DiócesisHomilías Mons. Dorado

Encuentro de sacerdotes y seminaristas

Publicado: 30/01/2003: 503

Encuentro de sacerdotes y seminaristas

30 de enero de 2003


1.- Impresiona la lectura del capítulo 11 de la carta a los Hebreos que se acaba de proclamar. El autor va presentando retazos de nuestra historia, gestas que se han realizado por la fe, por la confianza en Dios Padre de nuestro Señor Jesucristo.

A partir del testimonio y la experiencia de insignes personajes del Antiguo Testamento –los llama “nube de testigos” (12,1)-, el autor va describiendo la riqueza y la fuerza de la fe. La carta va dirigida a una comunidad que está atravesando un momento difícil. El autor califica esta situación como grave, ya que constituye una merma importante en la fe (3, 12) y se puede llegar a una verdadera apostasía (6, 4-6), que no tendría ya solución (10, 26-31).

El escrito es una vibrante llamada a intensificar la fe y la esperanza en Jesucristo, Salvador eficaz y definitivo (6, 17 ss).

El capítulo 12 es una apremiante exhortación a la constancia: a perseverar en el combate de la fe, resistiendo activamente al contemplar el testimonio de tantos creyentes. Y nos anima a “fijar nuestros ojos en Jesús, autor y perfeccionador de la fe, el cual, animado por el gozo que le esperaba, soportó sin cobardías la Cruz y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios”.

Y concluye: “Pensad, pues, en Aquel que soportó en su persona tal contradicción por parte de los pecadores, a fin de que no os dejéis abatir por el desaliento”.


2.- Estos últimos años han sido francamente duros para la Iglesia en España. No me preocupa principalmente que se conozcan nuestras miserias, sino que una amplia parte del Pueblo de Dios, quizá la que tiene una fe más vacilante, perciba una visión de la Iglesia parcial y distorsionada. Y me temo que esta insistencia en los aspectos negativos pueda llegar a minar nuestra confianza en Dios y nuestros afanes apostólicos. Por eso es necesario también para nosotros, sacerdotes, fortalecer nuestra fe y ayudarnos a crecer en santidad. Pues, como ha dicho bellamente el Papa Juan Pablo II, “la perspectiva en que debe situarse el camino pastoral es la de la santidad” (NMI, 30). Por si os puede ayudar os ofrezco algunas sugerencias.

Seguramente en los años que nos esperan no disminuirán las críticas y ataques a la Iglesia, que nos harán aumentar la sensación de “inutilidad” de nuestro ministerio. Es la experiencia de la parábola del Evangelio: el grano de trigo es sembrado en el campo para tener que morir sin poder experimentar que de ese esfuerzo crecerá algo insospechadamente nuevo. Es necesario saber perseverar y soportar situaciones humanamente sin salida. Es vivir como discípulos de su Señor Crucificado en la libre auto-entrega al servicio de sus hermanos:

Si actuáis correctamente y a pesar de ello sufrís males, esto es una gracia a los ojos de Dios. A esto habéis sido llamados; pues también Cristo padeció por vosotros y nos dio ejemplo para que siguiéramos sus huellas” (1 Pe, 2, 20).


3.- La especificidad de nuestro trabajo pastoral en este contexto socio-cultural requiere que nuestro servicio sea, entre otras cosas:

a). Un servicio auténtico:

Que significa aquí: la conexión interna entre la propia fe y la acción pastoral. El trabajo pastoral vive de hombres a los que les importa, por encima de todo, la pasión por Dios y su Reino.

Sólo la ordenación de toda nuestra existencia al Señor nos hará ser “colaboradores de Dios” y “enviados en lugar de Cristo” y no quedarnos en puros funcionarios o activistas.

La unión al Señor día a día, mantenida también en tiempo de debilidad y desesperación, da a nuestra fe autenticidad, la arranca de la sospecha de la ideología y actúa como por sí misma, para que permanezcamos “creíbles” en nuestro trabajo pastoral.

b). Un servicio tranquilo:

El servicio auténtico en la misión de Cristo siempre incluirá la disposición a afrontar la desesperanza y el desaliento. Sin embargo debe caracterizar hoy día nuestro trabajo pastoral: mantenerse firmes tranquilamente allí donde parece que tenemos menos éxito. “El éxito no es un nombre de Dios” (Bonhofer).

Nuestra confianza está puesta en la fuerza de la propia acción pastoral hecha puramente “en el nombre del Señor”. No es la aceptación social de nuestro trabajo la que lo hace importante. Se trata de sembrar sin esperar recoger yo mismo; y de hacer con paciencia lo que se nos ha encargado –lo posible aquí y ahora- y confiar al Señor el resto, pues es Dios quien hace crecer la semilla. En concreto, esto quiere decir que nuestro servicio ministerial debe ser realizado con mucha tranquilidad. Las prisas, las culpabilizaciones y las peleas amargas son señas de incredulidad. Sólo a la pereza se le ha prometido el fracaso.

c). Servicio a la interioridad:

La Iglesia se alimenta y crece desde el interior. Si queremos llegar alto y lejos debemos tener buenas raíces. La Iglesia deberá buscar caminos y formas para hacer brillar en su existencia el resplandor de Cristo.

“El problema de fondo, al que una pastoral de futuro tiene que prestar la máxima atención, es la secularización interna de la Iglesia” (CEE: Plan Pastoral).

Estamos invitados a vivir la misma experiencia de los primeros discípulos: “Venid y veréis”… Sólo ese encuentro fundante y transformador es el que hace necesario y eficaz el anuncio: “Hemos visto al Señor”. Nos han precedido grandes testigos en nuestra tradición mística española y en ellos seguiremos encontrando manantiales hondos de espiritualidad.

La Iglesia necesita cristianos que sean capaces de testimoniar de vida y de palabra. Para eso tendrá que ser una Iglesia más espiritual. Donde hay crisis de fe es probable que haya decadencia de testigos.

Son algunas sugerencias que os propongo para que sigamos escribiendo también nosotros esa parte de Historia de la Salvación que brota de la fe y que nos hace decir con nuestra Madre, la Virgen maría, que, por la fe, Dios sigue haciendo maravillas en esta porción de la Iglesia que es nuestra diócesis de Málaga.


+ Antonio Dorado Soto,
Obispo de Málaga

Diócesis Málaga

@DiocesisMalaga