cómo podría tolerar que Dios existe y que ese Dios no soy yo?”. Y es que el hombre siempre ha tenido la pretensión de ser Dios. Desde el viejo Prometeo, héroe de la mitología griega, que robó el fuego sagrado a los dioses, a nuestros primeros padres, Adán y Eva, que querían ser como Dios.

También hoy, como dice “La Iglesia en Europa” (nº 9), en la raíz de la pérdida de la esperanza está el intento de hacer prevalecer una antropología sin Dios y sin Cristo. El intento del hombre de querer ser Dios sin Dios, “ha conducido al abandono del hombre”, por lo que no es extraño que, en este contexto, se haya abierto un amplísimo campo para el libre desarrollo del nihilismo, en la Filosofía; del relativismo, en la Moral; y del pragmatismo y el hedonismo, en la configuración de la historia diaria. La cultura europea da la impresión de ser una apostasía silenciosa por parte del hombre autosuficiente, que vive como si Dios no existiese.


2.- En nuestro mundo, tras proclamar que Dios no existe, proliferan los candidatos a ocupar ese puesto. Entre ellos, gobernantes que se arrogan el derecho a derribar y a imponer gobiernos a su gusto, sin respetar otra ley que las fuerzas de las armas; médicos y políticos que deciden por su cuenta qué niños deben nacer y cuáles no y qué ancianos sobran ya; filósofos, que rechazan el dictamen fiel de la conciencia y deciden libremente lo que está bien y está mal; y científicos que corrigen la forma tradicional de traer niños al mundo. Porque, si Dios no existe, como dijo un novelista ruso, todo está permitido.

En este mundo que quiere borrar del diccionario y del lenguaje el mismo nombre de Dios, Jesucristo nos invita a proclamar el Evangelio con obras y con palabras. “Rema mar adentro”, le dice a Pedro en el Evangelio de hoy. Desanimado porque durante toda la noche de duro trabajo no ha cogido un solo pez, estaba desesperado y a punto de tirar la toalla. Y entonces Jesús le invita a intentarlo una vez más, ahora “en las aguas profundas”. “Rema mar adentro”, es decir, dando profundidad a la vida, donde hay que arriesgarlo todo por Cristo y en la lejanía de la orilla, para superar todas las posibles ambigüedades de nuestra vida. Es decir, a no ser cristiano de orilla…, porque “no experimentamos de verdad aquello que hemos escogido hasta que no dejamos del todo aquello que hemos abandonado” (Rahner).


3.-  A través de estas palabras nos invita a los cristianos a anunciar el Evangelio en la vida pública. Un Evangelio sin rebajas. Con su radicalidad y su pureza. En las aguas profundas de la vida, allí donde se toman las graves decisiones que afectan a todos: en los laboratorios de la Universidad, en los foros políticos, en los económicos y en los medios de comunicación de cada día. Allí donde se decide y se diseña el futuro de los pueblos.

Y, como dice San Pablo en la Segunda Lectura de la Misa de hoy, a los que nos proponen que cambiemos la doctrina y la verdad del Evangelio y del Magisterio para hacerla más aceptable a la cultura dominante, tenemos que responder que nuestra misión es transmitir la fe que hemos recibido. Es el Evangelio de siempre el que hemos de proclamar en “el nombre del Señor” (“en mi nombre”), convencidos de que Él nos ha llamado y a Él seguimos.


4.- Y tenemos que hacerlo desde el testimonio personal de que la fe nos ha cambiado y por eso vivimos contra corriente. No porque seamos de otra pasta, sino porque creemos en su Palabra y porque contamos con la fuerza de su Gracia.

Pero es importante advertir que para que haya una “presencia cristiana en la vida pública”, hacen falta cristianos. Y tenemos que preguntarnos: ¿qué cristianos tenemos?, ¿dónde están?, ¿quiénes son?

Tenemos una generación admirable de cristianos convencidos, sobrios y ejemplares que han mantenido la fe y han educado cristianamente a sus hijos.

Pero en las circunstancias actuales, para que la Iglesia llegue a tener una influencia evangelizadora en el conjunto de nuestra sociedad, hay que comenzar por el principio, sin prisas, sin concesiones, sin miedos de ninguna clase. Y el principio son los cristianos verdaderamente convertidos, ilusionados con su vocación cristiana, enamorados de Jesucristo, conscientes de la grandeza de su vocación, bien identificados con la Iglesia y bien arraigados en el mundo.

No sirve de nada, y es muy poco realista, insistir en la necesidad de que los cristianos se comprometan en la vida pública, actuando como testigos y apóstoles de Jesucristo, si al mismo tiempo no nos ocupamos de organizar nuestras parroquias, nuestras comunidades y nuestros movimientos y asociaciones, que sean verdaderamente generadores de cristianos nuevos, convencidos, entusiastas, dispuestos a trabajar y sacrificarse por el anuncio del Evangelio y al servicio del Reino de Dios.

Además de ser santos, los cristianos, para influir en la vida pública, necesitan un talante secular que les haga vivir y actuar con madurez y eficacia en el mundo real. Para el apostolado de los seglares en el mundo, necesitamos cristianos que, además de ser fervorosos y precisamente porque lo son, se formen bien intelectualmente en la Doctrina Social de la Iglesia y se exijan una formación profesional relevante que les asegure el respeto de sus propios ambientes y les garantice el acierto en sus testimonios y actuaciones.

+ Antonio Dorado Soto,
Obispo de Málaga

Diócesis Málaga

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