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Solemnidad del Apóstol Santiago

Publicado: 25/07/2003: 531

Solemnidad del Apóstol Santiago

S.I. Catedral, 25 de julio de 2003


1.- Celebramos hoy, en comunión con toda la Iglesia, la Solemnidad de Santiago Apóstol, Patrono de España y primer evangelizador de nuestro pueblo. Había sido pescador en Galilea y fue llamado por Jesús para que fuera uno de sus discípulos y apóstoles; y con Pedro y con Juan, uno de los amigos más íntimos del Señor. El primer apóstol en dar la vida por el Maestro.


2.- En este día y en esta Eucaristía deben afianzarse en todos nosotros dos sentimientos:

Un sentimiento de gratitud por el don de la Fe que hemos recibido y que fue predicada en España, según una tradición muy antigua y venerable, por el apóstol Santiago. Como se reza en el Prefacio de la Misa:

“Con su guía y patrocinio se conserva la fe en España y se dilata por toda la tierra”.

Y, en segundo lugar, “acoger el aliento del Apóstol a los que peregrinan para que lleguen finalmente a Ti”. Aliento, ánimo y crecimiento en la esperanza para que, guiados por el Espíritu, permanezcamos fieles al Evangelio y sepamos transmitir la fe a las nuevas generaciones.


3.- Leí hace poco un libro que se titula: “Formas modernas de Religión” en el que contrasta lo que dice un pensador cristiano, muy crítico, y un  sociólogo sobre la crisis de la Religión y de la fe en nuestro país.

Ambos hablan de un distanciamiento y de un desinterés por el fenómeno religioso, que generan un desaliento en no pocos cristianos; los autores hacen una llamada a la purificación de nuestra fe.


4.- El Catecismo de la Iglesia Católica dice en el número 166, que “la fe es un acto personal: la respuesta libre del hombre a la iniciativa de Dios que se revela”. Pero la fe no es un acto aislado. Nadie puede creer solo, como nadie puede vivir solo. Nadie se ha dado la fe a sí mismo, como nadie se ha dado la vida a sí mismo. El creyente ha recibido la fe de otro y debe transmitirla a otro. Cada creyente es como un eslabón en la gran cadena de los creyentes.


5.- Y no debemos olvidar qué es lo esencial de la fe: la fe es una forma de conocimiento personal por el cual, bajo el impulso de la Gracia, acogemos la revelación de Dios en Jesucristo. La fe es un don, es una gracia. Conocer a Jesús y amarlo es un verdadero don de Dios, que nos pide una respuesta de acogida.

San Pablo es el primero que va a redactar un símbolo de fe breve, pero que es el núcleo del creyente. Dice en 1 Cor 15, 3: “Porque yo os transmití en primer lugar el mismo mensaje que yo recibí: Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Pedro y luego a los doce”.

Esta es la verdad esencial de la fe que pide una aceptación personal y una entrega que ha de cambiar nuestra manera de pensar y de vivir.

La fe es una forma de existencia personal y el patrimonio de todos los creyentes.

En las cartas de San Juan y de Santiago se nos admite que difícilmente podremos hablar de fe si no tenemos amor; un amor que se manifiesta en el amor al prójimo. “¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe si no tiene obras? ¿Podrá acaso salvarlo la fe? Si un hermano o una hermana están desnudos y faltos del alimento cotidiano, y uno le dice: `Id en paz, calentaos y saciaos´, pero no le da lo necesario para el cuerpo, ¿de qué le sirve? Así también la fe, si no tiene obras, está muerta en sí misma” (Sant 2, 14).


6.- La adhesión personal a Jesucristo dentro de su Iglesia, la práctica de la caridad, la esperanza de la redención y de la salvación eterna, constituyen la sustancia y nuestro programa de creyentes.

Que vivimos en tiempos de prueba no solamente está claro, sino que nos hace valorar más el gran don que recibimos y la responsabilidad que tenemos de acogerla con gozo.

Una cultura dominante no nos ayuda. Y puede adulterar nuestra fe. Tenemos que preguntarnos si acogemos a Jesucristo, como hemos dicho antes, o si formamos parte de aquellos, que son muchos según las encuestas, que confunden la fe con un conjunto de tradiciones y de intereses, que pueden ser loables en muchos casos, pero que no aceptan lo que es esencial.

La oración, la Eucaristía, el ejercicio de la caridad, son los medios más eficaces para evitar el enfriamiento y la adulteración de la fe. Si nos mantenemos fieles a la revelación de Dios en Jesucristo, las pruebas nos harán crecer en la fe. La prueba suprema de que da testimonio Santiago es la prueba del martirio.

+ Antonio Dorado Soto,
Obispo de Málaga

Diócesis Málaga

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